La presencia militar de Estados Unidos en América latina

La presencia militar de Estados Unidos en América latina

Por Telma Luzzani

Nuestra región es decisiva para el imperio. Contiene reservas de recursos naturales renovables y no renovables, es un área vital de seguridad militar y también una plataforma fundamental para la proyección de poder. Sin embargo, al ser una zona de paz y sin armamento nuclear, nada justifica la presencia del ejército más poderoso de la Tierra; por eso es necesario exigir el cierre definitivo de todas las bases militares estadounidenses en nuestros países.
 
Licenciada en Letras, UBA. Docente UBA. Periodista especializada en asuntos internacionales


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El presidente norteamericano Barack Obama propuso, una vez más, el diálogo y abrir una nueva etapa de acercamiento entre nuestros países durante la VII Cumbre de las Américas llevada a cabo en Panamá, en abril de 2015. Como él mismo recordó, esto ya lo había planteado en la V Cumbre (Trinidad y Tobago, abril de 2009) donde, con palabras casi calcadas, aseguró: “No vine aquí a discutir el pasado sino a pensar en el futuro. Estados Unidos quiere buscar con el resto de América una alianza entre iguales”.

Lamentablemente, esas bellas palabras duraron poco. En la madrugada del 28 de junio de aquel año, el presidente hondureño Manuel Zelaya fue sacado de la cama por un comando militar y llevado a Costa Rica, pero antes el avión había hecho escala en la base José Soto Cano, en Palmerola (Honduras), donde se encuentra estacionada la Fuerza de Tarea Conjunta Bravo (Joint Task Force Bravo o JTF-B) del Comando Sur, compuesta por unidades militares rotativas del ejército, la aeronáutica, las fuerzas de seguridad conjuntas y el primer batallón-regimiento número 228 de la aviación estadounidense. Resulta imposible pensar que el Pentágono no estaba al tanto del golpe de Estado.

Días después –en julio de 2009–, el presidente colombiano Álvaro Uribe admitió que las versiones periodísticas que hablaban de un acuerdo con Estados Unidos para instalar siete bases militares en Colombia eran ciertas. Esto se sumaba a la noticia confirmada por el Pentágono en 2008 sobre la reactivación de la IV Flota del Comando Sur para patrullar los océanos Atlántico y Pacífico Sur.

No debe sorprender. Para cualquiera que estudie los documentos que trazan los lineamientos estratégicos de Estados Unidos (y la gran mayoría están para ser consultados libremente en los sitios de los departamentos de Estado, de Defensa, etc.) está claro que América latina es una zona decisiva para el imperio, tal vez, la de mayor importancia mundial, porque no sólo es –como otras en el mundo– el reservorio de recursos naturales renovables y no renovables (agua, petróleo, minerales estratégicos, biodiversidad, alimentos, etc.) sino que además es un área vital de seguridad militar (la frontera sur, su punto más vulnerable) y también una plataforma fundamental para la proyección de poder.

Si bien el proceso de militarización de Estados Unidos tiene su gran impulso en los inicios de la Guerra Fría, una vez desaparecida la Unión Soviética, en 1991, la carrera no se detuvo. Por el contrario, en 2014 el presupuesto militar norteamericano fue equivalente al 48 por ciento del total mundial. Según las cifras del Instituto de Investigación para la Paz Internacional de Estocolmo, el presupuesto militar norteamericano de 2014 fue de 640.000 millones de dólares, mientras que el de las ocho potencias que le siguen en poderío (en orden: China, Rusia, Arabia Saudita, Francia, Reino Unido, Alemania, Japón e India) todas juntas, gastaron 607.000 millones de dólares.

Tanto en la primera etapa post soviética –la del “Proyecto para un Nuevo Siglo Norteamericano”, que proponía para el siglo XXI, desde una perspectiva wilsoniana conservadora, el uso del poder militar para la expansión global y la imposición de los valores estadounidenses en todo el planeta–, como en la actualidad, cuando el gigante norteamericano se siente amenazado por potencias emergentes, siempre la opción prioritaria fue la militar. El Informe Cuadrienal de Defensa 2014 así lo certifica. Dice: “La efectividad de otras herramientas, como la diplomacia y la asistencia económica, para la influencia global de EE.UU. está absolutamente entrelazada y depende totalmente de la percepción que el mundo tenga de la fuerza, la presencia y el poder de nuestras fuerzas armadas”.

En esta propuesta la instalación de bases militares en todo el planeta fue y es decisiva. Los documentos oficiales del Pentágono distinguen dos tipos. Las bases de operaciones tradicionales (aquellas donde hay personal permanente y una fuerte infraestructura como la base de Ramstein en Alemania) y los sitios de operaciones avanzadas, con un número muy limitado de tropas que, si fuera necesario, puede llegar a expandirse.

Estas bases, conocidas en la jerga militar como “lily pads” o por sus siglas en inglés FOL (Foward Operating Location), están ubicadas en todo el mundo, en lugares considerados estratégicos o peligrosos para la seguridad de Estados Unidos y que pueden convertirse en puntos de partida para situaciones de crisis o guerras.

En América del Sur y Central, los FOL jugaron un papel fundamental al despuntar el siglo XXI tras el desalojo del Comando Sur de la estratégica base militar en Panamá, en 1999 (acuerdo Torrijos-Carter), y en el marco de la readecuación de la política exterior y de defensa que Washington había decidido adoptar para el nuevo escenario internacional post Guerra Fría, contenida en la “Estrategia Nacional para la Nueva Era” (1997).

El Pentágono hace esta distinción entre dos tipos de bases militares porque en el caso de las primeras se trata de acuerdos formales entre dos gobiernos. Las funciones primordiales de estas instalaciones son el control de zonas estratégicas del mundo; vigilar y garantizar la libre circulación de mercaderías (u obstaculizar la circulación del enemigo); el reabastecimiento y la proyección de poder. Las bases de segundo tipo, los FOL, según explica el analista Michael T. Klare, nacen de pactos no siempre transparentes (muchas veces a espaldas de los Congresos e incluso de los Poderes Ejecutivos ya que son arreglos entre las fuerzas armadas y el Departamento de Defensa de Estados Unidos), y por lo tanto “buscan no dar la impresión de que EE.UU. está buscando una ocupación permanente, del tipo colonialista, en el país en el que quiere ubicar una de esas instalaciones”.

En las declaraciones a la prensa, tanto el Pentágono como los gobiernos de los países anfitriones suelen negar que los FOL sean bases militares amparándose en el hecho de que tienen escaso personal (en muchos casos son mercenarios o “contratistas”) y que están alojadas en un perímetro acotado, en puertos o aeropuertos, que el país anfitrión “alquila” o cede temporalmente a Estados Unidos.

La antropóloga Catherine Lutz, de la Universidad de Brown, en su excelente libro Bases, imperio y respuesta global, cita las palabras de Robert Kaplan, asesor del Pentágono durante la gestión de Robert Gates (2006-2011) quien deja bien claro el tema. Dice Kaplan: “En general, el rol administrativo de un FOL lo cumple un contratista privado, casi siempre un oficial norteamericano retirado que alquila estas instalaciones al país anfitrión y luego les cobra una tarifa a los pilotos de la fuerza aérea norteamericana que pasan por esa base. Oficialmente es un hombre de negocios que trabaja para sí mismo, algo que a los países anfitriones les gusta porque pueden decir (a sus ciudadanos) que no están realmente trabajando con militares norteamericanos. Es una relación indirecta con las fuerzas armadas norteamericanas que evita tensiones”.

La realidad es que son bases militares de nuevo diseño que funcionan como plataformas portátiles, adonde el Pentágono tiene posibilidad de acceso permanente pero las autoridades del país anfitrión tienen prohibido entrar. Un ejemplo conocido fue la base de Manta en Ecuador. Hasta que el presidente Rafael Correa la cerró en 2009, el Comando Sur operaba allí con total libertad pero nunca nadie pudo saber qué hacían los aviones estadounidenses cuando despegaban de allí, qué instalaciones poseían en los hangares, qué monitoreaban sus radares o qué material almacenaban.

Los FOL de nuestra región forman parte a su vez de una red global gigantesca interconectada, en simultáneo, entre sí y con su núcleo central, ubicado en el centro de experimentación de vigilancia y guerra espacial (Space Warfare Center) en la Base de la Fuerza Aérea Schriever (Colorado Springs, EE.UU.) donde se almacena la formidable masa de datos que se envía permanentemente desde ellas. Regionalmente, la información de inteligencia que se recoge en los FOL de América del Sur también se procesa en el Centro Sur de Operaciones Conjuntas de Vigilancia y Reconocimiento (JSSROC) del Comando Sur. Como prueba del enorme valor geoestratégico que tiene nuestra región para Washington y de la creciente importancia de nuestros recursos naturales, vale la pena leer las advertencias que hacía al Pentágono, en 1998, un alto oficial de la Fuerza Aérea: “Si dejamos de prestar atención militar a nuestro vital interés, en el futuro vamos a lamentar la ausencia de bases de avanzada (FOL) en el teatro de operaciones del Comando Sur. Los comandos regionales deben ser proactivos desde ahora en el establecimiento de nuevas bases. Es urgente la selección y el desarrollo de cuatro o cinco bases centrales con al menos una infraestructura mínima que sea el primer paso para asegurarse un acceso de avanzada”.

Vigilancia de amplio espectro

Como quedó comprobado tras la revelaciones del estadounidense Edward Snowden, el ex agente de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA, en inglés) que dio a conocer parte de los documentos secretos del espionaje norteamericano, la mayoría de los datos recolectados en los FOL y enviados para su procesamiento al centro experimental Schriever incluía escuchas telefónicas, correos electrónicos e información sobre las reuniones de funcionarios de gobiernos, integrantes de partidos políticos y otros organismos sudamericanos.

Las operaciones de espionaje son numerosísimas. Vale la pena reproducir dos ejemplos publicados en el diario británico The Guardian en 2013. El Plan Colombia, según las revelaciones de Snowden, esconde una de las mayores operaciones encubiertas de inteligencia desarrolladas por Estados Unidos. La tecnología de espionaje está instalada en aviones estadounidenses que vuelan en el espacio aéreo colombiano, localizando y decodificando planes rebeldes. Estos aviones despegan de bases de EE.UU. en territorio colombiano pero están en capacidad de captar información también más allá de las fronteras colombianas. En el marco del Plan Colombia, está confirmado que la NSA y la CIA fueron claves para el asesinato del número dos de las FARC, Raúl Reyes, en marzo de 2008, y de otros líderes guerrilleros.

El segundo ejemplo es Venezuela. Los FOL de Aruba y Curazao, a 50 kilómetros de la costa venezolana, aportan información y operan sobre ese país que se encuentra –según un memorándum oficial recopilado por Snowden– entre los seis “objetivos prioritarios a largo plazo” de la NSA. Los otros países son China, Rusia, Corea del Norte, Irán e Irak. Entre los objetivos figuran: evitar que Venezuela alcance un liderazgo regional; impedir que persiga políticas que impacten negativamente en los intereses globales de EE.UU.; controlar la política energética; monitorear la amplitud y profundidad de las relaciones con Cuba, Rusia, China e Irán e, incluso, rastrear “los mensajes privados de funcionarios en busca de chismes que pudieran proporcionar una pequeña ventaja política”.

Queda claro entonces que aunque el discurso oficial niegue la existencia de bases o admita cierta presencia militar supuestamente con el fin de combatir el tráfico de droga, el crimen organizado y los desastres naturales, lo cierto es que los FOL estuvieron y siguen estando directamente involucrados en la recolección de datos de inteligencia humana (HUMINT), de señales (SIGINT, ELINT, para datos electrónicos), de imágenes (IMINT) o de medición (MASINT). En síntesis, los objetivos de los FOL son múltiples y entre otros son:

1) Control del negocio de la droga (producción y transporte).
2) Combate al terrorismo.
3) Espionaje, tareas de inteligencia y almacenamiento de información.
4) Control sobre los cambios políticos y económicos de la región.
5) Control de las migraciones.
6) Acceso a los recursos naturales (entre ellos la zona amazónica, esta región es la que se encuentra más cercada de bases norteamericanas) y fuentes energéticas.
7) Protección de las empresas privadas de petróleo norteamericanas o británicas.
8) Plataforma para eventuales intervenciones (asesinato de Raúl Reyes) y/o operaciones militares (hacia África, por ejemplo, a través de la base de Palanquero, en Colombia).
9) Programas vinculados con la preparación de tropas en condiciones especiales.

El cierre de las bases extranjeras

La propuesta de dejar atrás el pasado y mirar el futuro que hizo el presidente Obama durante la VII Cumbre de las Américas en Panamá debe incluir por lo tanto el cierre de todos los FOL en el Caribe, América del Sur y Central. Es necesario repetir que nuestra región es zona de paz y sin armamento nuclear. Nada justifica la presencia del ejército más poderoso de la Tierra en nuestras bases militares, puertos y aeropuertos.

Lamentablemente, si observamos los movimientos militares de los últimos meses veremos que tanto en Perú como en Paraguay hay un aumento de la presencia del Pentágono. Conviene retener dos nombres: John F. Kelly, sucesor de Douglas Fraser como jefe del Comando Sur, y almirante George W. Ballance, jefe de la Fuerza Naval del Comando Sur y de la IV Flota, designado como responsable de la planificación, programación y sincronización de las actividades militares que involucren el Caribe, Sur y Centro América.

Según el portal informativo de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (www.portalalba.org) “de modo extraoficial, existen en Perú alrededor de nueve FOL como parte de la red de bases militares que mantiene EE.UU. en Nuestra América. Además, Perú le ha otorgado a la IV Flota tres puertos para el reabastecimiento y apostadero de sus naves”. Es el único país de la región que lo ha hecho.

El 31 de agosto de 2014 el puerto del Callao recibió el flamante Buque de Asalto Anfibio de la Marina, el USS America (LHA 6), para realizar operaciones navales como parte del recorrido que realiza el Comando Sur y la IV Flota en la región. Se encontraba presente el jefe del Comando Sur general John F. Kelly y el almirante George Ballance.

Dos días antes Perú había aceptado una “donación” de Estados Unidos conteniendo repuestos para la fuerza aérea y el ejército y había firmado “un acuerdo de cooperación para la construcción y uso (por parte del Pentágono) de un hangar para el almacenamiento de una aeronave Beechcraft 1900D (en la parte noroeste del perímetro de la base aérea del Callao), además de oficinas administrativas y otro hangar para aeronaves de la Dirección de Aerofotografía.

En febrero de 2015 –continúa la información del portal del ALBA– fue aprobado por el Congreso peruano un incremento en la cantidad de militares del Cuerpo Sur de los Marines norteamericanos que realizarán ejercicios en la zona del Valle de los Ríos Apurímac, Ene y Mantaro (VRAEM), donde, según el periódico Marine Corps Times, se está trabajando para incrementar el tamaño de su fuerza de 3.500 a 6.000 hombres, con el fin de aumentar el tiempo de permanencia de sus tropas entre las misiones.

En esa misma fecha, el Comando Sur firmaba acuerdos con el gobierno de Horacio Cartes para profundizar su presencia en Paraguay. El 18 de febrero de 2015 la agregada del Pentágono y jefa de Asuntos de Defensa de la Embajada de EE.UU. en Asunción, Barbara Ficks, confirmó el financiamiento de un “programa de becas” a personal militar paraguayo, para entrenamientos y cursos en EE.UU.

El día 20 el ministro de Defensa de Paraguay, general Bernardino Soto Estigarribia (aliado muy próximo del Pentágono que llegó incluso a desempeñarse como instructor de la Escuela de las Américas, semillero de genocidas latinoamericanos), se reunió con el almirante Ballance para reconfirmar los “programas de desarrollo” que cuentan con una financiación de 25 millones de dólares.

El día 22 de febrero de 2015, en el marco de la misma visita, el almirante Ballance junto al embajador norteamericano en Paraguay, James H. Thessin, estuvieron inaugurando en Santa Rosa del Aguaray (Departamento de San Pedro) un Centro de Operaciones de Emergencias (COE) y de un Depósito de Suministros para Emergencias, nombres con los que se suelen encubrir los FOL. Como siempre, oficialmente no se dijo que se trata de una base militar sino de una sede para “ayudar a la población paraguaya ante eventos de emergencias o desastres naturales que se pudieran presentar en el territorio”.

Finalmente, no se debe olvidar que en nuestro territorio, en las islas Malvinas, se encuentra una de las más importantes bases militares de la OTAN (cuyo país líder es EE.UU.). Malvinas es un punto estratégico no sólo por sus recursos naturales sino por su proyección sobre la Antártida, América del Sur, África del Sur y los océanos Pacífico Sur, Atlántico Sur e Índico. Es fundamental que se instale de forma permanente en las agendas sudamericanas el cierre definitivo de todas las bases militares extrarregionales.

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