Uso actual (o abuso) de los recursos naturales. Algunas reflexiones pensando en las generaciones futuras

Uso actual (o abuso) de los recursos naturales. Algunas reflexiones pensando en las generaciones futuras

Por *Ofelia Gutiérrez **Daniel Panario

En las últimas décadas los gobiernos de Latinoamérica han tenido como política aumentar la presión sobre los recursos naturales con la consiguiente pérdida genética. De este modo, las futuras generaciones dependerán cada vez más de un número menor de cultivos más vulnerables a los cambios del ambiente, para una población mayor y una dotación de recursos menor. Es hora de que los encargados de la planificación exploren otras alternativas para terminar con esta tendencia.
 
* UNCIEP, Instituto de Ecología y Ciencias Ambientales, Facultad de Ciencias, Universidad de la República, Uruguay. Instituto de Investigaciones Gino Germani (IIGG), Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires, Argentina. ** UNCIEP, Instituto de Ecología y Ciencias Ambientales, Facultad de Ciencias, Universidad de la República, Uruguay. Instituto de Investigaciones Gino Germani (IIGG), Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires, Argentina.


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Estas ideas son parte del informe generado para el subproyecto Derecho de las Futuras Generaciones en materia económica, social y política (coordinado por H. Sejenovich), dentro del Proyecto Las Futuras Generaciones (FLACSO).

Los gobiernos de Latinoamérica han tenido como política aumentar la presión sobre los recursos naturales como forma de incrementar el PBI, aliviar las tensiones sociales derivadas de la estructura de propiedad de la tierra, y/o por razones geopolíticas (colonización de frontera agrícola o límites contestados). Para ello construyen la infraestructura necesaria para penetrar nuevas áreas (expansión de la frontera agrícola), o dan incentivos fiscales o crediticios. En general, estas políticas no son acompañadas de paquetes tecnológicos que permitan la reproducción de los recursos involucrados. Estas iniciativas tampoco han sido acompañadas con estudios de impacto que permitan determinar áreas mínimas a ser preservadas que mantengan la información genética y ecosistémica de estos ambientes.

La importancia del mantenimiento de esta información era en el pasado más científica que tecnológica. No es por casualidad que para defender su conservación se transitara una y otra vez por los mismos ejemplos de “mecanismos” pertenecientes al sistema biótico, que fueron copiados o sirvieron de fuente de inspiración para la creación de máquinas o, más comúnmente, mecanismos cibernéticos. Otras veces se recurría a la purificación de sustancias químicas producidas por organismos vegetales o animales y que son utilizadas en medicina o en la industria; sin embargo, en los últimos años y con el advenimiento de la ingeniería genética y el desarrollo de la biofísica y la bioquímica, la información contenida en un ser vivo pasa a tener importancia económica, en relación a un espectro de posibilidades de desarrollar tecnologías tan amplio, como el número de investigadores que se orienten a esa especialidad, con los recursos para producir un resultado tecnológicamente aplicable. Tal posibilidad configura claramente un campo en el cual Latinoamérica podría fomentar el desarrollo de especialidades locales. Sin embargo, como ocurriera con las materias primas y minerales preciosos en la época de la colonia, la información genética que es más abundante en los países del Tercer Mundo que en los del Primero, es tomada de los primeros como si fuera patrimonio de libre acceso de la humanidad; para luego la tecnología a partir de ella generada ser vendida a los países de origen. La realidad de América latina muestra que no obstante su importancia económica y ecológica, ni siquiera se conoce la magnitud de la pérdida genética.

De mantenerse las tendencias, todo parece indicar que en un futuro cercano la mayoría de la biota de América latina estaría compuesta por especies que medran de los nichos que el hombre crea (especies invasoras, pioneras, plagas, malezas, etc.), de diversidad incontrolada o incluso promovida, en contraposición a las especies que el hombre promueve a partir de un pool genético cada vez más limitado. Ello indica, además de la pérdida de información genética para usos no convencionales o no conocidos, que las futuras generaciones dependerán cada vez en mayor grado de un número menor de cultivos más vulnerables a los cambios del ambiente, para una población mayor y una dotación de recursos menor.

Agricultura vs. conservación

Las generaciones actuales están generando un retroceso de la cultura agrícola sin precedentes en la historia de la humanidad. En lugar de incrementarse la domesticación de nuevos cultivos al aumentar la población y ocuparse nuevos ecosistemas, el número de cultivares disminuye.

La información ecosistémica se encuentra hoy menos valorizada en términos económicos que la contenida en el código genético ayer. En efecto, si bien en el pasado no se podía manipular el código genético, la información en él contenida, y expresada como funciones de los organismos vivos o sustancias por estos producidos, había sido largamente utilizada; en cambio la tendencia en la cosecha ecosistémica seguía y aún sigue un modelo similar al de la producción industrial: “la economía de escala”, desperdiciando toda aquella diversidad de recursos contenidos en los ecosistemas que no tienen ventajas comparativas en el comercio mundial.

Este modelo de cosecha ecosistémica denominado agricultura, pero que en general entraña una verdadera “minería agrícola”, se basa en la utilización de la energía e información acumulada en el suelo por milenios, con un cultivo monoespecífico que con la evolución del estilo de agricultura ha ido evolucionando hacia monovarietal y finalmente “monoindividual”: el clon, y no hacia un aprovechamiento de la información contenida en los ecosistemas. La cosecha ecosistémica en la producción agrícola capitalista moderna requiere la uniformización del cultivo y la adaptación recíproca de este y un paquete tecnológico, todo lo cual requiere para su producción “a escala” adaptarse a las necesidades de un gran número de productores ubicados en diferentes ecosistemas. Obviamente la adaptación es parcial, y destruirá el ecosistema para el cual no fue creada, pero mantendrá la ventaja de mantener una alta productividad del trabajo.

La agronomía, que debiera basarse en la aplicación del conocimiento generado por la ciencia ecológica, ha realizado un desarrollo más basado en la aplicación de tecnología de validación empírica sin base teórica, siendo esta una de las razones por las cuales el conocimiento de que la máxima productividad siempre se logra con una alta diversidad no ha alcanzado en general resultados de aplicación agronómica, excepción hecha de modelos de agricultura primitivos o de grupos reducidos de productores de avanzada.

Como planteaba Restrepo ya en 1979: “Ahora son las empresas transnacionales las que se benefician con la irracional explotación de los bosques, de los campos de pastoreo, de los recursos pesqueros y la minería”. Y son también esas empresas las que se benefician hoy de las pampas y los campos del Cono Sur, con cultivos de eucalipto y soja, mientras otras tierras de vocación forestal son destinadas a pastos o agricultura.

Otros recursos naturales renovables como el suelo o el agua siguen una evolución similar a la de los recursos bióticos. Así los suelos potencialmente agrícolas, aun los más estables como los de la pampa húmeda, sufren procesos de degradación o erosión más o menos irreversible. Así, Oliver nos dice que “grandes extensiones de la pampa húmeda, donde se concentra la mayor producción cerealera, se ven sometidas periódicamente a graves inundaciones, que son el resultado, entre otros factores, de una canalización irracional que no solamente provoca el lavado de los suelos y su salinización, sino también hacen más graves los períodos de sequías”; y que “en abril de 1980 se produjo una de las más graves inundaciones, sobre 4 millones de hectáreas de las mejores del país, que quedaron por muchos meses bajo las aguas”. Actualmente, son del orden de los 5 millones de hectáreas las que se encuentran cubiertas estacionalmente de agua, y transformadas en pantanos.

En algunos países ha existido en el pasado una agresiva política de creación de parques nacionales; sin embargo, en muchos casos la elección de un área se hizo teniendo en cuenta tan sólo su carácter de singular y no de representativa, con lo cual hoy se puede decir que existe un único parque nacional en el área de pastizales templados (que fue tenido en cuenta como reserva de palmeras), el Parque Nacional de los Palmares, de la República Argentina. No existen casi parques con áreas de santuarios que protejan la totalidad de la información ecosistémica de regiones fitogeográficas enteras, como las praderas ya mencionadas; y la presión por otros usos tales como obras de ingeniería o urbanismo, tiende a recortar o fraccionar parques nacionales existentes, a niveles menores que el mínimo imprescindible para mantener la información ecosistémica, que puede resultar vital para la creación de otros estilos de agricultura, pastoreo o silvicultura, más productivos que los actuales y acordes a las necesidades de consumo de una población incrementada.

El agua ha sido tradicionalmente considerada un recurso natural renovable. La principal amenaza a tal renovabilidad en América latina no está dada tanto por los problemas de la contaminación, que existen y son graves en torno a grandes ciudades, enclaves industriales, mineros y/o agricultura empresarial, sino por la paulatina pérdida de renovabilidad del ciclo hidrológico. En efecto, si bien el agua continúa lloviendo en las cuencas y corriendo por las vías de drenaje hacia los embalses o zonas de consumo o regadío, el ciclo hidrológico se modifica sustancialmente con el cambio de uso del territorio.

Un caso particular en materia de recursos naturales renovables es el agua freática y otros reservorios como lagos cerrados, humedales, etc. Estos recursos en el caso de zonas áridas (paleoacuíferos) son verdaderos recursos no renovables, en otros casos su recarga es tan lenta que pueden considerarse como no renovables; el mismo concepto es aplicable a napas y lagos fuertemente contaminados o humedales desecados y que han sufrido procesos de acidificación difícilmente reversibles, etc. En resumen, el recurso agua en algunos casos debe ser considerado y tratado según estrategias propuestas para recursos naturales renovables y en otros siguiendo normas aplicables a los no renovables.

Algunas estrategias de uso

Detrás del uso irracional de un recurso suele haber ignorancia de cómo usarlo racionalmente, pero la mayoría de las veces es una racionalidad económica la que determina el uso, en cuyo caso ninguna campaña educativa puede revertir las tendencias. Es desde esa perspectiva que cabe analizar las estrategias de los distintos grupos que desarrollan actividades en la explotación de los recursos naturales renovables en América latina.

De las empresas transnacionales

La estrategia de las empresas transnacionales dentro de su racionalidad capitalista, cuando explotan directamente un recurso, teóricamente renovable, es realizar una extracción masiva siguiendo una lógica minera hasta su agotamiento, o hasta que este se sitúa a niveles tan bajos en relación al costo de cosecha que su explotación empresarial deja de ser rentable. Tal ha sido el caso del quebracho, principal recurso maderero del bosque chaqueño argentino, explotado por una empresa de capitales ingleses, La Forestal (The Forestal Land, Timber and Railways Company Limited), que dejó como saldo de sus actividades millones de hectáreas desmontadas en donde la erosión hizo estragos. Abandonada la extracción, el recurso, como en este caso, suele no poder recuperarse, sea porque continúa su explotación más o menos artesanal, porque las tierras pasan a ser aptas para otros usos, o porque el nivel de control biológico o ambiental no permite su recuperación si se trata de poblaciones que han sido reducidas por debajo de cierto nivel crítico.

Más modernamente este comportamiento se ha visto exacerbado por la inestabilidad política que ha caracterizado a América latina hasta épocas recientes, y en la actualidad fundamentalmente por la inestabilidad de los mercados de commodities.

No ha existido a nivel de Latinoamérica un adecuado control de las actividades de estas empresas que las obligue a explotar los recursos con sistemas que permitan su regeneración. Ello ha sido así porque con tales limitaciones las empresas transnacionales difícilmente intentarán invertir en estos países, y además porque su poderío económico les permite sistemáticamente ignorar –cuando existen– disposiciones que reglamenten el uso de un recurso sin que existan medios legales capaces de punir su acción a posteriori del suceso y en el ámbito internacional, en el caso de que esta se hubiere retirado del país como suele suceder al agotarse un recurso.

Los pocos intentos de poner coto a tales acciones predatorias se estrellaron contra el apoyo internacional que ellas concitan de los países donde residen sus matrices e incluso de los tribunales internacionales, como fue el caso de la pastera en el río Uruguay.

De la agricultura empresarial

La estrategia de utilización de los recursos naturales renovables por los productores empresariales, si bien inicialmente no tuvo una lógica que implicara su destrucción, de todas formas en un gran número de casos esta se operó. La razón de ello puede encontrarse inicialmente en su dependencia tanto tecnológica como de mercancías a producir.

En las últimas décadas, y a influjos del capital financiero, los productores empresarios son obligados a un cambio de estrategia de producción, en cuya lógica queda implícita la degradación del recurso. La caída de los precios de los principales cultivos extensivos, en particular la soja y el trigo, hace que los productores no establezcan las rotaciones mínimas que garanticen su sustentabilidad.

De los productores rurales

Existe toda una gama de estrategias de utilización de los recursos naturales por los productores agropecuarios, sean estos campesinos de subsistencia o empresarios agrícolas.

Entre los primeros cabe distinguir aquellas formas de agricultura precolombina, hoy casi desaparecida (pero que se caracterizó por mantener la renovabilidad de los recursos involucrados), de la producción campesina que podría denominarse tradicional.

Si bien las formas de agricultura precolombinas han sido revalorizadas, su recuperación y puesta en funcionamiento sólo ha ocurrido aisladamente. En realidad, esta agricultura requiere formas de organización social hoy desaparecidas, pero como ha ocurrido en innumerables oportunidades podrían ser recicladas en un nuevo contexto en el futuro, en la medida en que se pudiera conservar el conocimiento esencial de estos modos de producción. Su rescate, al menos como acervo cultural, parecería una tarea primordial a ser encarada por agrónomos, antropólogos sociales y arqueólogos, en el marco de equipos interdisciplinarios que pudieran legar a las generaciones futuras no sólo el conocimiento de las tecnologías, sino las formas de organización social que las hacían viables y funcionales.

El campesino tradicional aplica una tecnología que incorpora elementos tecnológicos occidentales del siglo pasado, con diversas proporciones de la agricultura de la revolución verde y no pocos cultígenos de tradición indígena. Estos modos de producción son extremadamente susceptibles a las variaciones en los precios de los mercados (la mayoría comercializa parte del producido), se realizan en parcelas demasiados pequeñas para establecer rotaciones de cultivos y ocupan generalmente tierras marginales para la agricultura, las que normalmente lo son en razón de su susceptibilidad a la erosión u otras formas de degradación. Este conjunto de restricciones determina que estas unidades de producción sean inviables en el mediano plazo, a pesar de su importancia social, cultural y económica.

Por otra parte, la producción campesina ha sido tradicionalmente un muy importante reservorio de variabilidad genética de los cultivos comerciales, así como poseedora de especies cultivables no desarrolladas a nivel de agricultura empresarial y/o centros de investigación.

Los institutos de investigación encargados de la generación de nuevas tecnologías han desarrollado en general tecnologías adaptadas a producciones capitalistas, descuidando totalmente a los pequeños productores y al campesinado en general, que representan un gran porcentaje de los productores de Latinoamérica y son quienes proveen la mayor parte de los productos agrícolas de consumo local o regional. A su vez, las empresas productoras de semillas e insumos agropecuarios han inducido al campesinado a sustituir su semilla por cultivares desarrollados a influjos de la revolución verde o la ingeniería genética. La consecuencia ha sido una fuerte pérdida de diversidad genética y una mayor vulnerabilidad de la agricultura y los agricultores a los factores ambientales. De mantenerse la tendencia, y dada la dificultad y el costo de mantener diversidad en bancos de germoplasma, es dable esperar que las generaciones futuras se tornen cada vez más dependientes de un menor número de cultivos de baja diversidad genética.

Más grave aún que la pérdida de cultivares es la pérdida del acervo cultural contenido en estos grupos humanos, cuyo relativo aislamiento les ha permitido desarrollar formas de relacionarse al medio singulares y valiosas en un contexto adecuado. Asimismo, la desertificación de sus tierras, que los compele a ocupar otras cada vez más marginales –en razón de su fragilidad creciente y el alejamiento de las zonas de consumo y aprovisionamiento de servicios–, contribuye a la devastación del patrimonio natural y genera áreas de extrema pobreza difícilmente reversibles en el mediano plazo.

La planificación adaptativa como estrategia de utilización de los recursos naturales

La resiliencia de los sistemas depende en parte de la presencia de disturbios permanentes ante los cuales las comunidades pioneras conducen la recuperación del sistema. Esta regeneración ocurre aun ante disturbios de importancia, como en los ecosistemas de bosques frente a los incendios. Para que tales situaciones sean “oportunidades” deberían reformularse los sistemas educación-investigación-transferencia, de forma de capacitar para medrar más con el cambio que con la estabilidad del escenario.

Una actitud política realmente comprometida con los derechos de las generaciones futuras debe ir más allá de lo que hoy se considera planificación. En efecto, es característico de la planificación tradicional del uso de los recursos naturales renovables la tendencia a determinar uno solo de los futuros posibles, el que se define como más conveniente, y aplicar tipos de manejos que contribuyen a cerrar opciones alternativas futuras. Una planificación adaptativa debería incluir intentos deliberados de apertura de nuevas opciones, favorecer un aumento de los grados de libertad hacia el futuro; objetivo que aún hoy parece lejano, cuando todavía no se ha conseguido que se comprenda la necesidad de preservar estilos de utilización de recursos que no sean hoy de una óptima rentabilidad o de una máxima productividad, pero que puedan serlo en el futuro ante una nueva coyuntura o que impliquen estrategias de subsistencia. Los futuros no “vienen”, son producto de las circunstancias, pero sobre todo de las decisiones de los actores sociales; por lo que la meta de prever en la planificación la creación de grados de libertad conlleva una actitud positiva hacia lo inesperado, lo cual no parece formar parte de la cultura dominante, a pesar de que como decía en 1987 Gallopín, está en ello, quizá las mejores oportunidades futuras en la medida que las predicciones por tendencias históricas no auguran un futuro venturoso.

De la misma forma la planificación adaptativa debe considerar la creación de objetivos no óptimos o incluso “subsidiados”, para atender situaciones no previstas. Debe a su vez no utilizar la totalidad de los recursos disponibles y promover la investigación sistemática de modos no convencionales de utilización de recursos y espacios geográficos. En esta perspectiva hasta el deterioro de una parte de un recurso puede ser una “oportunidad” hacia el futuro, cuando esto es la excepción y no la regla general.

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