La ciudad como campo de negocios

La ciudad como campo de negocios

Por Sergio Kiernan

Buenos Aires no escapa a la regla general de la ciudad como plataforma privilegiada del negocio inmobiliario. Desde hace décadas asistimos a la destrucción de nuestro patrimonio, que se vio acelerada en el inicio del presente siglo. Es urgente terminar con la lógica del lucro y la especulación y cambiar el eje de inversión para crear åmbitos urbanos mås habitables, con mås verde y espacio para la gente.
 
Editor de m2, suplemento de urbanismo, diseño y patrimonio del diario Pågina 12. Autor de libros sobre arquitectura en Buenos Aires


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Buenos Aires no escapa a la regla general de la ciudad como plataforma privilegiada del negocio inmobiliario, de la especulaciĂłn con la propiedad de la tierra y del constante cambio presentado como una forma de “progreso”. Su historia polĂ­tica y su rol como capital y mayor ciudad del paĂ­s le agregan caracterĂ­sticas propias que abren peligros especĂ­ficos. Si Buenos Aires no cambia su manera de regir la especulaciĂłn inmobiliaria, si no limita con fuerza el capitalismo salvaje de las constructoras, si no cambia el eje de inversiĂłn pĂșblica y sigue renunciando a hacer cumplir las dĂ©biles leyes actuales, puede transformarse en una verdadera pesadilla urbana, una San Pablo argentina inhabitable y decadente.

En este esquema, el patrimonio no es en absoluto un asunto cultural o de nostalgias, y mucho menos una forma de elitismo. Lo que llamamos patrimonio edificado es el paisaje cultural de quienes viven en las ciudades, su ecologĂ­a social y la base real de su identidad como pueblo. Su reemplazo por edificios anodinos y anĂłnimos significa cambiar lo nuestro por “no lugares” que sĂłlo cumplen la funciĂłn de enriquecer a los especuladores que los construyen. La insistencia en demoler lo construido y amortizado por generaciones sucesivas, en lugar de desarrollar los barrios necesitados de nueva construcciĂłn y nueva poblaciĂłn y servicios es una de las marcas de una industria obsesionada con la ganancia rĂĄpida y alĂ©rgica a todo planeamiento, a todo lĂ­mite. Dado que la mayorĂ­a del patrimonio ya fue destruido, que nuestras ciudades ya cambiaron para peor, es de toda urgencia repensar la cuestiĂłn de la densidad poblacional en ciudades sin la infraestructura y el transporte necesarios, y cambiar el eje de inversiĂłn para crear ĂĄmbitos urbanos mĂĄs habitables, con mĂĄs verde y espacio para la gente.

La ciudad actual fue construida en un tiempo rĂ©cord de pocas dĂ©cadas posteriores a la ley de federalizaciĂłn. La flamante Capital Federal tomĂł la vieja Buenos Aires de la costa –el Centro, San Telmo, Barracas y La Boca– y la fusionĂł en un espacio legal con sus vecinas de San JosĂ© de Flores y Belgrano, que perdieron su condiciĂłn de ciudad y sus instituciones polĂ­ticas. La mayorĂ­a del espacio involucrado en esta fundaciĂłn jurĂ­dica no era urbano sino rural, conteniendo desde jardines y huertas hasta chacras y tambos. No extraña que buena parte de los barrios lleven todavĂ­a el nombre del chacarero o tambero que originĂł el loteo, o que tantos hayan sido fundados realmente por el ferrocarril o la llegada del tranvĂ­a, Ășnico modo material de “abrir” esos barrios. El esquema de ese primer transporte urbano repitiĂł el abanico de las redes ferroviarias nacionales, comunicando los barrios al Centro del mismo modo que se comunicaba el puerto con el interior. Nunca hubo y casi no hay una manera “horizontal” de cruzar Buenos Aires en autotransporte, subte o tren.

Estas dĂ©cadas de explosiĂłn econĂłmica y de enorme inversiĂłn en infraestructura y edificaciĂłn son idealizadas con gran abandono intelectual, curiosa supervivencia del mito de que Buenos Aires fue la ParĂ­s del Plata. Viendo la evoluciĂłn de los planos de Buenos Aires se pueden ver los serios defectos ocasionados por la falta de planeamiento y el desinterĂ©s por la realidad social de la mayorĂ­a de la ciudad. El Estado creĂł parques en ciertos sectores urbanos pero sĂłlo impuso a los desarrolladores la obligaciĂłn de crear una plaza, de una manzana, como Ășnico espacio verde y pĂșblico en los nuevos barrios. Esta tipologĂ­a puede verse en Villa del Parque, Villa Devoto y Flores, por ejemplo, pero no en barrios como Villa Real o Floresta, donde no habĂ­a estaciones ferroviarias. Es como si la llegada del ferrocarril justificara la donaciĂłn de la plaza, y su ausencia la condonara. Tampoco se pensĂł en una expansiĂłn del trĂĄnsito ni se considerĂł el uso mixto, con lo que todavĂ­a hoy dĂ­a se pueden ver ĂĄreas enteras de la ciudad que siguen funcionando como barrios-dormitorio, privados casi de comercios y escasa vida econĂłmica, excepto fuera de algunas avenidas.

Los desarrolladores inmobiliarios de la Ă©poca, sin embargo, se sujetaron a ciertas reglas del buen arte que hoy parecen naturales pero en su momento fueron una novedad. Las calles porteñas de la Ciudad Nueva, poscolonial, son anchas y tienen veredas “racionales”, con arboleda y ochava. Las manzanas respetan la prohibiciĂłn de construir en su centro, creando un “pulmĂłn” que no es pĂșblico o compartido, como era en tiempos españoles, pero al menos permite aire y luz en las espaldas de los edificios. Por una fortuna de la cultura de la Ă©poca, la arquitectura de esta ciudad participĂł de los cĂĄnones y novedades de la Ășltima fase de ese arte todavĂ­a ligado a su tradiciĂłn de siglos. Todos los estilos posibles, generalmente mezclados con un abandono eclĂ©ctico muy porteño, fueron ensayados en esta ciudad. AsĂ­ se lograron no sĂłlo edificios de merecida fama sino, mĂĄs importante, se creĂł un capital de viviendas y servicios con un standard de calidad material e intelectual notable. La potencia del proyecto urbano puede verse realmente en los barrios, en el stock interminable de casas sin pretensiones pero pensadas con buenas proporciones, realizadas con buenos materiales sobre terrenos lo suficientemente grandes y ornadas con los signos de una cultura.

Como historiĂł Vicente Nadal Mora, este proceso se hizo a costa de hacer “desaparecer” toda la arquitectura colonial porteña que, excepto por algĂșn sobreviviente en San Telmo o retazos de edificios como el Cabildo, simplemente ya no estĂĄ. Buenos Aires parece una ciudad fundada en la segunda mitad del siglo XIX por inmigrantes europeos, con edificios pĂșblicos a la francesa, la italiana o la inglesa, con algĂșn toque alemĂĄn o centroeuropeo, y una presencia española mĂĄs Art Noveau o neo-hispanista que otra cosa. La literatura y el periodismo de la Ă©poca reflejan la ambigĂŒedad de los porteños hacia esta desapariciĂłn, justificada por la inmensa superioridad material de la nueva ciudad pero inquietante para los que veĂ­an esfumarse el mismo escenario de sus vidas.

Con antecedentes ya en la dĂ©cada de los cincuenta pero claramente en los años sesenta, comienza el segundo reemplazo edilicio en Buenos Aires, uno con caracterĂ­sticas muy distintas. Para empezar, el paĂ­s posterior al golpe de 1955 es inestable y sufre una crisis de legitimidad de gobierno que deviene en una inestabilidad que impide todo planeamiento serio. La debilidad institucional se suma a una econĂłmica que deviene en una abrupta desinversiĂłn en la infraestructura porteña. Es la Ă©poca en que se instala como gestiĂłn de gobierno un modelo cosmĂ©tico en el que se asfaltan calles antes adoquinadas, se cambian cartelerĂ­as y luminarias, y se hacen proyectos de prestigio, pero se descuidan los sistemas que hacen que una ciudad funcione. El subte, caro y sĂłlo concebible como una inversiĂłn a largo plazo, es abandonado por dĂ©cadas. El constante cambio de gobierno, la seguidilla de golpes militares y de dictadores que buscan alguna legitimidad mostrando que “gestionan” mejor que los civiles, agravĂł la situaciĂłn.

Los desarrolladores inmobiliarios se transforman, con suma rapidez, en especuladores de hecho, empresas que aprovechan la inestabilidad para conseguir una libertad de acciĂłn que gradualmente se transforma en una suerte de impunidad en nombre del progreso, de la modernidad y del empleo. En lo concreto y material de la ciudad, esto resulta en edificios muy mediocres en lo material y estĂ©tico, pero mĂĄs altos que nunca. Construidos de hormigĂłn y sus vanos rellenos con ladrillos huecos, estos edificios de ocho a once pisos pasan a formar el nuevo paisaje porteño de medianeras sucias y calles oscurecidas, balcones de chapa doblada, cerramientos de pĂ©sima calidad y ambientes diminutos. El abandono de todo canon estĂ©tico y de toda proporciĂłn humana obliga al Estado a normar ciertos mĂ­nimos de altura entre las losas y de superficie de una habitaciĂłn, y a dar alturas mĂĄximas de edificaciones por zonas. El CĂłdigo municipal que regula la construcciĂłn en la ciudad, que solĂ­a ser relativamente sencillo, se transforma en una obra de arte de la confusiĂłn, la chicana y la laguna normativa. Pero queda en claro que si no se regulara la “industria”, imponiĂ©ndole mĂ­nimos de humanidad, se construirĂ­an verdaderas pajareras inhabitables. El nuevo canon de la construcciĂłn no sigue una tradiciĂłn o un Modulor de Le Corbusier: apenas atiende a la planilla de costos del contador.

La segunda caracterĂ­stica marcante de esta nueva destrucciĂłn de Buenos Aires fue, justamente, su altĂ­simo grado de destructividad. Para los años sesenta no quedaban terrenos libres en la ciudad, el tejido urbano ya se derramaba en el conurbano bonaerense y toda construcciĂłn nueva debĂ­a hacerse a costa de una anterior. Esta limitaciĂłn se agrava por una cuestiĂłn de mercado, porque la ciudad tiene apenas dos zonas deseables para los inmobiliarios, el centro geogrĂĄfico de Caballito y la franja norte, del Centro a NĂșñez. El resto es visto como de segunda, como los barrios en el vasto arco entre Belgrano y la avenida Rivadavia, o directamente olvidable, como el Sur porteño. Es en esta relativamente pequeña zona geogrĂĄfica donde se concentra la destrucciĂłn especulativa de los edificios que hoy reconocemos como nuestro patrimonio edificado. Como el nuevo estereotipo de “modernidad” es el edificio en altura y como el nuevo objetivo es aumentar drĂĄsticamente la densidad urbana, se descubre que el patrimonio es pequeño, de baja altura, y se crea la teorĂ­a falopa y perezosa de que es un “desperdicio” de tierra. AdemĂĄs de viejos, los edificios que fueron nuestro paisaje son acusados de ser pequeños. La frase tecnocrĂĄtica con que se disimula esta avidez de lucro es que no “realizan el potencial del lote”.

Los noventa son el paraĂ­so neoliberal y desregulado de este proceso, capitaneado por la Capital pero imitado en todas las ciudades argentinas, que ven cambiar groseramente sus lĂ­neas urbanas gracias a una explosiĂłn de torres, a la creaciĂłn de zonas liberadas de todo lĂ­mite de alturas, como Puerto Madero, y una aceleraciĂłn de la tradiciĂłn de cubrir la falta de un mercado de capitales local con la inversiĂłn en ladrillos. Toda imagen pĂșblica, todo poder de pasar como una muestra de crecimiento, progreso o mejora que pudo tener este tipo de arquitectura y este proceso urbano cayĂł destruido en la crisis del modelo neoliberal. Los argentinos que viven en ciudades y pueblos comienzan este siglo con una muy fundamentada desconfianza en el caĂłtico modelo urbano que les venden. Ni la autonomĂ­a polĂ­tica porteña a partir de 1994, ni la tradiciĂłn de gobierno local en otras ciudades, ni el signo polĂ­tico de los gobiernos municipales parecen capaces de detener al capital especulativo y su aparente monopolio ideolĂłgico del modelo de ciudad. Fue necesario, como en tantos otros asuntos de la vida comĂșn, el compromiso de los vecinos como sujetos y protagonistas.

El fenómeno comienza a notarse en Buenos Aires ya en el gobierno de Aníbal Ibarra, toma fuerza en el de Jorge Telerman y explota en el de Mauricio Macri hasta dejar al descubierto los intereses centrales del Pro. Es un nuevo tipo de organización, espontånea y llena de contradicciones, muy alejada de la tradicional sociedad de fomento, transversal en lo político y protagonizada de un modo poco orgånico por personas en general sin actuación política previa. A través de grupos como Basta de Demoler, Proteger Barracas, SOS Caballito o Salvemos Floresta, se pone el acento en un aspecto de la política urbana hasta entonces ignorado, el del lucro como motor del cambio en las ciudades. La pregunta es: ¿quién gana con esto?, y la respuesta es: el sector mås especulativo de una industria que cada vez mås se queda sin argumentos. Es un sector de la economía que no solucionó el problema de la vivienda, cada vez mås grave, que explota a sus empleados en muchos casos hasta matarlos, que insiste en cobrar y cotizar en dólares, y que entrega a cambio edificios de una calidad material despreciable. Los argumentos de progreso, modernidad y necesidad del cambio que emite la industria, a través de sus empleados arquitectos, de las corporaciones profesionales y de medios afines dejan de convencer. Por primera vez la industria especulativa se encuentra a la defensiva ante los vecinos organizados, que encuentran en el amparo judicial un instrumento eficaz y råpido para frenar el hecho consumado de la demolición y el pozo de obra.

El gobierno del Pro en la ciudad se comporta como uno mĂĄs de estos cĂłmplices de la industria y sĂłlo acepta los lĂ­mites que le logran imponer los vecinos movilizados, y con gran reluctancia y resistencia. La ley Anchorena, nacida como una moratoria a las demoliciones a fines de 2007 –con el macrismo reciĂ©n tomando el gobierno– se transforma en un filtro que impide algunas demoliciones de edificios patrimoniales anteriores a 1941 hasta que el gobierno porteño reduce al ente de aplicaciĂłn, el Consejo Asesor en Asuntos Patrimoniales, a un sello de goma que aprueba mĂĄs del noventa por ciento de los permisos de demoliciĂłn con excusas frĂ­volas como una ventana cambiada, una pintura desagradable, una suciedad en el frente. El macrismo se asegura de no punir las demoliciones ilegales mĂĄs allĂĄ de una multa perfectamente pagable por una empresa y jamĂĄs invierte en crear el poder de policĂ­a real que le permita al gobierno porteño controlar y disciplinar a la industria. De hecho, todas las instancias del macrismo en funciones persisten en dar el mal ejemplo de arrasar con parques histĂłricos, remodelar ĂĄmbitos catalogados y arrancar empedrados protegidos por ley especĂ­fica. La mala fe de los que gestionan Buenos Aires llega a presentar el metrobus como un modelo de superaciĂłn del subterrĂĄneo, citando de modo avieso y recortado, fuera de todo contexto, tendencias en ciudades como BerlĂ­n, que dejan de expandir sus redes subterrĂĄneas luego de alcanzar los suburbios y lograr que ningĂșn habitante estĂ© a mĂĄs de unas cuadras de alguna estaciĂłn. TambiĂ©n se dedica a amenazar a las ONG involucradas con onerosos procesos legales, como la demanda millonaria que le inventĂł Sbase, la empresa municipal de subtes, a Basta de Demoler y a la arquitecta Sonia Berjman.

Los logros en materia de regulaciĂłn de la industria y de preservaciĂłn del patrimonio se consiguieron teniendo al actual gobierno porteño como rival y valedor de la especulaciĂłn. Fueron los vecinos los que se movilizaron para que se bajen las alturas constructivas de Caballito sur y se creen Áreas de PreservaciĂłn HistĂłrica en varios barrios porteños. La permanente vigilancia en barrios como Floresta, donde los vecinos son los Ășnicos que denuncian obras clandestinas y habilitaciones falsificadas, muestra el desinterĂ©s real del gobierno porteño en hacer cumplir sus propias leyes. La especulaciĂłn inmobiliaria es, de hecho, la profesiĂłn del jefe de gobierno, un ingeniero civil, y de su ministro de Desarrollo Urbano, su secretario y sus directores generales de ĂĄrea, todos arquitectos y varios titulares de empresas constructoras o estudios privados. Ante este panorama, los vecinos dejaron de creer que su ciudad, su paisaje personal, es asunto de expertos ante los que se deben inclinar y, por favor, callar. AsĂ­ se incorporĂł otra causa al temario de movilizaciones, otro tema a la agenda polĂ­tica.

La acelerada destrucciĂłn de nuestra ciudad y de otras ciudades argentinas no sĂłlo coloca a nuestro paĂ­s en el Ășltimo puesto en materia de legislaciĂłn patrimonial del continente, sino que deja al descubierto una deuda de la polĂ­tica hacia los que viven en espacios urbanos. Hasta los sectores mĂĄs conectados con la vida real de los vecinos se sienten relevados de conocer y escuchar la temĂĄtica, que deberĂ­a discutirse a la par de temas tradicionales como salud, educaciĂłn, seguridad pĂșblica y transporte. Si bien una explicaciĂłn posible es el “efecto De la RĂșa” –usar la jefatura de gobierno como simple vidriera polĂ­tica, sin interesarse realmente en gobernar la ciudad– queda en claro una falta de interĂ©s hacia los problemas reales del manejo de la ciudad como entidad social y polĂ­tica, una ausencia de modelo de gestiĂłn centrada en los seres humanos como protagonistas. Es una verdadera crisis en un paĂ­s mayoritariamente urbano, con ciudades que presentan reales problemas de habitabilidad, de marginaciĂłn social, de degradaciĂłn del espacio pĂșblico y de una rigidez en la infraestructura comĂșn realmente graves.

Como se dijo, es una tarea para la polĂ­tica que no puede seguir ignorando el tema como lo hace hasta ahora, una laguna que quedĂł mĂĄs que en claro en este año de campañas electorales a todos los niveles. La desapariciĂłn de nuestro patrimonio edificado significa una degradaciĂłn del espacio urbano en lo social, en la identidad y la habitabilidad de las ciudades. El Ășnico beneficiado por este desorden que licencia la destrucciĂłn de aquello que nos hace quienes somos es el especulador inmobiliario.

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Problemas Urbanos

ArtĂ­culos de este nĂșmero

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