Las políticas de CyT y el “estilo de desarrollo”: un proyecto inconcluso

Las políticas de CyT y el “estilo de desarrollo”: un proyecto inconcluso

Por Erica Carrizo* y Victoria Alfonso**

Durante mucho tiempo el modelo de desarrollo científico-tecnológico de nuestros países siguió los parámetros dictados por los centros de poder, centrados en el desarrollo consumista, y desvinculándose de los problemas sociales y productivos de la región. El desafío es generar una política de CyT que sirva a la construcción de la soberanía nacional.
 
* Coordinadora del Programa PLACTED (MINCyT) y Centro de Estudios de Historia de la Ciencia y la Técnica “José Babini” (UNSAM) . **Directora de Coordinación y Gestión. Subsecretaría de Planificación de la Provincia de Río Negro


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Breve historia de una falacia

Pocos constructos en la historia de siglo XX han tenido un papel tan protagónico y sostenido en las sociedades contemporáneas como el concepto de desarrollo. Esta noción alude a un dispositivo político, ideológico y científico que resignificaría las relaciones de poder en el capitalismo global y que, luego de la Segunda Guerra Mundial, encontraría en América latina un terreno fértil para la experimentación de las denominadas “políticas del desarrollo”, promovidas por los organismos internacionales y adoptadas por los propios Estados latinoamericanos.

Esta reconfiguración del sistema político mundial se dio a través de una nueva institucionalización que tomó forma con la creación del Banco Mundial (BM) en 1944, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en 1945, y el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT) en 1947.

En América latina se materializó con la creación del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) en 1947, la Organización de los Estados Americanos (OEA) en 1948, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) en 1959 y la Alianza para el Progreso (ALPRO) en 1961. Esta “Alianza”, diseñada por la administración de John F. Kennedy como respuesta a los retos que planteaba la Revolución Cubana de 1959 y la consecuente adopción del régimen socialista, se orientaba a promover un capitalismo reformista en la región.

Los principales lineamientos impulsados se centraron en la reforma agraria –se trataba de una reforma “desde arriba” que buscaba frenar la reforma “desde abajo” encabezada por los sectores más desfavorecidos–, el libre comercio entre los países latinoamericanos, la modernización de la infraestructura de comunicaciones, la reforma fiscal, el acceso a la vivienda, la educación y la salud, precios estables, control de la inflación y cooperación monetaria.

Las políticas del desarrollo sintetizaban la intención de Estados Unidos de transformar radicalmente a los países de la región bajo el discurso de la prosperidad material y el progreso económico. Decía el presidente Kennedy en su discurso inaugural de la ALPRO en enero de 1961:

“El mundo es muy diferente ahora. Pues el hombre tiene en sus manos mortales el poder de abolir todas las formas de pobreza humana y todas las formas de vida humana […] A aquellos pueblos en las chozas y en las aldeas de la mitad del planeta que luchan por romper las trabas de la miseria masiva […] les ofrecemos una promesa especial, convertir nuestras buenas palabras en buenas acciones, en una nueva alianza para el progreso para ayudar a los hombres libres y a los gobiernos libres a despojarse de las cadenas de la pobreza”.

Este fue el caldo de cultivo que daría lugar a las diversas corrientes denominadas “desarrollistas”, para las cuales los problemas económicos y sociales que aquejaban a la formación social latinoamericana se debían a una insuficiencia en su desarrollo capitalista, y donde su aceleración bastaría para hacerlos desaparecer.

Ahora bien, las teorías del desarrollo propuestas e impulsadas por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), a fines de los años ’50 y principios de los ’60, rápidamente mostraron sus contradicciones, transparentando el callejón sin salida al que se enfrentaban los países de la región en el marco de una concepción según la cual cualquier país podía convertirse en desarrollado, siempre y cuando persistiera en la aplicación de las políticas “correctas”. Esta concepción quedó cristalizada en el libro de 1960 del economista e historiador norteamericano Walt Rostow, titulado Las etapas del crecimiento económico: un manifiesto no comunista.

No obstante, en contraposición al desarrollismo cepalino, a la Alianza para el Progreso y a la tesis rostowiana, surgen en este contexto las denominadas “teorías de la dependencia”, agrupando a una masa crítica de pensadores latinoamericanos identificados con las tradiciones socialista y marxista, que cuestionarían la situación de subordinación en la economía mundial de los países periféricos “especializados” en la producción de materias primas.

Ciencia y tecnología para el “desarrollo”

La expansión de las políticas del desarrollo en América latina fue acompañada del surgimiento de una nueva modalidad de dependencia, que el economista brasileño Theotonio Dos Santos asoció al binomio industria-tecnología:

“En el período de la posguerra se ha consolidado un nuevo tipo de dependencia, basado en empresas multinacionales que empezaron a invertir en industrias destinadas al mercado interno de los países subdesarrollados. Esta forma de dependencia es básicamente una dependencia industrial-tecnológica”.

Al mismo tiempo que la ideología desarrollista asociaba “modernización” con industrialización por sustitución de importaciones se observaba una desvinculación de las actividades de ciencia y tecnología con los problemas sociales y productivos de la región.

Esta falta de correspondencia estuvo relacionada con el proceso de mimetización que recorrieron los países periféricos respecto del desarrollo del sector de CyT de los países centrales. A diferencia de estos, nuestros países no lograron vincular la producción de conocimientos con su realidad económica y social. Se aplicaron modelos teóricos universales que guiaron la formulación de políticas para el sector y estándares internacionales para la medición de la producción de conocimiento que, entre otras consecuencias, hicieron de la publicación en revistas de alto impacto el principal criterio de evaluación de la producción científica, obviando la fijación de criterios tanto para la evaluación del desarrollo tecnológico y la innovación como para su protección. En términos de orientación temática, esto se tradujo en la adopción histórica de las agendas de investigación del primer mundo.

Esta conducta imitativa coadyuvó a la instalación de una ideología de reproducción dependiente, donde los avances en el sector de CyT constituyeron parte estructurante de la promesa del desarrollo. Es en este contexto donde proliferó una de las falacias sobre América latina más ampliamente extendidas, según la cual los países latinoamericanos son “sociedades duales”, donde conviven una sociedad arcaica, tradicional, agraria, estancada y retrógrada junto con algunos indicios incipientes de una sociedad moderna, en proceso de industrialización y urbanización.

Ahora bien, la esencia de esta falacia, que destacaba el papel asignado a la ciencia y la tecnología como motores de cambio y desarrollo, radica en considerar que esta “bipolaridad social” resulta de una “aversión al cambio”, cuando desde el enfoque de las teorías de la dependencia se demostraba la relación de “funcionalidad recíproca” entre subdesarrollo y desarrollo.

Los intentos de analizar la realidad de nuestros países como resultado de su atraso en la asimilación de los modelos más avanzados de producción, que Dos Santos definiría como “ideología disfrazada de ciencia”, serían fuertemente cuestionados por los intelectuales identificados con el Pensamiento Latinoamericano en Ciencia, Tecnología y Desarrollo (PLACTED).

En este sentido, es interesante la confluencia de Oscar Varsavsky, Jorge Sabato y Amílcar Herrera en torno al “problema del desarrollo”, que asociaron al plano económico, social, cultural y ambiental.

En relación a la concepción lineal del desarrollo, Amílcar Herrera, en 1971, sostenía:

“Esta visión simplista, que no siempre es ingenua, ignora el hecho fundamental, puesto en evidencia sobre todo por los intelectuales de América latina, de que el subdesarrollo no es meramente un estadio primario del desarrollo, sino una situación estructuralmente diferente, en gran parte generada y condicionada por la misma existencia y evolución de las sociedades desarrolladas”.

El carácter “autista” de la CyT latinoamericana, que gradualmente mostraba con mayor contundencia su falta de contribución al “desarrollo” de la región, también fue señalado por Jorge Sabato en 1982:

“Los estudios sobre tecnología en materia de alimentación, vivienda y salud son inferiores en calidad y cantidad a los realizados para el sector industrial […] mientras siguió aumentando la importación de tecnología destinada a atender la producción para el consumo de los sectores privilegiados”.

En el mismo sentido, a mediados de los ’70, Oscar Varsavsky cuestionaba el rol de la CyT en la legitimación de la tesis del desarrollo lineal y los indicadores utilizados para “medirlo”. La trampa, sostenía, está en medir el desarrollo mediante un numerito y deducir de allí que debemos imitar a los países que lo tienen más alto:

“[…] consumir lo que ellos ponen de moda, imitar su tecnología, enviar a nuestros jóvenes más brillantes a que se ‘perfeccionen’ en sus universidades, abrir las puertas a sus grandes corporaciones que vienen a civilizarnos y a transferirnos su tecnología […] Desarrollo es, sí, un término relativo, pero relativo a las metas que el país se plantea; a su propio Proyecto Nacional, no al de otro país”.

La dimensión política del desarrollo

Quizás el aporte más significativo del planteo teórico de estos autores sea la necesidad de repensar la relación ciencia-tecnología-desarrollo considerando la dimensión política como factor fundamental para superar las ideas de “neutralidad” y “universalidad” de la ciencia y la tecnología que históricamente subyugaron la formulación de las políticas CyT en América latina.

La primera noción importada que guiaría la formulación de estas políticas fue el “modelo lineal de innovación”, que si bien fue duramente cuestionada por el PLACTED, continuó siendo sostenida por el discurso hegemónico durante más de cuatro décadas. Es interesante observar cómo el supuesto fracaso de este modelo fue utilizado como diagnóstico y principio explicativo de las debilidades del complejo de CyT argentino durante los ’90, cuando gran parte de las instituciones CyT –con excepción de las universidades y el CONICET– fueron creadas a partir de concepciones que difícilmente puedan caracterizarse como lineales.

El concepto fue reemplazado por el de “Sistema Nacional de Innovación” (SNI), que comenzó a utilizarse indiscriminada y acríticamente desde la academia, los gobiernos y los organismos internacionales, como nuevo marco teórico para analizar, diagnosticar y definir las políticas en el sector.

Como sostiene Hurtado, varios autores marcarían la “disfuncionalidad” de su aplicación en los países en desarrollo. Al igual que el “modelo lineal”, el concepto de SNI legitima la falacia del desarrollo, al tomar como base supuestos institucionales, financieros, regulatorios, de infraestructura y de las propias instituciones CyT que paradójicamente o, mejor dicho, lógicamente no son el punto de partida de las sociedades más desiguales.

Pese a la notable “ineficacia” de estas teorías para promover una CyT puesta al servicio de un estilo de desarrollo propio para América latina, las políticas de CyT continuaron nutriéndose de concepciones funcionales a un modelo de desarrollo ajeno, profundizando la tendencia histórica de una CyT aislada de su contexto social inmediato.

Mientras a nivel local se instauraba esta conducta cíclica de imitación y reemplazo de modelos conceptuales desencajados de la realidad regional, mundialmente se consolidaba un modelo de desarrollo consumista, legitimado por políticas de CyT que actualmente postulan como objetivo primario el agregado de valor a una producción creciente destinada a alimentar el círculo infinito del consumo suntuario.

El modelo de desarrollo consumista: una cuestión de “Estilo”

El modelo de desarrollo consumista se impuso globalmente en 1989 tras la caída del muro de Berlín. Sin embargo, su inviabilidad como modelo terminó por ponerse de manifiesto con la crisis financiera internacional de 2008, confirmando que el capitalismo ha fracasado en su relación con la naturaleza. En este sentido, Pengue sostiene que el “consumo y el crecimiento económico sin fin son el paradigma de una nueva religión y, por lo tanto, el aumento del consumo una forma de vida necesaria para mantener la actividad económica y el empleo”.

Otra de las dimensiones a considerar es la desigualdad en el consumo: mientras el 15% de la población mundial que vive en los países de altos ingresos es responsable del 56% del consumo total, el 40% más pobre, en los países de bajos ingresos, se acredita solamente el 11% del consumo.

Este proceso de aumento de la desigualdad fue acompañado por la imitación de los patrones de consumo de los países desarrollados, generando innecesarias presiones consumistas, tanto para los sectores de altos ingresos como para los sectores marginados.

La tendencia fue advertida tempranamente por los autores del PLACTED, fundamentalmente por Oscar Varsavsky, que en su libro Ciencia, Política y Cientificismo, de 1969, sentenciaba:

“La sociedad actual, dirigida por el hemisferio Norte, tiene un estilo propio que hoy se está llamando ‘consumismo’ […] Producción masiva y cambiante en la medida estrictamente necesaria para hacer anticuado lo que ya se vendió y crear una nueva necesidad de comprar, esa es la ley de la sociedad. Que al hacerlo eleva poco a poco el nivel de vida material de la gente es su aspecto positivo, que tantos defensores le proporciona entre los que no sufren sus injusticias”.

En Estilos tecnológicos, publicado en 1974, Varsavsky realiza una crítica aguda a la idea de adaptación tecnológica aplicada por los países socialistas y del Tercer Mundo como única vía para “cerrar la brecha tecnológica” que nos separa de los países desarrollados. Su punto de partida es que ese estilo tecnológico, tomado como modelo de progreso técnico, no es el único posible, ni el más adecuado para construir una sociedad nueva y mejor, dado que no tiene respuesta para nuestros problemas prácticos, muchos de los cuales ni siquiera han sido definidos.

Frente al hecho de que en las universidades argentinas se continúa enseñando el mismo tipo de ciencia y a nivel social y económico se reproducen los mismos patrones de organización, Varsavsky señala que nunca una opción científica o tecnológica es neutra, y plantea el desafío de desarrollar criterios propios de selección de prioridades y asignación de recursos, una vez definidos los objetivos nacionales y las necesidades sociales a resolver.

En el mismo sentido, en lo que es considerado uno de sus últimos aportes a la comunidad científica argentina, Jorge Sabato expresaba en 1983:

“[…] la tecnología que se necesita es aquella que ayude a proveer las necesidades básicas de la humanidad y a desarrollar en plenitud todas sus capacidades, empleando los recursos disponibles de manera que no conduzca a la explotación o sojuzgamiento del hombre ni a la destrucción irreversible de la naturaleza”.

Estos aportes nos permiten cuestionar el marco de referencia preestablecido y aceptado por las políticas científicas y tecnológicas de nuestros países y plantear la necesidad de construir una nueva plataforma cognitiva para pensar alternativas de desarrollo con objetivos cualitativamente distintos de los actuales.

Frente a esta encrucijada, la política científica y tecnológica puede continuar su camino histórico en la reproducción de estilos científicos y tecnológicos funcionales a un estilo de desarrollo que se nos impone, o enfrentarse al desafío de definir una CyT coherente con un proyecto nacional propio.

CyT para un “estilo de desarrollo” propio: un desafío pendiente

La historia de América latina constituye una de las experiencias más contundentes sobre las consecuencias derivadas de la implementación de recomendaciones digitadas desde los centros de poder mundial y el carácter funcional que pueden desempeñar las políticas de CyT en la legitimación de modelos de desarrollo “disfuncionales” para la región.

Ahora bien, si nos centramos en el actual contexto de integración latinoamericana podemos aventurar que están dadas las condiciones para proponer un movimiento renovador, que permita imaginar una ciencia y una tecnología al servicio de un proyecto político regional, que trascienda los usos vigentes al servicio de la sociedad de consumo, que estimule la recuperación del legado de nuestros pensadores, y, por sobre todo, que interpele el sentido de sus aportes a la luz de los desafíos actuales.

En un momento histórico donde resultan innegables los límites políticos, económicos, sociales y ambientales de un modelo basado en el consumo y en el crecimiento económico ilimitado, se transparenta la urgencia de construir un estilo de desarrollo alternativo para América latina.

Donde en primer lugar seamos capaces de promover un debate amplio sobre las dimensiones implicadas en el desarrollo de nuestros pueblos, que despojados de la falacia cuantitativa posicionen como objetivo central la mejora de la calidad de vida y la satisfacción de las necesidades más urgentes de nuestra sociedad.

Para las políticas de CyT, esto implica la responsabilidad de dar respuestas concretas a los problemas que históricamente obstaculizaron el desarrollo de la región. Entre estos podemos mencionar casos paradigmáticos sistemáticamente marginados en pos del sostenimiento de una comunidad científica aislada de su propio medio, como son los problemas asociados a la pobreza, entre los que destacan la inclusión social y la satisfacción de las necesidades básicas, que pese a la espectacularidad de los avances CyT siguen irresueltos para grandes sectores de la población.

No obstante, el desafío también implica abordar problemáticas de la coyuntura como son los efectos sociales, ambientales y sanitarios derivados del sostenimiento de actividades extractivas insustentables, como la minería a cielo abierto, y la profundización de un modelo agrícola basado en el cultivo de variedades transgénicas y el uso intensivo de agroquímicos, donde el reemplazo continuo por versiones mejoradas arroja pruebas tangibles de la volatilidad de las promesas “tecnocientíficas” que lo sustentan.

En este nuevo paradigma, la efectividad de la política CyT no se mide en función de un esfuerzo declarado en pos del desarrollo sino en su real aporte a un proceso de desarrollo orientado por un proyecto político amplio, centrado en las necesidades de la sociedad.

En este sentido es interesante recuperar la reciente discusión democrática que se realizó en la Argentina de lo que se conoció como la “ley de medios”.

En este debate se desnudaron las relaciones de poder en torno a la propiedad de los medios de comunicación y la sociedad se convirtió en un actor protagónico. Las noticias comenzaron a interpretarse no como información objetiva y verdadera, sino como una construcción subjetiva impregnada de valores e intereses particulares que resulta necesario explicitar, para que los ciudadanos conozcan la información que consumen y decidan en función de sus parámetros de confiabilidad.

Sobre la base de esta experiencia, resulta imperativo impulsar un debate público amplio sobre qué ciencia y tecnología queremos y para qué estilo de desarrollo.

Uno de los puntos a considerar deberá ser el reconocimiento de que la política científica de nuestros países latinoamericanos está condicionando la política tecnológica, y en esta relación no sólo está en juego la distribución del conocimiento sino también una peligrosa posición de prestigio de la ciencia por sobre la tecnología que nos impide plantearnos un proceso de desarrollo regional autónomo, basado en la justicia social.

Quizás el primer paso sea comenzar por las preguntas básicas. Como afirmó Varsavsky: “[…] no hay un estilo de desarrollo sino muchos, muy diferentes en su contenido. Antes de hablar de cuánto es el desarrollo hay que saber cuál”.

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Ciencia y Poder

Artículos de este número

Oscar Varsavsky 1920-1976
Ciencia, política y cientificismo
Bruno Capra
En torno a las definiciones de Ciencia y Poder
Inés Izaguirre
Ciencia y poder
Jorge Oscar Marticorena
Ciencia y poder: una relación compleja
Gabriel N. Barceló y Marina A. Pistorio
El otro triángulo del Conocimiento: Ciencia, tecnología y poder
Roberto Kozulj
Ciencia, poder y globalización: ¿qué espacios, qué ciencia, que políticas?
Ana María Vara
Un nuevo ethos para la ciencia y el conflicto de interés financiero
Sara Rietti
Hacia una política científica y tecnológica propia, para un modelo alternativo en el marco de Unasur
Martín A. Isturiz
El conocimiento como instrumento de soberanía
Enrique Martínez
La ciencia, instrumento de poder
Tomás Buch
Tecnología y trabajo
Erica Carrizo y Victoria Alfonso
Las políticas de CyT y el “estilo de desarrollo”: un proyecto inconcluso
Eduardo Mallo
Ciencia, tecnología y política en la Argentina. La persistencia de perspectivas divergentes
Diego Hurtado
La construcción de la Argentina como país proliferador
Cecilia Gárgano y Pablo Souza
Investigación pública orientada al agro en la Argentina: apropiación, trayectorias y disputas
Martín Schorr y Andrés Wainer
Industria y tecnología. Evolución del perfil del intercambio comercial manufacturero en la Argentina reciente

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