Territorio y trabajo. Desafíos y progresos en el período actual

Territorio y trabajo. Desafíos y progresos en el período actual

Por Diana Lan

Tras la debacle de 2001, y a partir del 2003, se revitalizan los lazos solidarios como mecanismo de supervivencia a la crisis. Junto con una importante participación del Estado, las cooperativas y asociaciones de trabajadores comienzan a diseñar una nueva estructura productiva sin explotación social y donde prevalece la igualdad. Es necesario fortalecer estas experiencias para consolidar una nueva configuración espacial.
 
Centro de Investigaciones Geográficas (CIG). Instituto de Geografía, Historia y Ciencias Sociales IGEHCS - CONICET - UNCPBA. Facultad de Ciencias Humanas UNCPBA


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La reorganización productiva del territorio se basa en los progresos de la ciencia y de la tecnología que en forma conjunta con la circulación de la información van generando otras condiciones materiales e inmateriales que aumentan la especialización del trabajo en los lugares.

Los territorios más activos son aquellos que se adaptan más rápidamente a las exigencias del mercado mundial, ya que es necesario unir en un único proceso a las porciones de trabajo desarrolladas en lugares distantes. Por eso la circulación obtiene mayor importancia, al ampliarse los contextos de intercambio de productos, las áreas industriales van perdiendo el control sobre lo que pasa en los lugares, contribuyendo a una clara fragmentación territorial.

El espacio industrial no se reduce a la fracción estricta del territorio ocupado por los establecimientos, puesto que las empresas utilizan la variable espacial como instrumento para llevar a cabo sus objetivos, afectando así tanto la localización de las plantas como la generación de diversos flujos de relación entre ellas y con respecto a su entorno (mercancías, capital, información).

Si se considera al territorio como usado por la sociedad, es posible que cada empresa o cada actividad produzca su propia división del trabajo que se plasmará en el espacio y, de acuerdo al momento histórico, se generará una superposición de divisiones del trabajo, algunas responderán a lógicas escalares globales y otras a locales, pasando por las escalas nacionales.

También es sabido que cada empresa o cada rama de actividad producen una manifestación geográfica y que el uso del territorio será diferente de acuerdo con la importancia de ellas. Esto desemboca en un uso competitivo del espacio, que se presenta en la realidad como un uso jerárquico, en la medida en que algunas empresas disponen de mayores posibilidades para la utilización de los mismos recursos territoriales.

La configuración territorial de la industria está formada por hechos del pasado y del presente, lo que hace que se defina y se redefina. Siempre que la sociedad sufre cambios, las formas u objetos geográficos asumen nuevas funciones. Esa totalidad del cambio crea una nueva organización espacial.

Entendemos el presente como una posibilidad para identificar los problemas de la acumulación capitalista, sobre todo basándonos en la crisis estructural de los países centrales. Lo que se percibe es que estos países desarrollados están preocupados por rescatar al capitalismo centrando su accionar en ajustes con la consecuente repercusión en los que menos tienen.

Este escenario incentiva a sostener un paradigma alternativo a la economía de mercado, desde una economía social, donde el espacio se conciba como una dimensión social.

Particularmente, mencionaremos el caso de Tandil (provincia de Buenos Aires) que se convierte en testigo y actor de un desarrollo simultáneo de diversas divisiones del trabajo, por eso se sostiene que la redistribución del ingreso y la reindustrialización son pilares básicos para pensar en otra racionalidad.

Partimos del año 2001 donde queda demostrado cómo la sociedad, frente a situaciones límite, encuentra otras salidas, basadas en la cooperación y la solidaridad. Esta esperanza renovada atiende las necesidades de los más desprotegidos y dignifica su existencia.

Así aparecieron espacios de solidaridad, de encuentro, liderados por desocupados que mostraron una geografía de la crisis que no fue el patio trasero que escondía la pobreza en la sobrevivencia más elemental, sino que son espacios abiertos de cara a la sociedad (que los llamamos circuitos creadores de trabajo) con mecanismos de organización y de regulación que evitaron la competencia destructiva (y en circunstancias en que no fue así, los mismos actores se encargaron de desactivarlos).

En la ciudad de Tandil se fue dando un desarrollo de base territorial con formas sociales de emprendimientos que promovieron otra mirada de la realidad, como sucedió en todo el país. Se formaron circuitos creadores de trabajo, a partir de ferias comunitarias y fábricas recuperadas por sus obreros. Es decir, se formaron fábricas recuperadas, que luego se convirtieron en cooperativas de trabajo donde las características que las distinguen de otras empresas son que pertenecen al conjunto de los trabajadores y que se controlan democráticamente.

Así aparece una reivindicación de los derechos sociales, que estaban silenciados por la aparente solución que traía la flexibilización del trabajo, que era entendida como condición necesaria para insertarse en el mundo globalizado en beneficio de todos.

El escenario del 2001 sirve de referente para tomar estas experiencias y analizar cómo se continúa ante los actores internacionales que presionan sobre el Estado nacional y que son claros ejemplos de condicionamientos externos, tal es el caso concreto de la crisis internacional de 2008-2009, que tuvo su correlato en la fuerza de trabajo, con nuevos momentos de incertidumbre en la industria de la ciudad, sobre todo en la industria metalmecánica.

La reactivación económica surgida a partir del 2003 en la ciudad de Tandil se refleja en una recuperación económica de la industria manufacturera, que luego quedó expuesta a la crisis internacional, sobre todo en la industria metalmecánica, porque afectó a las grandes empresas que son las dueñas de las terminales de automóviles y la mayoría de la producción autopartista de la industria tandilense va dirigida hacia ellas.

Ante este nuevo panorama de crisis, debemos enunciar proyectos superadores a lo que nos impone el contexto europeo, que se apoyen en otro manejo de la economía, en una mejor distribución de los beneficios obtenidos y de la gestión de las actividades productivas y del Estado.

Los progresos y desafíos tendrán que prestar atención a la participación de ciudadanos en emprendimientos asociativos de gestión democrática, como en el caso de Tandil, donde se viene dando un crecimiento del cooperativismo de trabajo inserto en relaciones sociales de cooperación y solidaridad.

La Tabla 1 muestra este crecimiento singular (21 cooperativas de trabajo) a partir del año 2003, esta nueva configuración espacial avanza hacia una estructura productiva sin explotación social, donde prevalece la igualdad y donde el Estado ha jugado un rol importante para apoyar a estas asociaciones de trabajadores que gestionan unidades de producción, democratizando sus formas organizativas.

Cada cooperativa es una asociación autónoma de personas que se juntan voluntariamente, formando una empresa de propiedad conjunta y que se gestionan democráticamente, por eso se diferencian de las empresas regidas por el capital o por el gobierno.

La última cooperativa que se conoce está constituida por los ex empleados de El Amanecer (tal es así que aún no figura en el registro del INAES, Tabla 1). Conformaron la cooperativa El Nuevo Amanecer para salvar sus puestos de trabajo, contando con 15 empleados que se dedican a la producción de queso en barra Dambo y queso cremoso. Asimismo hay otra planta en la ciudad de Mar del Plata donde trabajan 50 personas y produce dulce de leche y caramelos Bandoleros.

Tal es el crecimiento de las cooperativas de trabajo que se está avanzando en la conformación de una Federación de Cooperativas de Trabajo, que reúne a diez cooperativas de trabajo, con 300 trabajadores en conjunto, y acordaron constituir una federación. En un partido donde la desocupación ronda el 10 por ciento, es palpable la necesidad de generar este tipo de espacio. “Si trabajamos juntas es probable que nos escuchen más”, dijo la presidenta de Cerámica Blanca, Nina Pochetino, al diario El Eco de Tandil el pasado 5 de marzo de 2013.

Las nuevas expresiones del trabajo surgidas en la emergencia del modelo vigente son del movimiento de los propios trabajadores, que intentan defender y sostener el trabajo más allá del empleo. Son experiencias singulares que encierran procesos, actores, acciones, es decir relaciones materiales y simbólicas que nos ayudan a reconstruir la relación entre trabajo y territorio. Esto pone en evidencia un presente que tiene como desafío construir una nueva realidad a partir de lo que está latente dentro de la sociedad, de lo que ya existe.

Es a partir de la crisis económica que se recrean nuevas alternativas para desarrollar el trabajo y es entonces cuando comenzamos a revitalizar el lugar donde vivimos, para intentar generar otro desarrollo que implique ver las diferencias socioespaciales como recursos y no como un problema, como potencial del cambio y no como una forma de sostener, como hecho consumado, lo que ya se hizo.

No se trata de reconocer la diferencia, los valores propios de los lugares para idealizarlos sino como puntos de partida de nuevos procesos de desarrollo espacial. Inclusive puede ser fundamental recuperar y revitalizar aquellos lugares abandonados que pueden ser vistos desde otra racionalidad.
La búsqueda de otras posibilidades alternativas en nuevas configuraciones espaciales no deja de lado la lucha por una sociedad justa, sino que esto es lo que nos está marcando el camino para intentar corregir las estructuras y las lógicas generadoras de desigualdad.

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Artículos de este número

Paula Cecilia Rosa, María de la Paz Toscani y Inés Liliana García
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