Software es cultura. Una mirada a la nueva escena de las humanidades digitales

Software es cultura. Una mirada a la nueva escena de las humanidades digitales

Por Gabriela Sued

La digitalización de información y la conexión en red de computadoras provocaron cambios rápidos y profundos en las maneras en que las personas se comunican y producen cultura. El uso intensivo del software en las actividades cotidianas plantea un interesante desafío: dejar de pensar en los medios del pasado y empezar a pensar en los medios del futuro.

“Ya no miramos cine o televisión, ahora miramos bases de datos”.

Anandam Kavoori

 
Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires


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Nuevas perspectivas para los nuevos medios

Todos sabemos que la digitalización de información y la conexión en red de computadoras han provocado cambios rápidos y profundos en las maneras en que las personas se comunican y producen cultura. No sólo la digitalización ha modificado los modos de producir, almacenar y consumir cine, música, fotografía e información en general, sino que han hecho lo propio con las prácticas cotidianas de comunicación y acceso a la información. En cada espacio público, el tren, el subte, las plazas o las calles, solemos ver a la mayoría de la gente interactuando con teléfonos móviles: conversando con otros por chat, escuchando música, viendo videos, leyendo versiones web de los diarios: haciendo cosas con software. Este tipo de software es algo especial, dado que a diferencia de los primeros programas creados en la década de los cuarenta y destinados a actividades científicas, contiene “átomos” de cultura.

Es decir, es usado para producir expresiones a las que puede asignárseles un significado. Si hacemos un poco de memoria, podremos recordar que hace unos diez o quince años el ecosistema de los medios de comunicación era más sencillo, menos móvil y menos ubicuo.

Los medios digitales irrumpieron y se consolidaron rápida e incesantemente en dos décadas, y paralelamente se fueron conformando diferentes abordajes sobre los nuevos medios. Si se quiere, los investigadores sociales han inventado diferentes lentes para observar el complejo y omnipresente entramado de medios digitales. Algunos de ellos se dedicaron a analizar las relaciones entre las máquinas y las nuevas subjetividades, identidades y modos de sociabilidad que estas dibujan. En el terreno lindante entre la sociología y la economía, por otro lado, se destacan las miradas sociológico-empíricas que abordan la dimensión social, económica y política de los intercambios, ligadas al estudio de la sociedad de la información y al debate sobre si las tecnologías digitales producen modificaciones en las estructuras sociales y económicas. También se desarrollaron con éxito perspectivas cuantitativas orientadas al análisis de mercado. Por último, se instalaron durante los últimos años los estudios de consumos culturales que ponen de relieve la actividad de las audiencias al usar tecnologías digitales, borrando las distancias entre consumo y producción y las miradas etnográficas, que ponen de relieve la construcción social de la tecnología a partir de las prácticas que un conjunto de actores realizan en torno al dispositivo y que modifican los hábitos culturales y sociales.

El problema de la escala de la información en los medios sociales. Nuevos abordajes

Las perspectivas que mencionamos tienen aspectos fascinantes, pero ninguna de ella observa el carácter cuantitativo a gran escala ni el papel protagónico del software, determinantes ambos para la producción cultural actual. Es que la digitalización de información asume en nuestra cultura la estatura de un monstruo: por un lado, puede con procesos ya bien establecidos, depositar en un soporte magnético grandes cantidades de información producida analógicamente. Por ejemplo, registrando digitalmente producciones textuales, visuales o musicales originalmente analógicas. Además, podemos notar que gran parte de la comunicación actual es eminentemente digital, multimedia y móvil: redes sociales, blogs, plataformas para compartir fotografía y video, videojuegos online u offline conforman todo un campo de análisis a ser explotado a fines de comprender su importancia en la cultura contemporánea.

Pero en estos últimos ejemplos, la dimensión de la escala de las interacciones es sumamente trascendente. Según el sitio LiveStats, que brinda estadísticas de Internet en tiempo real, cada día se suben cerca de 60 millones de fotos a Instagram, se escriben 350 millones de twits, se ven 3.800 ochocientos millones de videos en YouTube, se postean cerca de 2 millones de publicaciones en Blogger. La interacción entre producción de información a gran escala, software y usuarios se instala cotidianamente en nuestras prácticas culturales, cada vez más modeladas por un software del que poco conocemos. En consecuencia, los investigadores sociales también necesitamos de un uso intensivo de software para poder comenzar a dar cuenta y a comprender la importancia cultural de estas recientes producciones digitales.

Es por eso que en los últimos años algunas perspectivas como las humanidades digitales, la analítica cultural y la culturomía han avanzado en la construcción de abordajes teóricos y prácticos, basados en software, para el procesamiento, el análisis y la interpretación de grandes cantidades de datos culturalmente significativos, combinando elementos como el procesamiento informático de datos, nuevas formas de visualización de información y nuevas modalidades de lectura. Las humanidades digitales nacen del encuentro entre las temáticas de raigambre humanística y el uso intensivo de software para desarrollarlas.

Actualmente, diversos centros académicos en el mundo aceptan este cambio y se abocan al desarrollo y aplicación de software al análisis de grandes sets de datos culturalmente significativos abordables sólo desde su digitalización, y analizados con minería de datos a partir de la programación de software especializado que permita procesar información cultural y así poder analizarla e interpretarla a la luz de nuevas evidencias generadas por estos nuevos métodos. La formación de Asociaciones de Humanidades Digitales que aúnan esfuerzos entre académicos de diversos centros de estudios del área es un hecho global y también local. Desde hace un año, la Argentina está conformando su propia Asociación de Humanidades Digitales formada por académicos de todos los puntos del país que a través de temáticas diversas incorporan software al proceso de producción de sus investigaciones y proyectos de temática literaria, comunicacional, educativa, archivística o social. Varios analistas de las relaciones entre cultura y tecnología han retomado el concepto y el abordaje de las humanidades digitales, que es muy reciente, habiendo surgido hace no más de quince años sus primeras manifestaciones.

Podemos reconocer tres etapas de las humanidades digitales, que vinculan el uso de dispositivos tecnológicos digitales a las prácticas asociadas a las ciencias sociales y humanas, tradicionalmente ligadas al soporte analógico del papel, y al pensamiento lineal del texto. Ahora bien, a lo largo de los últimos quince años, estas áreas del conocimiento han empleado en forma creciente tecnologías digitales para llevar a cabo sus tareas de investigación. Comenzando por las tecnologías de apoyo que tenían un papel periférico en el diseño de las investigaciones (correo electrónico, búsquedas en Internet), a las cuales se refiere el especialista David Berry como Primera Ola de Humanidades Digitales. Una segunda etapa consistió en la digitalización de repositorios y grandes cantidades de datos originalmente analógicos, para su preservación y consulta. Como ejemplo, es muy interesante en este sentido el proyecto que lleva adelante la Biblioteca de la Facultad de Humanidades de La Plata, que se encuentra en estos momentos digitalizando los archivos de manuscritos del gran escritor Manuel Puig. Finalmente, la tercera ola se caracteriza por la interacción entre objetos de estudio y preguntas del campo de las humanidades y las ciencias sociales y la intervención activa de tecnologías digitales que determinan directamente el diseño de la investigación, y su capacidad de formular interrogantes y construir interpretaciones. Lev Manovich es un teórico ruso de los medios, radicado en Estados Unidos desde la década de los ’80. Su área de interés son los medios digitales y sus objetos de estudio han variado a lo largo de los años. Comenzó por relacionar arte y tecnologías, dado que él mismo ha producido obra artística, y siguió intentando caracterizar teóricamente los medios digitales, llamados por él “nuevos medios” y la reconfiguración de los medios tradicionales en su fusión con los nuevos medios, tal el caso del cine digital. De pasar a pensar teóricamente en los nuevos medios, Manovich pasa a reflexionar sobre el software, a partir de una pregunta general: si el software es necesario para la producción de nuevos medios, ¿estaremos pasando de una etapa de predominio de medios a una etapa de predominio del software? En este sentido, la computadora no es un medio de comunicación, sino un metamedio: una máquina productora de medios. Para poder contestar esta pregunta, Manovich se propone ahondar en las características del software, pero no de cualquier tipo de software, sino del que él denomina “software cultural”, aquel que es usado masivamente por millones de personas para producir objetos semióticos: textos, imágenes, animaciones, interacciones en tiempo real, mapas, publicación de contenido online. Manovich despliega en elegantes wall displays de pared entera millones de fotografías tomadas por los usuarios de Instagram para descubrir qué imagen de la ciudad de Tel Aviv surge a partir de la mirada de sus habitantes y turistas, o despliega todas las tapas de la revista Time desde su aparición en 1945, descubriendo saltos y regularidades en la estética visual de la revista, o millones de fotografías tomadas por usuarios de redes sociales, en un intento de construcción de una “gramática de la selfie”.

De la lectura cercana a la lectura distante: mutaciones de la lectura

Algunas cosas han cambiado en los últimos cien años. Estoy mirando ahora una fotografía de mi papá jugando concentradamente al ajedrez. Mi papá tenía una gran biblioteca, que heredé en más de un sentido, y era un gran lector. Todos los días el diariero traía a mi casa dos diarios de visiones opuestas, para que uno pudiera extraer su propia conclusión. El hobby de mi papá era jugar ajedrez por correspondencia. Nunca tocó una computadora. También por correspondencia se desarrolló por más de cincuenta años una de las historias de amor y conocimiento más importantes de la historia de la filosofía.

La profunda relación entre amorosa y profesional que entablaron el filósofo alemán Martin Heidegger y la filósofa norteamericana Hannah Arendt. Historia personal pero de grandes implicancias para la filosofía del siglo XX y que se desarrolló durante más de cincuenta años centralmente por carta. Mentalidades letradas.

Paso ahora a una fotografía mía, dando clases con una computadora conectada a un proyector. En este punto de pasaje entre culturas no puedo evitar sentir que pertenezco a la generación bisagra. Aprendí con libros, pero enseño con pantallas. Solía comprar no dos diarios, sino uno solo y dos veces por semana. Ya no. Me considero muy moderna por colgar videos en mi perfil de Facebook, casi todos de Vevo, el canal oficial de videos de YouTube. Casi una MTV personal. No puedo evitarlo. Mi hashtag favorito es #yovinacerlamtv.

Y ahora los más chicos. Facundo, a sus dieciséis años, tiene un canal en YouTube donde publica soluciones de juegos de consola; Mateo, identificador de videos virales, fan de YouTubers varios; Matías, empeñado buscador de machinimas que le permitan sortear con facilidad sus dificultades de jugador de play; Ezequiel, pequeño craftman que disfruta viendo videos DOY (do it your self) hechos con Lego. Algo está cambiando. Ellos están aprehendiendo lo que ven. Y lo que ven, lo ven en YouTube. Ellos leen imágenes. Estas historias generacionales hiladas a partir de los cambios en las prácticas de la lectura nos dicen que estas se construyen históricamente y van variando generacionalmente. A medida que varían los dispositivos textuales, varían las maneras de acceder a ellos y también de construir sentido frente a ellos. ¿Seguimos entonces indagando en los medios del pasado, o comenzamos a pensar seriamente en los medios del presente y del futuro?

Franco Moretti es un catedrático italiano, especialista en literatura, que tiene su centro de trabajo en la Universidad de Stanford. Nacido en Roma en 1959 y hermano del famoso director Nanni Moretti, se mudó a Estados Unidos luego de haber brindado un par de conferencias que dejaron sorprendidos a sus pares americanos. Siendo sus antecedentes recientes pero impresionantes, el N-gram de Google lo muestra en un nivel de citaciones muy bajo respecto de otros grandes referentes de la crítica literaria como Roland Barthes y Terry Eagleton, pero es el único de los tres cuya referencia asciende y no desciende, lo que resulta significativo. Los recientes hallazgos de Franco Moretti respecto de la “lectura distante” deben ser leídos en un momento de cambio en las prácticas de la lectura. Tanto el crecimiento exponencial de la cantidad de información como la variación de los soportes de lectura como los dispositivos de producción, almacenamiento y circulación textual demandan un cambio en el modo de leer propio de la imprenta, al que Moretti denomina close reading (lectura cercana) ¿Será la “lectura distante”, es decir, el viraje de la interpretación del texto a la interpretación de mediaciones cuantificadoras el cambio de modo de leer que exige este momento?

No podemos negar que la idea de tomar distancia para poder examinar un gran corpus de información nos es sumamente atractiva. Y si bien Franco Moretti sitúa sus indagaciones centralmente en el terreno literario, nos interesa más que nada como una nueva forma de leer, muy acorde con los tiempos que corren. La idea de Moretti es muy simple: cuantificar la literatura, y leerla en base a tres nuevas disposiciones, provenientes, además, de otras ciencias: la historia cuantitativa, la geografía y la teoría evolutiva. Estas son los gráficos, los mapas y los árboles. Con lo cual, los textos en sí mismos dejan de ser el objeto de la lectura, sino que pasan a serlo estas tres abstracciones, construidas a veces artesanalmente, y a veces con la ayuda del procesamiento informático.

Entonces Moretti se plantea, si tenemos que estudiar la historia de la novela del siglo XIX en Inglaterra, ¿hasta qué punto es válido hacerlo sobre una base de doscientas o trescientas novelas si estas representan tal vez el uno por ciento de la literatura publicada, veinte mil o treinta mil novelas en todo el siglo? Pero entonces ¿cuánto tiempo llevaría abarcar todo el campo? Realmente, ¿es una cuestión de tiempo o es una cuestión de método?

Cuando realizó el Atlas de la literatura europea, Moretti se hizo la siguiente pregunta: ¿cómo desarrollar la tarea del crítico si durante el siglo XIX se publicaron en Europa entre 20.000 y 30.000 novelas? ¿Cuántas podría leer un crítico de ese total? ¿Tal vez unas dos mil? ¿Qué queda dentro y qué queda fuera de ese corpus? ¿No se define así un tema de poder en el abordaje sesgado de un corpus?
Un campo tan vasto, dice Moretti casi textualmente, no se comprende mediante un caso aislado, sino de un sistema colectivo, de un todo, que se trata de ver y de estudiar como tal.

Ese “todo”, ese “sistema colectivo” será lo que Moretti denomina tres artefactos, o artificios (textualmente: objetos artificiales), que son los gráficos, los mapas y los árboles. Objetos que proceden de otras ciencias, que no son las literarias, y que son el resultado de un proceso de abstracción, de un alejamiento del texto concreto (que sí es materia de la literatura). Entonces, los gráficos nos permiten tomar distancia del texto, y si bien perdemos algunos detalles sobre este, podemos ver no tanto el texto, sino las relaciones entre textos: qué las une, qué formas dibujan a lo largo del tiempo, qué regularidades se encuentran en esas figuras, y luego, relacionar esas formas con otras variables.

El trabajo de Moretti ya tiene varios años, y sus proyectos abarcan tanto temáticas literarias como informativas. Sus primeros proyectos abarcaron los temas clásicos de la historia de la literatura: periodizaciones y surgimiento de nuevos géneros en la novela inglesa europea y burguesa del siglo XIX, el estudio de las obras de Shakespeare, la melodía en la poesía alemana, y así. Por ejemplo, para estudiar las obras de Shakespeare usó un programa llamado Docuscope, desarrollado por la Universidad de Carnegie Mellon desde 1998. Este software puede reconocer más de cuarenta patrones de uso del idioma inglés y agruparlo en más de cien categorías retóricas.

La metodología de la lectura distante permite hacer una lectura de la totalidad de la producción literaria de un período dado, y no simplemente de una parte (que puede ser la mejor, la consagrada, la clásica).

Se basa en la construcción de tres tipos de dispositivos: gráficos, mapas y árboles. A partir de ellos, Moretti puede hacer tres tipos de operaciones: periodizar (gráficos) y describir ciclos, localizar y relacionar (mapas) y agrupar o clusterizar (árboles) relaciones entre personajes, palabras de alta frecuencia que permiten identificar los sentimientos, colores, lugares mayormente referenciados por todas las novelas de un período.

Software es cultura

En nuestro mundo actual el software es omnipresente. Las empresas que lo producen están entre las más importantes del mundo. Nuestras propias prácticas comunicativas y culturales están mediadas por software, y cuando no lo están, las percibimos “extrañas”, “especiales” o “poco duraderas”. El software es fundamental para los procesos de globalización, para el diseño y el control de la producción. Nuestras prácticas culturales y comunicativas se encuentran en su gran mayoría mediadas por software: escribir, producir imágenes, buscar información, compartirla, publicarla, remixarla o recombinarla necesitan software. Por ejemplo, si vemos a la gente en los medios públicos de transporte, están todos haciendo cosas con sus celulares inteligentes, a partir de sistemas operativos y aplicaciones que son software. Programas. Instrucciones que le dicen a una máquina que además es otro software, que haga algo. Sin embargo, en las ciencias sociales, lo que más naturalizamos, lo que está más cerca, es lo que más nos cuesta ver como objeto. El software es uno de nuestros artefactos más frecuentes pero también uno de los más naturalizados. No sabemos cómo funciona, y la mayoría de las veces no nos importa.

Solemos acordarnos de él en pocas ocasiones. Una de ellas es cuando no funciona. Es allí que lo transparente se vuelve opaco, y lo invisible, visible. ¿Podrán ser las Humanidades digitales las que nos otorguen a las ciencias sociales las lentes de aumento que necesitamos para comprender el alcance de los fenómenos culturales contemporáneos? Queda abierto el interrogante.

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