Nuevo Bandung: China en África, expansión comercial, inversiones y reversión de los términos de intercambio

Nuevo Bandung: China en África, expansión comercial, inversiones y reversión de los términos de intercambio

Por Eduardo Crespo

El ascenso chino es la fuerza principal que explica la recuperación de la mayoría de las economías africanas en la última década. Este proceso, que revierte la tradicional geopolítica del continente, sienta las bases para un potencial conflicto con las potencias occidentales, que ven amenazada una de sus principales fuentes de recursos.
 
Licenciado en Economía yen Ciencia Política de la UBA. Magister y Doctor en Economía en la UFRJ (Universidad Federal de Rio de Janeiro). Docente en la UFRJ. Ex profesor en la UBA y en la UFF (Universidad Federal Fluminense). 


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Varios de los más agudos observadores de la historia china apuntan a la visión histórica de largo plazo, milenaria, que suele caracterizar a las elites dirigentes del país. Sea en conversaciones informales, discursos políticos, en el cine o en el teatro, con absoluta naturalidad, los chinos asocian eventos de la coyuntura política o de la vida cotidiana con episodios ocurridos hace centurias, incluso milenios. La probada continuidad de la civilización china a lo largo de los últimos cuatro mil años parece estar presente en el modo de pensar los acontecimientos políticos y económicos más recientes, incluso los meramente circunstanciales. Es el caso de la cada día más intensa relación que China mantiene con África. En las visitas oficiales junto a líderes africanos, los representantes chinos acostumbran hacer referencia al legendario Zheng He, el “Colón chino”, aquel funcionario eunuco al servicio de la dinastía Ming quien al frente de inmensas flotas navales entre 1405 y 1433 realizó siete viajes que alcanzaron, entre otros destinos, las costas orientales africanas y que llegaron incluso al estrecho de Madagascar. En esas expediciones, que eran simultáneamente comerciales, diplomáticas y científicas, los mandarines chinos buscaban extender el número de reinos tributarios que se encontrarían protegidos por el “Imperio del Centro”. En ellas intercambiaban regalos, por caso, un par de jirafas llegaron por esa vía a China causando gran sensación entre los contemporáneos. La referencia a Zheng He estuvo presente incluso en la ya mítica conferencia de Bandung de 1955, que buscaba estrechar lazos entre Asia y África en la lucha contra la colonización y que sentaría las bases del Movimiento de Países no Alineados. Allí el propio Zhou Enlai afirmó: “Zheng He es un gran navegante de la dinastía Ming. Hizo visitas a países de África oriental como Somalia y Kenia, contribuyendo en gran medida al fomento de la amistad entre China y África”.

Las relaciones entre chinos y africanos se remontan al menos hasta al siglo IX de la era cristiana y siempre estuvieron presentes en la memoria histórica. Sin embargo, cuando la elite gobernante de China abandonó su programa de expediciones navales impulsado por Zheng He en la segunda mitad del siglo XV, las relaciones internacionales africanas pasaron a estar marcadas exclusivamente por un eje geográfico norte-sur, vertical y jerárquico, primero con las sociedades árabes-musulmanas del Sahara y luego con las potencias ultramarinas europeas. En estas relaciones, el comercio esclavista tuvo un rol preponderante durante siglos, incluso hasta convertir a los esclavos en la principal commodity del Atlántico Sur desde el siglo XVI al XIX. Las relaciones africanas con Asia desde entonces fueron inexistentes o se encontraron mediadas exclusivamente por los navegantes europeos al servicio de los imperios navales. La retomada de las relaciones sino-africanas debió esperar hasta la segunda mitad del siglo XX cuando China con su revolución se libró de la tutela europea, norteamericana y japonesa, al tiempo que buscó ganarse un espacio autónomo, desafiando a las dos superpotencias mundiales, apoyando los movimientos anticolonialistas africanos. Ya en ese entonces China promovió obras de infraestructura y entabló algunos contactos duraderos con gobiernos y líderes africanos luego de la conferencia de Bandung. Al inicio estos lazos tuvieron objetivos principalmente políticos, porque eran respuestas al aislamiento tanto de China como de varios países africanos. China buscaba apoyos internacionales para aislar a Taiwán y fortalecer un movimiento “no alineado”, en tanto que los países africanos buscaban alternativas al unilateral dominio que las ex potencias coloniales ejercían sobre sus economías y relaciones diplomáticas mediante regímenes del tipo “colonial informal”, luego de concedidas las independencias formales.

Pese a que los objetivos iniciales eran otros, la mayoría de estos contactos e iniciativas sedimentaron el camino para los lazos más profundos que comenzarían a establecerse décadas después bajo el impulso del vertiginoso proceso de industrialización chino. En el año 2008, China se convirtió en el primer socio comercial del continente africano. A pasos agigantados se va transformando en el principal inversor en la región, al tiempo que realizó una contribución fundamental para la mejora de los términos de intercambio de las exportaciones africanas. Se estima que un millón de chinos viven actualmente en África y ya constituyen la primera colectividad extranjera del continente superando a las comunidades oriundas de antiguas metrópolis europeas. El ascenso chino es la fuerza principal que explica la recuperación de la mayoría de las economías africanas en la última década. La relación “sur-sur”, por primera vez en muchos siglos, parece estar revirtiendo la tradicional geopolítica africana. Esta transformación, además de importar a sus protagonistas, si se profundiza como se prevé tendrá enormes repercusiones sobre todo el planeta, especialmente sobre América del Sur, continente que también encuentra hoy en China a su principal socio comercial y locomotora de crecimiento.

Soplan otros vientos en África

Un aumento exponencial de las exportaciones, la aparición de formas sofisticadas de consumo urbano, la construcción o la restauración de las ruinas, de caminos, puertos, puentes, aeropuertos, hospitales, escuelas, ministerios, supermercados, shoppings, complejos turísticos, reiteradas visitas de delegaciones oficiales ávidas por entablar negociaciones que culminen en nuevos mercados y oportunidades de inversión. Es el cuadro que se observa desde inicios del siglo XXI en varios países africanos que fueron escenario de feroces guerras en el pasado reciente y que aún experimentan a menudo sanguinarios enfrentamientos civiles cuyas heridas seguirán abiertas por siglos. De los diez países que más crecieron desde 2001 hasta 2011 seis son africanos.

Desde la crisis internacional de la deuda externa en los años ’80 hasta mediados de la década de los ’90, África Subsahariana sufrió una caída continua de sus niveles de ingreso per cápita, unida a un deterioro persistente de sus condiciones de vida. En dicho período también debió soportar la proliferación del sida con efectos devastadores sobre la salud de sus habitantes. A esto se sumaron las catástrofes ecológicas provocadas, entre otros motivos, por el crecimiento demográfico y la deforestación descontrolada, hechos que agravaron las tendencias seculares a la desertificación y la inestabilidad climática. Estas condiciones extremas facilitaron el derrumbe de casi todos los aparatos estatales, profundizando las fracturas internas que devinieron en nuevas y cada vez más feroces guerras tribales y conflictos por la apropiación de los recursos, enfrentamientos casi siempre financiados por las antiguas potencias coloniales europeas, aunque siempre camuflando su injerencia bajo máscaras de “intervención humanitaria”.

Este cuadro comenzó a transformarse por diversos motivos. Aunque el fin de la Guerra Fría inicialmente debilitó a varios regímenes africanos, acentuando inicialmente los conflictos preexistentes y fragilizando algunas regiones con consecuencias gravísimas, diez años después varios de los enfrentamientos que asolaban al continente, como los de Angola y Mozambique, fueron perdiendo intensidad hasta convertirse en focos guerrilleros de menor escala localizados principalmente en regiones selváticas de difícil acceso. El motivo básico de este cambio de tendencia es que una vez acabado el conflicto este-oeste varios de los grupos en disputa perdieron apoyatura internacional.

Coincidentemente con estos cambios, fue de fundamental importancia el proceso de democratización sudafricano que acabó con el régimen del apartheid en 1994. Hasta entonces Sudáfrica actuaba como aliado norteamericano en la confrontación geopolítica africana ejerciendo un papel sumamente desestabilizador sobre el hemisferio sur del continente. En base a su control militar sobre la actual Namibia, Sudáfrica invadió varias veces el territorio de Angola luego de que este país se independizara de Portugal.

Usualmente practicaba invasiones relámpago y bombardeos también en Mozambique al tiempo que financiaba y ofrecía entrenamiento para distintas guerrillas que luchaban por el poder en varios países de la región. Acabado el apartheid con la elección de Nelson Mandela como presidente, la política internacional del Estado sudafricano se revirtió en forma inmediata. Poco tiempo antes se había concedido la independencia de Namibia y desde entonces Sudáfrica se transformó en el principal actor con peso regional interesado en estabilizar el continente.

Por último, la ascensión industrial china está provocando un impacto sumamente favorable sobre la mayoría de las economías africanas. Mejoraron los términos de intercambio de la región a la vez que crecieron significativamente las cantidades exportadas. Los volúmenes de inversión extranjera directa se multiplicaron. Las economías china y africana son complementarias, por un lado, por la avidez creciente de China por materias primas que se localizan en África; por otro, porque no son muy significativos los mercados donde chinos y africanos compiten entre sí por terceros clientes. Los principales productos de exportación que parten de África hacia China son el petróleo, algunas variedades de madera y numerosos minerales abundantes en la región, imprescindibles para la elaboración de bienes de consumo electrónico de nueva generación como smartphones, laptops y televisores de pantalla plana. Por su parte, China exporta hacia África una amplia gama de productos industriales, incluidos los bienes de capital que van asociados al montaje de grandes obras de infraestructura, al tiempo que ofrece asistencia técnica en numerosos proyectos de desarrollo.

Deuda externa, términos de intercambio e impacto sobre terceros actores de la escena internacional

Al igual que en América latina, desde inicios del nuevo siglo, África se ve favorecida por una apreciable reducción de su endeudamiento externo unida a la mejora de los términos de intercambio de sus exportaciones. El monto actual de la deuda externa africana ronda los 324 mil millones de dólares y representa un 24% del PBI continental.

Esta cifra representa una notable rebaja en comparación con las décadas (perdidas) de los años ’80 y ’90, cuando tanto el stock de deuda como los servicios de intereses estallaron en relación con las exportaciones y el PBI del continente, inviabilizando cualquier tentativa por promover políticas de desarrollo económico o autonomía financiera. Tal como ocurrió en otras latitudes, fueron años signados por las misiones del FMI, los ajustes estructurales, las privatizaciones y el desguace de lo poco que restaba de los aparatos estatales africanos, procesos que alimentaron los conflictos civiles preexistentes y facilitaron sangrientas guerras civiles.

En los últimos años la mayoría de los países de África redujeron sus deudas externas, interrumpieron sus solicitudes de crédito con el FMI y comenzaron a resistir los planes occidentales de ayuda “humanitaria”, al tiempo que festejan la “descolonización económica” que de acuerdo con muchos gobiernos africanos es impulsada por las nuevas economías emergentes de creciente presencia en el continente como China, India, Rusia, Turquía, Sudáfrica y Brasil. Según el embajador Afare Donkor, de Ghana, “China no ofrece peces sino que enseña a pescar”.

Como sucedió en otras regiones, la ascensión china y asiática tuvo repercusiones significativas sobre los términos de intercambio africanos. Si bien el impacto asiático sobre la demanda mundial de minerales y petróleo no es tan significativo como se suele argumentar, la inserción de este continente como gran proveedor de productos manufacturados tiene una notable repercusión sobre los costos normales de producción asociados a la compra de bienes de capital e insumos industriales. La presencia asiática creciente en el mercado mundial ayudó a modificar los precios relativos de las materias primas en comparación con los bienes industriales. Desde el año 2000 hasta 2006, los términos de intercambio promedio de las exportaciones africanas subieron 26 por ciento.

Un tercer elemento que contribuyó a modificar el cuadro de situación es el aumento de la inversión extranjera directa que mantiene una fuerte tendencia ascendente desde 2004 hasta el presente. La inversión proveniente de China se multiplicó en los últimos años y actualmente representa 14% del total de sus inversiones externas. Si bien este porcentaje aún es inferior al de Latinoamérica (19%) y Asia (17%), se encuentra en franco crecimiento desde inicios de siglo.

Estos cambios permitieron que la mayoría de los países africanos pudiera salir de la asfixia macroeconómica en la que se encontraban. A su vez, pudieron impulsar las políticas conocidas como “nacionalismo de los recursos naturales”, consistentes en la negociación y renegociación de contratos de exportación más favorables en términos de regalías y precios para los países productores. Con estas renegociaciones los Estados buscan apropiarse de partes crecientes de las rentas derivadas de la explotación de dichos recursos. La creación de nuevas empresas públicas que en sociedad con las multinacionales gozan del derecho a participar en estas actividades, es otro mecanismo mediante el cual los Estados logran apropiarse de parte de estas rentas y del conocimiento y la capacitación técnica para encarar nuevos proyectos. Estas prácticas, cuando son generalizadas como ocurre actualmente en la mayoría de los países donde se explotan minerales y como sucedió en el pasado con la OPEP, tienen un impacto positivo sobre los términos de intercambio, ya que los mayores costos terminan trasladándose a los precios internacionales. Por estos motivos, el continente está experimentando un fuerte e ininterrumpido proceso de crecimiento desde hace más de diez años. Si bien las estadísticas de empleo y pobreza aún no tuvieron mejoras tan apreciables como las registradas en materia de crecimiento del producto y de las exportaciones, la tendencia positiva abarca todo el continente y a la mayoría de la población.

¿El gran juego de las grandes potencias?

La incursión de China en África inevitablemente tendrá significativas repercusiones sobre la geopolítica del continente. Varios autores apuntan a una creciente disputa entre Estados Unidos y China por áreas de influencia y acceso a los recursos naturales del África, a la que se sumarían potencias de menor relevancia económica pero de creciente influencia estratégica como Rusia e India. Algunos analistas incluso hablan de un nuevo proceso de colonización y de una carrera imperialista en marcha.

Si bien lo más conveniente para el gobierno chino es que la región se estabilice y devenga una proveedora regular de las materias primas y recursos naturales que precisa su voraz proceso de industrialización y urbanización, las disputas con Estados Unidos por áreas de influencia ya resultan visibles en todo el continente. Como ya fue apuntado, la decisión china de renovar sus relaciones con el África Subsahariana fue un resultado de la “guerra al terror” promovida por Estados Unidos y la OTAN en regiones proveedoras de petróleo y gas como Oriente Medio y Asia Central, circunstancia que colocó en riesgo la seguridad energética del país. El shock militar y diplomático occidental desvió los ojos chinos hacia África y América del Sur. Sin embargo, ahora tanto la “guerra al terror” como la campaña punitiva en defensa de la “democratización” y los “derechos humanos” se desplazaron también al continente africano.

Desde los inicios de la administración Obama, la OTAN asumió una posición francamente ofensiva en África, especialmente en el norte musulmán, como lo demuestran las recientes intervenciones en Costa de Marfil, Mali, Libia y Sudán. En 2007 Estados Unidos decidió crear el US African Command, o “Africom”, entidad militar que tiene por objetivo realizar actividades de inteligencia “antiterroristas” e intervenir en operaciones de “ayuda humanitaria” en todo el continente. Esta unidad tiene presencia en Uganda y ya participó extraoficialmente de la invasión realizada por Kenia en territorio somalí. Estados Unidos y Europa, especialmente Francia, con estas intromisiones, buscan entre otros objetivos bloquear –o al menos contrarrestar– la creciente influencia china en la región. Cortar el lazo que une a China con África significa para la primera quedar a merced de la OTAN en materia de abastecimiento energético, colocando en manos de Occidente su estabilidad económica y defensa territorial en caso de presentarse una crisis que conlleve un bloqueo.

Pero para Occidente no será sencillo expulsar a China de África. Le resultará difícil contrarrestar una intervención promovida en base a obras de infraestructura, inversión extranjera directa y expansión comercial a tasas elevadas. Entre 1990 y 2010 las economías avanzadas de la OCDE redujeron su participación en las exportaciones del África Subsahariana del 78% al 52%, en tanto que las importaciones africanas desde ese origen también cayeron del 73% al 43%. La reorientación del comercio africano hacia otros destinos, principalmente Asia, pero también América del Sur y la propia África, fue mayor que en otras regiones. La fuerza de atracción ejercida por el comercio “sur-sur” se está transformando en una tendencia de largo aliento que otorga cada vez mayores grados de libertad a las economías periféricas del África en línea con los ideales planteados en Bandung hace casi seis décadas. Excluida la intervención militar abierta, si Occidente no logra retomar el dinamismo económico es improbable que pueda ofrecer algún incentivo material semejante al ofrecido por China. Una posibilidad es que Occidente incentive rivalidades tribales internas en base a la infiltración, como ocurrió en el norte de África: donde dio su apoyo a variados grupos extremistas como los yihadistas de las “primaveras árabes” que derrocaron al gobierno libio y aún combaten en Siria.

Para los desguarnecidos países africanos, China, además de ser un potencial proveedor de armamentos, también representa una alternativa diplomática de peso ya que puede vetar eventuales resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU contra países africanos encaminadas a justificar intervenciones “humanitarias”. Los futuros conflictos africanos difícilmente volverán a pasar desapercibidos como ocurrió en décadas pasadas, ya que se trata de una región de creciente relevancia económica y estratégica para las principales potencias del mundo.

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Artículos de este número

Marta Bekerman
Prefacio La expansión de la economía china. Desafíos y oportunidades
Robert Boyer
Cómo explica la especificidad del capitalismo chino su posición en la economía
Mariano Turzi
Cambios y continuidades en la China de Xi Jinping
Jorge E. Malena
La protección del comercio marítimo por parte de China: ¿conflicto en el horizonte con la India?
Eduardo Daniel Oviedo
Agotamiento del modelo exportador, incertidumbre sobre el régimen político y derechos humanos en China
Gustavo Alejandro Girado
El cambio en el patrón manufacturero de China
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China: nuevo “centro cíclico de demanda” y crecimiento dirigido por el Estado
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América latina y China en el siglo XXI: complementariedades y rivalidades
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Nuevo Bandung: China en África, expansión comercial, inversiones y reversión de los términos de intercambio
Nicolás Depetris Chauvin
La nueva transformación económica en África: el rol de China

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