Reflexiones antropológicas en la era digital. ¿La empatía amenazada?

Reflexiones antropológicas en la era digital. ¿La empatía amenazada?

Por Gimena Perret

Hoy en día se tiende a afianzar la idea de que la tecnología es en sí misma buena, bella y verdadera, olvidando el contexto social más general en el cual está inmersa, y los cambios que genera en distintos ámbitos de la vida de las personas. Es necesario generar un pensamiento crítico que permita repensar la relación ciencia-tecnología-sociedad.
Algunos de los lineamientos generales de este trabajo fueron planteados en “Barajar y dar de nuevo, la urgencia de un nuevo humanismo”, en La crisis global como crisis del pensamiento económico, V Jornadas de Economía Crítica, Buenos Aires, agosto, FCE, UBA, 2012, en coautoría con Patricia Monsalve, y “En la historia ¿un nuevo cambio dirigido?”, en coautoría con Enrique Armoza, en Carlos Enrique Berbeglia (coordinador), Propuestas para una antropología argentina, Tomo IX, Buenos Aires, Editorial Biblos, 2013.
Acabamos por amar lo lejano y por odiar lo cercano porque este último está presente, porque huele, porque hace ruido, porque molesta, a diferencia de lo lejano que se puede hacer desaparecer con el zapping… Estar más cerca de quien está lejos que de quien está a nuestro lado es un fenómeno de disolución política de la especie humana.

Paul Virilo, 1997

 
Doctora en Ciencias Antropológicas (UBA). Becaria Posdoctoral del CONICET/IIGG/UBA. Docente en el Ciclo Básico Común (UBA) y en la Universidad Nacional de General Sarmiento


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Sabemos que el sentimiento de radicalidad del cambio es algo corriente en cualquier momento histórico. Esto lo podemos ver claramente con el cambio que supuso en el campo de las comunicaciones el surgimiento y desarrollo de las nuevas tecnologías de la información –en particular de Internet– ya que trajo consigo un fuerte optimismo en cuanto a sus posibilidades, efectos y usos. Cada vez más se escucha decir que Internet ha modificado nuestro modo de estar en el mundo, de habitarlo y experimentarlo.

No somos tan necios como para negar que las cosas no son las mismas a partir de la presencia y difusión de una tecnología como Internet (y de sus múltiples y variadas aplicaciones), pero nos permitimos hacer algunos llamados de atención, en especial, frente aquellos planteos que tienden a pensar que Internet y la comunicación que habilita podrán hacer del mundo uno más justo y democrático.

Resulta de interés destacar sobre qué presupuestos se ha sustentado (y sustenta) esta idea. Se destaca, por ejemplo, a diferencia de los medios de comunicación tradicionales, la ventaja que supone la horizontalidad del recorrido de la información y la velocidad en la transmisión de la misma (comunicación inmediata e instantánea). También, que seríamos testigos del surgimiento de un nuevo tipo de relación social, no jerárquica, ya que en teoría todos podríamos dialogar con todos sin importar los condicionamientos de clase, género o etnia. Y, por último, que debido a la arquitectura y naturaleza interactiva de la red se anularía la existencia de un centro desde el cual emanan los mensajes a un receptor pasivo (como sucede con la radio o la televisión), eliminando, de esta manera, la unidireccionalidad que supone la existencia de un centro y de una periferia en la circulación de la información, ya que en principio todos seríamos potenciales productores.

Desde estos presupuestos se tiende a afianzar la idea de que la tecnología es en sí misma buena, bella y verdadera (parafraseando las máximas platónicas). Esto no sería un problema si no fuera por el hecho de que nos hace caer en un análisis fetichista de la tecnología, haciéndonos olvidar el contexto social más general en el cual está inmersa. De este modo, se suele alimentar una imagen artefactual de la tecnología que subyace a la tradicional ideología del progreso aún vigente a pesar de las críticas que se vienen haciendo al determinismo tecnológico y a la “razón instrumental” como un modo de entender la relación tecnología-sociedad.

En este breve texto no pretendemos hacer un análisis exhaustivo de una tecnología como Internet, sino simplemente plantear algunas líneas de reflexión en torno a un tema esquivo para la antropología, que ha tendido la mayor de las veces a simplificar la complejidad de los vínculos posibles entre un determinado desarrollo tecnológico con lo social. Por lo demás, se ha preocupado más –como decía André Leroi Gourham– por los intercambios de prestigio que por los intercambios cotidianos, por las prestaciones rituales que por los servicios banales, por la circulación de las monedas dotales que por la de las legumbres, mucho más por el pensamiento de las sociedades que por sus cuerpos.

En el contexto actual de flexibilidad y precariedad laboral producto de las reestructuraciones económicas de los ’90, asistimos a lo que algunos autores denominan crisis del proyecto humanista de la modernidad. Crisis en la que sus efectos son fácilmente distinguibles a nivel del colapso no sólo de los sistemas ecológicos a escala global, sino también de los deseos, de las sensibilidades, de los procesos cognitivos, en fin, de las subjetividades en un contexto en el que la socialización está signada cada vez más por la presencia de las tecnologías digitales.

La aceleración del ciclo de consumo para la realización y la valorización del capital produce en la actualidad un aumento de la información y los signos que requieren ser interpretados (y/o consumidos). Autores como Bifo plantean que ante esta aceleración en la transmisión de información nuestra mente-cuerpo se muestra incapaz de adecuarse, motivo por el cual estaríamos frente a una suerte de desfasaje entre formatos. Por un lado, el “formato de los emisores” (las tecnologías de la información y comunicación) ha multiplicado su potencia y ha logrado una difusión cada vez mayor, sobre todo a partir de los años ’70. Por el otro, el “formato de los receptores” que no ha podido evolucionar al mismo ritmo, por la sencilla razón de que se apoya en un soporte orgánico –el cuerpo humano– que tiene otros tiempos de desarrollo. Esta falta de adecuación máquina-cuerpo produce un efecto patológico en la mente humana individual y colectiva.

Aunque no estemos en condiciones de elaborar la creciente masa de información recibida, aun así, parece ser indispensable hacerlo si no queremos dejar de ser competitivos, eficientes y ganadores.

En este sentido, la realización simultánea de más de una tarea (lo que se conoce como multitasking) tiende a deformar el sentido o capacidad de la atención, es decir, la posibilidad de mantener la atención en un mismo objeto por mucho tiempo. Autores como Davenport y Beck hablan de “economía de la atención” y podemos pensar, como plantea Bifo, que cuando una facultad cognitiva pasa a formar parte del discurso económico quiere decir que se ha convertido en un recurso escaso.

Nuestra atención está cada vez más asediada, no tenemos ya tiempo para el amor, la ternura, la compasión, el placer, sino que centramos nuestra atención en la profesión, la competencia, la decisión económica. Lo que trae consigo la presencia cada vez mayor (en términos estadísticos) de sujetos ansiosos, depresivos, infelices.

No es casual la proliferación del consumo de psicofármacos (ansiolíticos y antidepresivos), que puede ser entendida como una respuesta del capital ante la necesidad de regular el malestar social. Y esto porque poco le importaba el sufrimiento psíquico del trabajador mientras este pudiera seguir apretando tuercas y tornillos, la tristeza del obrero poco resentía la productividad del capital. Sin embargo, hoy el capital necesita de las energías mentales, de las energías psíquicas y, al ser estas las que se están resintiendo, se deben encontrar mecanismos para contrarrestar el proceso de degradación psíquica de la fuerza de trabajo.

La frase de Paul Virilo que incorporamos al comenzar el artículo nos conecta con la crisis de lo afectivo y de la sensibilidad que nos interesa, al menos, plantear brevemente. La desatención o la incapacidad para atender un objeto por un determinado lapso forman parte de los efectos de la explotación competitiva del posfordismo o de la sociedad posindustrial. Y aquí, la sensibilidad es el punto decisivo. Parece que nos resulta cada vez más difícil comprender algo del otro. La pérdida progresiva de la sensibilidad absorbida por la verbalización y la codificación digital es central. Las generaciones que, como plantea Bifo (tal vez de forma un tanto radical), han recibido (y reciben) más estímulos de una máquina que de un “otro” (ausencia del cuerpo de la madre) pierden progresivamente la capacidad de sintonizar con el mundo, de encontrarse con un otro, con el cuerpo del otro y con el cuerpo propio. Incapacidad de cualquier tipo de empatía que hace de los vínculos encuentros mudos, que no comunican. El cuerpo del otro es tocado sin la conciencia del hecho de que el cuerpo que estamos tocando no sólo es objeto de nuestro toque sino también “sujeto de una percepción del toque”. Y este es el sentido de la empatía que queremos destacar, sin el cual la relación social se vuelve un infierno y, con ello, toda posibilidad de convivencia y comunidad. Se trata, siguiendo al mismo autor, de abordar el estudio de lo social desde un suelo movedizo y fluido, en que la conciencia es más un producto del “imaginario social” moldeado en la virtualidad de las tecnologías digitales y en el tránsito fragmentado y precario del trabajo, antes que “producto del ser social” construido en la fijeza de la sociedad industrial. Es por ello que nos preguntamos acerca de qué tipos de procesos de subjetivación se construyen en medio de una socialización signada cada vez más por la presencia de las tecnologías digitales.

Teniendo en cuenta lo dicho hasta aquí, nos preguntamos igualmente si esta suerte de llamado de atención sobre los efectos que sobre los sujetos están teniendo los usos de las nuevas tecnologías de la información no nos hace caer en una mera declaración de principios, al limitarse a oponer los valores del pasado a la evolución en curso. Nos preguntamos acerca de los límites de un posicionamiento que se centra sobre las consecuencias –buenas o malas– de los desarrollos científico-tecnológicos en función de cómo se los utilice.

¿Se trataría entonces de reorientar el uso de la tecnología en función de lograr grados de independencia y de minimización de sus efectos no deseados? Esta y otras preguntas que podamos hacernos acerca de los cambios que una tecnología como Internet produce y genera en distintos ámbitos de nuestra vida, colaboran en un pensamiento crítico que nos permita identificar los supuestos teóricos, epistemológicos y políticos desde los cuales pensar la relación ciencia, tecnología y sociedad.

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Artículos de este número

Gimena Perret
Reflexiones antropológicas en la era digital. ¿La empatía amenazada?
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