Viejas fracturas, nuevos conflictos e intervenciones durante los levantamientos árabes

Viejas fracturas, nuevos conflictos e intervenciones durante los levantamientos árabes

Por Jodor Jalit

Los levantamientos árabes constituyen un proceso de desplazamiento de actores sobre un tablero con fracturas que significó la redistribución de poder. Ese reacomodamiento se hace evidente en los nuevos conflictos que se destacan por niveles de violencia nunca antes vistos. El desafío es detener la escalada. El rol de las potencias occidentales y de Arabia Saudita como nuevo líder del mundo árabe.
 
B.A. en Ciencias Políticas por AASU. Lic. en Relaciones Internacionales por UTDT. Especialista en Geopolítica de Líbano y Medio Oriente por USEK. Candidato a magíster en EDENA y columnista del Diario Sirio Libanés.


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Con la misma rapidez que Mohammed Bouazizi se transformó en la chispa que incendió al mundo árabe y marcó el inicio de los levantamientos árabes, voy a describir los nuevos conflictos producto de la redistribución de poder sobre las viejas fracturas.
Las movilizaciones sociales e intervenciones internacionales que facilitaron el cambio de gobierno en Túnez, Libia, Egipto y Yemen, y pusieron en jaque a la estabilidad política de Siria e Irak, cambiaron la disposición de las piezas sobre el tablero regional. El resultado no es ni más ni menos que el desplazamiento de actores, y con ellos parte del poder, sobre viejas fracturas, generando nuevos enfrentamientos, algunos de los cuales desembocaron en niveles de violencia nunca antes vistos.

Esta novedosa virulencia exige una explicación que no puede darse solo a través de una lente tribal, religiosa, localista o internacionalista. En el mejor de los casos se podrá identificar la preponderancia de un argumento u otro, pero la combinación de los mismos ofrece una mejor interpretación de los hechos. Antes de llegar a ese punto voy a definir dos conceptos, para luego presentar las viejas fracturas, continuar con los nuevos enfrentamientos y alineamientos, y por último, analizar los casos más violentos.

El mundo árabe y los levantamientos árabes

Según Albert Hourani, el mundo árabe está compuesto por cinco regiones: Jaliy (Península: Arabia Saudita, Yemen, Omán, EAU, Qatar y Bahrein), Máshreq (Naciente: Palestina, Líbano, Jordania, Siria, Irak y Kuwait), Masar (Egipto: Egipto y Sudán), Magreb (Poniente: Libia, Túnez, Argelia, Marruecos, Sahara Occidental y Mauritania), y Ándalus (Andalucía: España y Portugal). Todas las regiones comparten la presencia de la lengua árabe y fe islámica, y el reconocimiento de cada unidad responde a características geográficas particulares.

La definición de Hourani rivaliza con aquella propuesta por la Liga Árabe, organización que excluye a Ándalus e incluye a Islas Comoras, Yibuti, Somalia y Eritrea. Para este trabajo voy a elegir un punto medio representado por la definición propuesta por Hourani menos Ándalus, o lo que es lo mismo, aquella de la Liga Árabe sin los países del este de África.

Ya quedó en evidencia en el título mi preferencia por el vocablo “levantamientos” frente a “primavera” y “revolución”. Explico por qué: la palabra “primavera” hace referencia a la Primavera de las Naciones, un proceso histórico europeo muy distinto al observado en el mundo árabe; mientras que el vocablo “revolución” hace referencia a un quiebre histórico, fractura a la cual el vocablo “Invierno Árabe” pone en duda.

El vocablo “levantamientos árabes” se popularizó con el libro de James Gelvin y me fue transmitido por el profesor Samir Makdisi. Levantamientos árabes hace referencia a la movilización social en torno a consignas políticas en el mundo árabe a partir del año 2011. Las demandas se relacionaron estrechamente con reformas políticas para garantizar libertades individuales y derechos políticos.

Las ventajas de utilizar la definición de mundo árabe propuesta, y el concepto levantamientos árabes, son dos: primero, ponemos énfasis sobre la región donde ocurrieron los hechos al mismo tiempo que nos permite un análisis pormenorizado de las unidades que la componen, y segundo, remarcamos la experiencia novedosa y amplia de las movilizaciones contra gobiernos locales.

En el marco de los levantamientos árabes ocurrieron cuatro cambios de régimen entre las montañas de Zagros y Atlas, que pueden ser distinguidos por la velocidad y violencia en que sucedieron. Túnez y Egipto son los casos donde el cambio de régimen y vuelta a la vida política fue veloz, aunque con diferentes niveles de violencia. Por oposición, el cambio de autoridades en Libia y Yemen fue más lento y exigió la intervención de organismos internacionales. Además, la intervención en Yemen, que comenzó por medios diplomáticos, hoy continúa por medios militares.

También son importantes aquellos países donde los levantamientos árabes no desembocaron en cambios de régimen. Aquí podemos identificar dos grupos en base a la presencia o ausencia de cambios en el gobierno, manifiesta en una rotación de autoridades y reformas políticas. Entre los casos donde ocurrieron cambios en el gobierno se encuentran Jordania (reemplazo de primer ministro y gabinete de ministros), Omán (reemplazo de gabinete de ministros y reforma de proceso legislativo) y Kuwait (renuncia de primer ministro y Parlamento). Al mismo tiempo, en Marruecos se reformó la Constitución, en Argelia se levantó el “estado de emergencia”, y en Sudán todo se solucionó con una promesa electoral que no se cumplió. Por último, los gobiernos de Arabia Saudita, Bahrein y EAU reprimieron las movilizaciones y encarcelaron a sus líderes frenando las protestas. Cabe destacar la distribución de beneficios económicos en Omán y Bahrein como complemento para los métodos represivos y cambios en el gobierno.

Viejas fracturas y la lente religiosa

La redistribución de poder producida por los levantamientos árabes se hace evidente en los nuevos conflictos. Contiendas que son producto del reacomodamiento de los actores sobre las viejas fracturas religiosas, tribales y locales.

Tras más de cuatro años de cambios, donde se suscitaron reformas políticas e intervenciones internacionales, Arabia Saudita quedó como único líder del mundo árabe. Frente a la monarquía saudí quedó la República Islámica de Irán y Turquía, que si bien no son parte del mundo árabe, ejercen sobre la región una influencia imposible de ignorar.
La rivalidad entre Arabia Saudita e Irán data de hace muchos años. Tal vez el incidente más reciente es la intervención saudí en Yemen, pero también podemos destacar la ocupación de la Gran Mezquita durante el Hajj de 1980. Ambos hechos fueron interpretados a través de un lente religioso, donde se enfrentan las ramas islámicas sunna y shía. Sin embargo, esa lectura sectaria del conflicto es simplificadora, ya que la superposición de los quiebres político y religioso es momentánea.

El islam tiene muchas corrientes, entre ellas las más importantes son la sunna y la shía, pero ninguna es homogénea. Dentro de la rama sunna se encuentran las escuelas islámicas hanafí, hanbalí, malikí y shafi’í, mientras que dentro de la corriente shía encontramos las versiones ismaelita, duodecimana, zaydí y alaui, entre otras. Además, por fuera de las corrientes principales se ubican los credos drusa e ibadí. En otras palabras, el enfoque religioso puede explicar la rivalidad entre Arabia Saudita e Irán, pero no la alianza entre yemeníes zaydi e iraníes duodecimanos.

Reducir la interpretación de conflictos en el mundo árabe a través de un enfoque religioso es tentador pero en su simplificación esconde otras fracturas. Por ejemplo, la caracterización sectaria del conflicto en Yemen llevó a que se considere a la milicia Ansarullah representante de todos los musulmanes shía, cuando en realidad está compuesta y conducida principalmente por miembros de la tribu Houthi. Y de hecho, el Consejo de Cooperación para los Estados Árabes del Golfo (CCEAG), órgano interviniente en Yemen, reúne a países de diversas corrientes sunna.

Del análisis del conflicto yemení se desprende la importancia asignada a la identidad tribal en ese país. Este fenómeno se debe a varias razones, y en Libia particularmente, a la construcción de poder por medio de lealtades tribales. Identidades que tras la desaparición de sus constructores se hacen visibles, y se fortalecen a través de lazos territoriales, durante la formación de nuevas identidades políticas.

Entonces, un enfoque sectario por sí solo no tiene el poder para explicar los conflictos en el marco de los levantamientos árabes. Y el reconocimiento de fracturas adicionales brinda una mejor perspectiva sobre las contiendas, permitiendo romper con la simplificación religiosa y entrar en otro nivel de análisis.

Nuevos conflictos y alineamientos internacionales

Siendo que las fracturas y los actores son los mismos, y que lo novedoso de los levantamientos árabes es la redistribución del poder, es oportuno hablar de cómo se distribuyó ese poder. En la sección anterior describí las fracturas domésticas y en esta sección me abocaré a los dos niveles restantes que se ubican por encima del tribalismo, la religión o el localismo. Específicamente, me refiero al reacomodamiento regional en función del orden mundial.

A nivel regional, el derrocamiento de Zine El Abidine Ben Alí en Túnez, Muhammad Husni El Sayed Mubarak en Egipto, Muamar Muhammad Abu Minyar El Gadafi en Libia y Ali Abdullah Saleh en Yemen, además del tambaleo de Bashar Hafez Al Assad en Siria y Haider Al Abadi en Irak, dejó a Arabia Saudita sin competidores regionales. Ese escenario es producto de aciertos propios, como el apoyo al régimen militar egipcio y la intervención en Bahrein. El principal error ajeno que permitió el ascenso saudí se encuentra en la oposición o lenta reforma del sistema político por parte de Ben Alí, Mubarak, Gadafi, Saleh y Assad. Quiero decir, el derrocamiento de esos líderes dejó a Riad sin competencia por el bastón de mando del mundo árabe y allanó el camino a su enfrentamiento político con dos vecinos no árabes. Ambos vecinos se aferran a su tradición islámica para competir por la conducción del mundo islámico, espacio geográfico más amplio que el mundo árabe: Irán y Turquía.

Este conflicto entre Arabia Saudita e Irán principalmente (Turquía se encuentra en franco descenso por su equivocación en la selección de aliados en Egipto, y repercusiones del conflicto sirio) tiene una extensión internacional. Quiero decir, la rivalidad dentro del Consejo de Seguridad de ONU (CSONU) se trasladó a la región, y se evidencia en los nuevos esquemas de alianzas internacionales.

Las diferencias entre Estados Unidos, Francia y Reino Unido frente a Rusia y China datan de un largo tiempo. La Rusia de hoy no es la misma que aquella de la Guerra Fría, y dejó de enfrentarse directamente con o subirse al carro de EE.UU., y eligió una estrategia propia del “realismo periférico” donde las batallas que luchar son seleccionadas cuidadosamente. Por la misma razón, Rusia no vetó la resolución que permitió la intervención en Libia pero sí bloqueó dos intentos similares con respecto a Siria.

Esa renovación del enfrentamiento entre EE.UU. y Rusia, que algunos analistas tildan de “Nueva Guerra Fría”, se trasladó al mundo árabe de manera particular. La propulsión de Arabia Saudita como líder del mundo árabe, facilitada por los levantamientos árabes y por su condición de aliado estadounidense por defecto, priva a Rusia de ejercer una fuerte influencia sobre la región. De hecho, desde la década de 1970 en adelante Rusia solo perdió aliados en el mundo árabe, razón por la cual puso un gran esfuerzo en defender a Siria contra una intervención y en ganarse la amistad de Irán a través de la construcción de reactores nucleares y venta de equipo militar.

La no pertenencia de Irán al mundo árabe es tan cierta como su pertenencia al mundo islámico. Y es a través de la explotación de esa afinidad religiosa que Irán se proyecta sobre el mundo árabe. Por eso la crisis institucional que atraviesa el Líbano no es casual, como tampoco lo son los altos niveles de violencia observados en Siria, Irak y Yemen. Es que esos países son atravesados por dos fracturas: una política, Arabia Saudita-Irán, y otra religiosa, sunna-shía, que es funcional a la primera. Es en torno a esa división que se construye un eje que nace en el sistema político doméstico y atraviesa el escenario regional para alcanzar su zenit en el espacio internacional.

Entonces, lo que se puede desnudar a esta altura es un sistema de alianzas en donde existen dos campos representados por ejes verticales constituidos por tres niveles. Por tomar un ejemplo, y construyendo desde el ámbito doméstico al internacional, de un lado se encuentra la Coalición 8 de Marzo, Irán y Rusia; y enfrente se ubica la Coalición 14 de Marzo, Arabia Saudita y EE.UU. Otro ejemplo puede ser el eje constituido por Hamas, Irán y Rusia frente al de Fatah, Arabia Saudita y EE.UU. Un último ejemplo para reforzar el punto es el eje del gobierno sirio, Irán y Rusia frente a la oposición siria, Arabia Saudita y EE.UU. Así, el mundo árabe se quebró en dos a lo largo del Máshreq y Yemen abrió un nuevo espacio de conflicto.

Intervención internacional y niveles de violencia

Yemen es el último campo de batalla abierto entre Arabia Saudita e Irán y sus respectivos aliados, pero no es el único; Bahrein lo fue anteriormente mientras que Siria e Irak acompañan al primero. Pero antes de presentar los casos, voy a referirme muy brevemente a la intervención internacional. Ella puede ocurrir a través de tres medios: económico, diplomático o militar. En esta sección solo me voy a referir a las dos últimas modalidades, a través de las resoluciones del CSONU. Con esa aclaración realizada, me aboco a los casos de Libia, Yemen, Siria e Irak, donde se intervino militarmente y se observan los niveles de violencia más altos.

Los padres de las intervenciones internacionales ocurridas en el marco de los levantamientos árabes son la invasión y ocupación de Afganistán en 2001 e Irak en 2003. Vale aclarar que Afganistán no forma parte del mundo árabe, pero lo que aquí nos importa es la legitimidad de la acción interventora. Podemos estar de acuerdo o no con ella, pero lo cierto es que la intervención en Afganistán fue avalada por los organismos, y en todo caso es a la ONU a quien debemos reclamar. Al mismo tiempo, el caso de Irak pone en evidencia cómo la decisión de un país de ir a la guerra con otro puede ignorar los canales institucionales si posee la voluntad necesaria.

Avanzando rápidamente, la intervención en Libia y Yemen fue aprobada por el CSONU. La intervención sin embargo fue distinta en Libia y Yemen porque fue limitada. Quiero decir, ONU solo autorizó la utilización de medios aéreos y navales pero no terrestres para el caso de Libia, y la mediación diplomática del CCEAG para el conflicto en Yemen. Ambas resoluciones fueron aprobadas durante los levantamientos árabes pero con distintos objetivos. Mientras que en Libia brindó el impulso final hacia el cambio de gobierno, la intervención en Yemen intentó salvaguardar al régimen. Solo cuando la oposición tomó las armas contra Saleh, la intervención facilitó su salida y optó por medios militares ante la continuidad del conflicto tras la asunción de Abd Rabbuh Mansur Hadi.

Lo novedoso del caso yemení es la organización y conducción de una coalición militar compuesta por países árabes exclusivamente. También vale la pena notar que la coalición agrupa a países del Jaliy, Máshreq y Magreb con mayorías sunna, aunque de diferentes escuelas, ratificando la coincidencia de la fractura política con la religiosa.

Al mudarnos al Máshreq la realidad de las intervenciones militares en Siria e Irak en el marco de los levantamientos árabes es realmente estremecedora, porque nunca antes la región experimentó ese nivel de violencia. Aquí se puede cuestionar la inclusión o no de Irak en los levantamientos árabes, esto es así porque las protestas en el país fueron opacadas por la aparición del Estado Islámico de Irak y el Levante (EIIL). Irónicamente, la movilización fue más fuerte justamente en los territorios que hoy ocupa ese grupo irregular.

En Irak el nivel de violencia es menos llamativo debido a la violencia observada a partir de 2003. Por el lado de Siria, la velocidad con la que las protestas pacíficas se transformaron en enfrentamientos violentos y sectarios sorprendió al mundo entero. Las movilizaciones allí comenzaron como protestas menores y fueron ganando fuerza en la medida que el gobierno resistió al cambio. Así, el paso desde las detenciones políticas y armamento personal hacia la utilización de barriles explosivos e incineración de prisioneros fue instantáneo. Ese proceso exigió una intervención internacional que solo Rusia pudo detener con su poder de veto en el CSONU. Sin embargo, la intervención se dio de manera encubierta a través de las fronteras de Jordania y Turquía, con financiación saudí y qatarí, y en manos de un variado número de milicias irregulares entre las que se cuentan el Ejército de la Siria Libre, Brigadas Azza, Jabhat Al Nusra y EIIL.

La deplorable situación que viven Siria e Irak llamó la atención del mundo solo cuando las minorías fueron atacadas, especialmente la yazidí y kurda. Fue precisamente en ese momento cuando la coalición internacional anti EIIL se conformó y agregó un nuevo nivel de violencia al conflicto por medio de operaciones aéreas. Solo la incineración del tristemente célebre piloto jordano Muath Safi Yousef Al Kasasbeh y la eterna siesta en una playa turca de Aylan Kurdi pusieron en evidencia la virulencia con que Siria e Irak están siendo destruidos.

Conclusión

Los levantamientos árabes constituyen un proceso de desplazamiento de actores sobre un tablero con fracturas que significó la redistribución de poder. Ese reacomodamiento posicionó a Arabia Saudita como líder del mundo árabe, y de frente a Irán. La competencia entre ambos generó fracturas a nivel doméstico en la medida que ambos buscaron alianzas dentro del CSONU, organismo que a su vez se encontraba polarizado y profundizó el enfrentamiento en el mundo árabe. Así, los conflictos producto de las protestas por reformas políticas en el marco de los levantamientos árabes fueron tomando tonos tribales, locales y religiosos al mismo tiempo que su intensidad y nivel de violencia aumentó.

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