Sobre patrones de consumo, transición energética y ecodesarrollo en América latina

Sobre patrones de consumo, transición energética y ecodesarrollo en América latina

Por Cristian Parker G.

El planeta sufre significativamente los efectos del cambio climático y todo hace suponer que sus amenazas crecerán en los próximos años. El desafío es avanzar en la transición energética hacia fuentes renovables de energía y tecnologías limpias, lo que supone un cambio en los estilos de vida asociados con los patrones de consumo de energía actual. Hay que avanzar hacia una cultura del consumo alternativo, hacia otra forma de producir y consumir.
 
Doctor en Sociología, Instituto de Estudios Avanzados, Universidad de Santiago de Chile


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Este trabajo se enmarca en el proyecto del Fondo Nacional de Investigación en Ciencia y Tecnología, Fondecyt Nº 1150607.

El cambio climático (CC) es un tema que preocupa crecientemente. Así quedó patente en la Cumbre del Clima de las Naciones Unidas en septiembre de 2014. El quinto informe emitido por el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático de marzo de 2014 (IPCC, 2014) afirmaba que el planeta sufre significativamente los efectos del CC y que sus amenazas crecerán seriamente en los años que vienen. Todo lo cual hace más urgente avanzar en la transición energética hacia fuentes renovables y limpias dado que las emisiones de CO2 a la atmósfera son la principal causa del calentamiento global. Se entiende por transición energética precisamente el cambio hacia producción y consumo de energía con más eficiencia y con menor contaminación, lo que significa innovación tecnológica e introducción de energías renovables, en todos los niveles.
La generación de electricidad renovable en todo el mundo desde el año 1990 creció bastante poco. Un promedio de 2,8% por año, lo que es menor que el crecimiento del 3% registrado para la generación eléctrica total. Mientras que el 19,5% de la electricidad mundial en 1990 fue producida a partir de fuentes renovables, este porcentaje se redujo al 19,3% en 2009.

Hay también un lento crecimiento de la energía hidroeléctrica en los países de la OCDE y algunos sudamericanos. Para el logro de la meta de reducir a la mitad las emisiones de CO2 de aquí a 2050 será necesario duplicar (desde los niveles actuales) la generación de energía renovable en 2020.

De acuerdo con el balance energético entregado por el Ministerio de Energía de Chile, durante 2013 se consumieron 457.786 teracalorías, de las cuales 299.304 eran derivadas de combustibles fósiles (65,4%) y sólo 668 (0,15%) provenían de fuentes renovables no convencionales (eólica o solar). El resto provenía de hidroelectricidad y biocombustibles.

Los enfoques acerca de la transición energética que se ha iniciado hace ya varias décadas en Europa, algunos países desarrollados y más recientemente en América latina, son variados. Existen abundantes estudios sociales acerca de la transición energética, pero ellos provienen principalmente de países desarrollados. Los estudios en América latina son incipientes todavía.

El consumo sustentable de energía

El desafío de avanzar en la transición energética hacia fuentes renovables de energía y tecnologías limpias supone un cambio en los estilos de vida asociados con los patrones de consumo de energía actual. Investigaciones recientes han demostrado cómo las tecnologías sustentables se entremezclan con las prácticas culturales y por lo tanto co-evolucionan, lo cual ciertamente influye en el consumo de energía.

El concepto de consumo sustentable se orienta hacia prácticas de consumo donde el valor de uso se impone sobre la base de criterios de responsabilidad, equidad, calidad de vida y austeridad ecológica.

En el caso de la energía es necesario distinguir entre el consumo directo (consumo residencial y de transporte) de la energía incorporada en el bien de consumo final. Existen estudios sobre consumo en hogares y otros sobre consumo industrial y son bastante distintos. Este artículo se orienta al consumo de tipo residencial y de transporte.
En investigaciones realizadas acerca de la visión que tenían los estudiantes universitarios chilenos acerca del CC se constatan antecedentes primordiales a tomar en cuenta.

Allí se da cuenta de que –analizando una encuesta representativa de más de la mitad del universo de estudiantes de pregrado del Consejo de Rectores– en general había conocimiento y conciencia acerca del CC y de las medidas para adaptarse y mitigar sus impactos negativos, revelando una generalizada sensibilidad ecológica –aunque no necesariamente una postura sistemática hacia la ecología–.

Sin embargo, también observábamos que las futuras elites –estudiantes universitarios de carreras “top” o prestigiosas– tendían a una postura que era levemente más favorable que sus compañeros de otras carreras para fomentar políticas de crecimiento en desmedro de políticas de protección ambiental y sustentabilidad.

En un contexto general, a pesar de la mayor sensibilidad hacia el medio ambiente y del hecho de que durante las últimas dos décadas ha crecido la conciencia ambiental y ecológica, manifestándose en todos los espectros ideológicos, a pesar de la simpatía creciente de los movimientos ambientalistas y ecológicos, el discurso oficial acerca del CC es restringido y da una importancia secundaria a los desafíos derivados del calentamiento global y del desafío del cambio hacia patrones sustentables de consumo energético.

Sobre patrones sociales de consumo de energía

De acuerdo a Haas y sus colegas, la identificación de cambios necesarios para avanzar en la transición hacia sistemas energéticos más sustentables involucra las siguientes dimensiones:
a) La identificacion de los niveles de energía per cápita que desarrollan el bienestar y la calidad de vida.
b) El incremento en la eficiencia energética.
c) El continuo incremento de fuentes renovables de energía y de fuentes de baja emisión
d) Acompañar los procesos de aprendizaje colectivo con adecuadas politicas de precios y regulaciones energéticas.

Para estudiar el asunto es necesario operacionalizar y acotar lo que entendemos por patrones sustentables de consumo de energía y posiciones favorables hacia la sustentabilidad.

Si se analiza el consumo sustentable de energía desde un enfoque que toma en cuenta el impacto ambiental del sobreconsumo, la eficiencia energética, la reducción de los gases de efecto invernadero y la transición hacia fuentes renovables de energía aparecen como temáticas de gran relevancia.

Los patrones energéticos son en sí una construcción social y están sometidos a condicionamientos sociales. Si bien en un principio la sociología se concentró en presentar los impactos sociales de tecnologías energéticas, ahora son las expectativas, escenarios, prácticas y representaciones sociales las que constituyen las tecnologías energéticas en sí.

Existen estudios acerca de prácticas y patrones de consumo sustentables en energía y medio ambiente.

Nuestras investigaciones recientes se han orientado a verificar cómo se están generando discursivamente patrones de consumo sustentables de energía referidos al consumo cotidiano en las condiciones de vida de los estudiantes universitarios.
En cuanto a los patrones sociales sustentables de consumo de energía es claro que algunos pueden ser mencionados, por ejemplo:
1. Uso de sistemas de energía solar y mejora de aislamiento en edificios.
2. Cambios en sistemas de calefacción urbana y refrigeración.
3. Uso mayor de aparatos electrodomésticos de bajo consumo: lámparas compactas fluorescentes, frigoríficos y cocinas mejoradas y aparatos LED.
4. Transporte público como un medio eficiente de energía.
5. Transporte no motorizado e integrado con sistemas de transporte público.
6. Empleo de materiales de baja energía en la construcción y en residuos agrícolas e industriales en la construcción.
7. Comercialización y amplia difusión de tecnologías de energías renovables (ER).

Los patrones sociales de consumo de este tipo irían asociados a un cambio en los estilos de vida por cuanto demandan cambios en las prácticas cotidianas de las personas y en las prácticas institucionales: el empleo masivo de transporte no motorizado combinado con el transporte público involucra, por ejemplo, una adecuación de las prácticas cotidianas, de hábitos y rutinas de desplazamiento, cambio en las jornadas de trabajo y en los estilos laborales, de nuevas formas de sociabilización y normas de conducta social y cívica, etc.

Hacia el ecodesarrollo

Garantizar la sostenibilidad ambiental (séptimo Objetivo de Desarrollo del Milenio) requiere conseguir patrones de desarrollo sostenible y conservar la capacidad de producción de los ecosistemas naturales para las generaciones futuras; requiere un verdadero ecodesarrollo.

Este desafío presenta dos dimensiones: por un lado, hacer frente a la escasez de recursos naturales para las personas pobres del mundo, y por otro, paliar los daños al medio ambiente derivados del alto consumo de las personas ricas.

Pero ello requiere voluntad política que supere el deterioro ambiental y el calentamiento global. La política conservacionista que apunta a superar la crisis ambiental debería ser complementada con la política de producción limpia que apunta a reducir las emisiones de carbono. Pero la política conservacionista puede contradecir a la política de producción limpia. Así, por ejemplo, en varios países latinoamericanos la oposición a las centrales hidroeléctricas en función de un ecosistema y ambiente no alterado podría incentivar las inversiones en centrales termoeléctricas más contaminantes. Una adecuada política que asegure gobernabilidad ambiental debe buscar un equilibrio entre conservación y reducción de emisiones, sabiendo que cualquier energía renovable –que reduce emisiones globales en el largo plazo– tendrá inevitables impactos ambientales territoriales en el mediano plazo, por lo que deberá asegurarse su máxima reducción posible.

En relación al cambio en los patrones de consumo y refiriéndonos a la centralidad del paradigma petrolero que está detrás del patrón de consumo motorizado individual, será necesario apuntar a un cambio en términos de patrones de consumo vinculados al transporte y a la urbanización, y a los sistema de trabajo y transporte en nuestras ciudades.

A diferencia de lo que afirman posturas conservadoras y que se oponen al cambio, las posibilidades técnicas de empleo de las innovaciones tecnológicas limpias existen. Existe hoy en América latina la posibilidad de avanzar en el empleo de energías renovables y en energías renovables no convencionales (ERNC). Un estudio reciente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) concluyó que la región latinoamericana (incluido el Caribe) tiene una dotación de recursos de energía renovable suficiente para cubrir más de 22 veces la demanda eléctrica proyectada para el año 2030.

Existe entonces la tecnología, las ERNC están rebajando sus costos y siendo cada vez más competitivas, se están mejorando las tecnologías de ahorro de agua y de energía, las tecnologías de eficiencia hídrica y energética, el uso de vehículos eléctricos, las ferrovías más limpias, los edificios verdes e inteligentes, etc. Podríamos utilizar transporte sin una gota de petróleo como combustible, pero ello requiere voluntad política, y adicionalmente, cambios importantes en la mentalidad y la cultura de la gente.

Tenemos un desafío mayor: avanzar en superar la crisis ambiental y superar los impactos negativos del calentamiento global. Para ello requerimos un radical cambio en los patrones sociales de consumo de agua y energía, un cambio que debe conducir a una revolución cultural general, revolución en la perspectiva del ecodesarrollo.

Hay que avanzar hacia una cultura del consumo alternativo, que no es un “no consumo”, sino otra forma de producir y consumir, con otros hábitos, con otras tecnologías, con otras finalidades; por lo tanto, es una revolución productiva y cultural hacia una sociedad humana limpia, sustentable y verde. El concepto del “buen vivir” tiene que ver con esta nueva cultura del consumo para el desarrollo humano. Se trata de un concepto que está todavía en discusión y construcción. Eso implica muchas cosas, desde cambiar hábitos en la vida privada hasta cambios institucionales.

Este cambio involucra un ecodesarrollo comunitario. La participación ciudadana, el empoderamiento de las comunidades, resulta vital en la lucha por el acceso a los recursos, al agua, a la energía y a los recursos de la naturaleza, para el beneficio de todos.

Se hace necesario cambiar hábitos de consumo a nivel de la vida diaria, por ejemplo, hábitos alimenticios, tomando conciencia de lo que comemos. El tema planteado por los vegetarianos no se traduce necesariamente en que todos consuman sólo verduras. Se traduce en tomar conciencia de que la carne de vacuno que se consume hoy es uno de los productos con una huella hídrica más elevada, es 20 veces la de los cereales. El cambio en el patrón de consumo significa reducir a lo necesario el consumo de proteínas por esa vía.

Todo esto demanda un esfuerzo intelectual recogiendo, por ejemplo, la dimensión intercultural. De las antiguas sabidurías de nuestros pueblos indígenas se podrían sacar lecciones. De sus formas de consumo tradicionales podemos reorientar nuestras pautas de consumo “consumistas”. Todo aquel tema de pasar del fast food al slow food también tiene que ver con aquello, con recoger una serie de tradiciones, tiene que ver con cambiar nuestra forma de ver el mundo. En definitiva, lo que consumimos nos está transformando en términos del mundo que estamos viviendo e incide en el mundo que queremos vivir. Hay que avanzar en una revolución cultural que sea coherente con estos desafíos tanto humanos, como económicos y ecológicos.

Pero este desafío es bastante complicado, porque como dice el informe de la International Energy Agency (IEA) de 2013, estamos frente a una política energética a nivel mundial que nos está conduciendo a la acentuación de la crisis provocada por el calentamiento global.

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Artículos de este número

Héctor Sejenovich
Metodologías, instrumentos y conceptos para un desarrollo sustentable y socialmente justo
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La cuenca Matanza-Riachuelo. El desafío del saneamiento tras 200 años de contaminación y olvido
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Participación en salud. Anotaciones estratégicas
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