La migración china en la Argentina. Principales flujos y proyecciones

La migración china en la Argentina. Principales flujos y proyecciones

Por Laura Lucía Bogado Bordazar

A partir de la sanción de la nueva ley nacional de migraciones, que reconoce importantes derechos a todos los migrantes, la inmigración China –entre otras– volvió a crecer en nuestro país. A continuación, un breve recorrido por las causas y motivos de una relación que se afianza.
 
Abogada y Licenciada en Relaciones Internacionales - UDELAR, Uruguay. Magíster en Relaciones Internacionales - UNLP. Doctoranda en Relaciones Internacionales - UNLP. Coordinadora del Departamento de América Latina y el Caribe y Miembro del Centro de Estudios Chinos del Instituto de Relaciones Internacionales (IRI) - UNLP


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Las migraciones internacionales han sido tema de debate permanente en diferentes ámbitos, épocas y regiones. Desde sus orígenes el hombre se ha trasladado de un lugar a otro movido por los más diversos factores: guerras, epidemias, hambrunas, sometimiento a situaciones de esclavitud, motivos económicos, demográficos, religiosos, entre otros. Pero en las últimas tres décadas, los movimientos de personas en el mundo entero se han multiplicado, fundamentalmente por razones laborales y medioambientales, lo que ha transformado, en algunos aspectos, la dinámica poblacional de la sociedad internacional.

En referencia al estudio del proceso emigratorio que se desarrolló en la República Popular China (en adelante China) y para conocer cómo se originó la ruta de acceso a América latina primero y a la Argentina después, es necesario conocer la situación particular de la región Asia Pacífico (AP). Esta zona concentra el 50% de la población mundial y tiene el mayor mercado de trabajo del mundo. Sólo la población económicamente activa de China ronda los mil millones de trabajadores y este país presenta uno de los crecimientos demográficos más acelerados del planeta.

En general, los flujos migratorios de la región AP no presentan características disímiles respecto de otras regiones del mundo. Es decir, en los últimos treinta años los movimientos de personas aumentaron en cantidad y frecuencia, pero no han sido acompañados por la eliminación de obstáculos para su libre movilidad, como sí lo han experimentado el comercio de bienes, capitales y servicios. Esta realidad ha supuesto problemas de integración de los migrantes como consecuencia del rechazo por parte de las sociedades receptoras, creando así conflictos sociales que en la mayoría de los casos no pueden ser resueltos por los Estados receptores, los cuales carecen de políticas nacionales favorables a la migración ordenada o aplican políticas restrictivas y discriminatorias que, en algunos casos, han favorecido el tráfico ilegal de personas, la deportación o la explotación laboral.

Ahora bien, la región AP ha experimentado además índices de crecimiento económico explosivos, sobre todo a partir de la década de los ochenta en Japón, Corea del Sur, Singapur, Hong Kong, Malasia, Tailandia y China, factor que ha influido de manera decisiva en los movimientos de personas y de mano de obra de un país a otro de la región.

En el caso de China, su crecimiento sostenido ha sido el resultado del proceso de reformas económicas y “apertura” política que inició el país a partir de 1978 (con su presidente Deng Xiaoping), a través del cual se produjeron cambios importantes en todas las áreas de la sociedad. Entre los cuales podemos mencionar la flexibilización laboral y las privatizaciones (que liberaron grandes contingentes de trabajadores, muchos de los cuales no pudieron ser reabsorbidos por el mercado interno), movilidad campo-ciudad, polarización de la distribución de la riqueza con la consecuente ampliación de la brecha entre ricos y pobres y la migración regional e internacional. El proceso demográfico conocido como la “urbanización explosiva” también tuvo influencia en los movimientos poblacionales, y se reflejó en los siguientes datos estadísticos: la población urbana de China aumentó del 17,4% de la población total en 1975 al 31,6% en 1999 y en el año 2010 la concentración urbana alcanzó el 44,9% del total de la población.

Por causa de los factores mencionados y de las tendencias emigratorias que han caracterizado a los chinos a través de la historia, los desplazamientos de estos ciudadanos se han dirigido hacia una multiplicidad de destinos, entre ellos la Argentina.

Una fotografía de la distribución de los migrantes chinos (denominados chinos de ultramar) nos revela que alrededor de 65 millones residen fuera de China (China continental y Taiwán), y se distribuyen en los seis continentes. Con respecto a los destinos elegidos, según un informe del PNUD de 2009, el 64% del total de estos migrantes se concentra en la región de Asia Pacífico, aunque en los últimos años ha aumentado la migración hacia países no asiáticos. El 23,3% se ubica en Estados Unidos, el 7,2% en Europa y el 0,9% en América latina y el Caribe.

Es necesario destacar que, si bien se encuentran migrantes chinos en más de 150 países en todo el mundo, hay una relación directa entre los lugares donde se forman las colonias más numerosas de chinos de ultramar y los países geográficamente más extensos. La misma correspondencia existe respecto de los países más ricos, concentrándose fundamentalmente en las grandes zonas urbanas de los países receptores.

Los primeros flujos migratorios hacia América latina

La inmigración china hacia América latina comenzó durante el período colonial, con la primera expansión del imperio español hacia Filipinas en el siglo XVI, el comercio activo vinculó a los comerciantes españoles con México y América del Sur. A modo de ejemplo, alrededor de 1613 un censo nacional de Perú registró un total de 38 chinos, pero el apogeo de la migración china hacia América se produjo en el siglo XIX.

Los primeros flujos importantes de migración de origen chino los ubicamos entre los años 1845 y 1920 y tuvieron como principal característica el comercio de los “culíes o coolies”, palabra que denominaba a los peones chinos que generalmente eran contratados para trabajar en el campo y en las minas. Estos trabajadores eran trasladados en grandes barcos mercantiles, con contratos temporarios para trabajar en haciendas, en la construcción de vías de tren y en minas de oro, labores que desarrollaban en condiciones de semiesclavitud.

Los primeros grupos de chinos llegaron a Cuba y a Perú, y se estima que algunos de ellos se fueron dispersando hacia otros países de la región, pero la gran concentración, en la primera etapa migratoria, se produjo en estos dos países. Según la investigación realizada por Evelyn Hu en Perú, la gran mayoría de los culíes que trabajaron en las minas de oro y en las haciendas, una vez liberados del contrato de trabajo, se establecieron en diferentes regiones del Perú, convirtiéndose en comerciantes o hacendados.

Este dato es indicativo de la dimensión de la comunidad china residente en Perú en la actualidad, la cual es considerada como una de las más grandes de América latina, conjuntamente con la comunidad residente en Brasil. Aunque también se registran comunidades chinas importantes en México, Chile, Panamá, Colombia, Costa Rica y Venezuela.

Los chinos en la Argentina: una migración nueva

La Argentina es un país con tradición inmigratoria. Su sociedad se fue conformando desde fines del siglo XIX hasta mediados del siglo XX, con la integración y promoción de flujos migratorios provenientes en su mayoría de Europa occidental (italianos, españoles y alemanes). A pesar de ello, la Argentina no desarrolló ninguna política migratoria respecto de otras poblaciones de origen no europeo. Por el contrario, la Constitución argentina en su artículo 25 aún sigue fomentando “la inmigración europea”. Recién hacia fines de la década de los ochenta y principios de los noventa, el gobierno argentino reconoció la existencia de una “migración nueva”, dentro de los que se encuentran los migrantes provenientes de algunos países de Europa del Este, de la ex Unión Soviética, de China y de Corea.

Desde los primeros años de la década de los ochenta, la Argentina comenzó a recibir el primer flujo importante de migrantes chinos provenientes –en su mayoría– de la isla de Taiwán. En este período los motivos y las modalidades de emigración de este contingente estuvieron impulsados fundamentalmente por el “factor miedo” de los habitantes de Taiwán sobre los rumores de expansión del sistema comunista chino hacia la isla bajo el lema “Un país, dos sistemas”. Aunque también lo fue la necesidad de mejorar la calidad de vida del grupo familiar que amenazaba deteriorarse con la explosión demográfica experimentada en la isla en esos años. Taipei, principal urbe de Taiwán, mostraba índices muy altos de densidad de población, con los problemas sociales, ambientales y de calidad de vida que ello implica. Por lo tanto, estos motivos se combinaron para influir en la voluntad de emigrar de grupos familiares, quienes en general elegían aquellos países donde residiera algún familiar o amigo, que le aportara conocimientos sobre la situación política y socioeconómica del eventual país de acogida.

Mientras tanto, a mediados de los ochenta, el retorno de la democracia en la Argentina y la promesa de un desarrollo económico más dinámico que en décadas anteriores, se presentó como una alternativa tentadora para el establecimiento de nuevos contingentes de migrantes que centraban su búsqueda en la seguridad personal/familiar y el bienestar económico como características fundamentales del país receptor.

De manera tal que el primer flujo migratorio de los ochenta se caracterizó por el desplazamiento del grupo familiar con capital propio, lo cual fue determinante para el desarrollo económico de este contingente. Esta situación tuvo influencia positiva en la integración de los migrantes en la sociedad receptora y en la conformación de una colectividad china estable en la Argentina, impulsando de esta manera el progresivo desarrollo de asociaciones civiles nacionales, las cuales a la vez ampliaron su vinculación con otras redes internacionales y regionales de chinos de ultramar. Comenzaron a funcionar desde esta época, las “redes de clanes” y las “redes familiares”, como un sistema de contención hacia los nuevos migrantes, las cuales prestaban ayuda en el hospedaje, idioma, asistencia en la búsqueda de trabajo, contactos y soporte psicológico (característica que persiste hasta hoy). Los chinos de ultramar les asignan importante valor a sus grupos familiares, pues consideran que la “trama de relaciones y lealtades” son su capital más importante.

En la actualidad en la Argentina existen aproximadamente unos 15 grupos o asociaciones, congregadas de acuerdo con las regiones de procedencia de China y Taiwán, con la religión que practican o con la actividad económica que desempeñan, pero no están organizadas en una asociación central que las reúna a todas, como sí existe en otros países donde se han asentado comunidades chinas.

El segundo flujo migratorio importante que se inició en la Argentina en la década de los noventa estuvo sujeto a un conjunto de variaciones que se relacionaron entre sí y que a la vez lo diferencian del período anterior. La finalización de la Revolución Cultural en China (1989) trajo como consecuencia mayor “apertura y flexibilización” del país, lo cual, entre otros motivos, aceleró el proceso emigratorio principalmente de jóvenes, quienes comenzaron a trasladarse solos (sin el grupo familiar), sin contrato de trabajo y muy poco capital para establecerse en el exterior. Emigraron a la Argentina fomentados por la situación de crecimiento económico que experimentaba el país y por la presencia de “paisanos”, de los cuales –como dijimos anteriormente– esperaban recibir algún tipo de asistencia para su instalación. Generalmente, la misma comunidad proporciona el primer trabajo a los que emigran sin ningún capital. En su mayoría eran personas provenientes de las regiones costeras del continente chino (Shanghai, Fujian, Zhegiang, Guangdong, entre otras).

Hacia fines del año 2000, fuentes extraoficiales coincidían en estimar que el número de la comunidad china residente en la Argentina se acercaba a las 50.000 personas, de los cuales aproximadamente la mitad eran taiwaneses. Hasta los primeros años de la década de los noventa, los chinos provenientes de Taiwán superaban en número a los chinos continentales, pero a partir del año 2000 la tendencia fue a la inversa. Lógicamente, la grave crisis económica y política que afectó a la Argentina en el año 2001 significó un freno en la inmigración china hacia el país. Del mismo modo se verificó una corriente emigratoria de población china residente en la Argentina, conociéndose casos de grupos familiares que reemigraron hacia otros países del continente como Chile, México y Brasil (países que ofrecían mayor estabilidad económica en la región) o hacia Estados Unidos y Canadá.

Esta retracción inmigratoria de población proveniente de China se mantuvo durante los primeros años de la década del 2000. Hasta que a partir del año 2005, las nuevas proyecciones de crecimiento económico y la estabilidad social del país resultaron nuevamente atractivas al ingreso de contingentes chinos. De manera tal que se completan los tres grandes flujos migratorios hacia la Argentina, y se estima que en la actualidad el número de la comunidad china residente supera las 90.000 personas.

Finalmente, hacemos mención a la nueva ley nacional de migraciones de la Argentina sancionada en el año 2004, la cual formula –entre otras cuestiones– un amplio reconocimiento de derechos a todos los migrantes y, como consecuencia, la aprobación de un programa de normalización documentaria que favoreció la regularización de la situación migratoria de los extranjeros. En este sentido, y según datos oficiales, en el año 2005 se regularizaron más de 9.000 migrantes provenientes de China.

Perfil y diagnóstico de la comunidad china residente en la Argentina

A partir de un relevamiento realizado entre miembros de la comunidad china elegidos al azar en Capital Federal y en la ciudad de La Plata y de entrevistas realizadas a miembros “destacados” de la colectividad, representantes de asociaciones comerciales y civiles y a funcionarios de la Embajada y del Consulado de China, se elaboró un perfil de la comunidad, del que destacamos los siguientes aspectos: en primer lugar, la convivencia entre chinos y taiwaneses residentes es totalmente pacífica y en general los migrantes entrevistados han reconocido idéntico origen y cultura.

La comunidad china es una población de edad joven, en plena etapa económicamente activa, aunque ya podemos hablar de la existencia plena de una “segunda generación”. Y en cuanto a los aspectos socioculturales, la comunidad se caracteriza por tener un nivel de instrucción elevado (con estudios secundarios completos, terciarios y también universitarios). El idioma español, en la mayoría de los casos, lo aprenden una vez que llegan al país.

Los entrevistados coincidieron en expresar su tendencia y necesidad de mantener acciones y prácticas propias de su cultura, lo que se manifiesta a través de la conservación de las costumbres alimenticias, hablando el chino mandarín en los hogares, celebrando fiestas tradicionales chinas, conservando los métodos de la medicina china, y sobre todo los matrimonios entre la comunidad. Asimismo, y como parte de esta necesidad de conservar su cultura, se han establecido tres colegios chinos en la ciudad de Buenos Aires, a los cuales asisten los hijos de los migrantes y reciben en forma extracurricular (porque son colegios no habilitados oficialmente) programas de historia, cultura e idioma chino. A estos colegios también pueden asistir argentinos. En Buenos Aires se editan tres periódicos semanales con noticias internacionales, nacionales y locales escritos en idioma chino mandarín, y que se distribuyen entre la comunidad. Con respecto a la religión, una porción elevada de los migrantes chinos (48%) practica el budismo.

En cuanto a la ubicación en el territorio nacional, los chinos se concentran en las zonas metropolitanas, cumpliéndose la hipótesis que caracteriza a la mayoría de las comunidades chinas en el mundo. Los principales centros son: ciudad y provincia de Buenos Aires, aunque también se distribuyen –en menor cantidad– en las provincias de Santa Fe, Córdoba, Santa Cruz, Río Negro, Corrientes, Mendoza, Entre Ríos y San Juan.

Se dedican principalmente a la actividad comercial, y dentro de esta se concentran en los rubros de la gastronomía y el autoservicio (comercios de venta minorista de alimentos). Uno de los últimos datos difundidos por la Cámara de Autoservicios y Supermercados de Propiedad de Residentes Chinos (Casrech) destaca que cuenta con alrededor de 6.000 asociados ubicados en varios puntos del país, de los cuales 4.800 están ubicados en ciudad de Buenos Aires y Gran Buenos Aires. También se han desarrollado en otras actividades: servicios de turismo, medicina, servicios profesionales, taller mecánico, peluquería, importación-exportación, entre otros.

Desde hace ya algunos años, en el barrio de Belgrano de la ciudad de Buenos Aires, entre las calles Arribeños y Mendoza se ha ido formando una especie de enclave, que se ha denominado “Barrio Chino”, donde se han establecido comercios chinos, uno de los tres templos budistas que hay en Buenos Aires y uno de los colegios chinos mencionados. El mismo es considerado por la colectividad china como un lugar de referencia e interacción social.

Para ir finalizando con el diagnóstico, no podemos dejar de mencionar el tema de la integración de la comunidad china en la sociedad mayoritaria. En este sentido, se ha percibido en los últimos años una mayor propensión a la integración, debido fundamentalmente a dos factores: por un lado, existe entre la comunidad china una inclinación a destinar más dinero y tiempo en actividades de esparcimiento, las cuales comparten con la sociedad receptora, lo que habla de una necesidad “de formar parte de” la misma. Por otro lado, se visualiza una mayor apertura por parte de la comunidad china a que la sociedad argentina conozca sus tradiciones y costumbres, esto se ha percibido en las celebraciones masivas de las festividades chinas, específicamente en el “Barrio Chino”, lo que demuestra que hay una mayor interacción con los miembros de la sociedad receptora. Sin perjuicio de este análisis, la comunidad china se presenta aún como una colectividad “conservadora” que trata de mantener sus tradiciones y costumbres.

En conclusión…

En la actualidad los flujos migratorios de ciudadanos chinos se han desarrollado en forma pacífica registrando una variación en los destinos elegidos por los migrantes, que dieron lugar a una nueva generación de migrantes chinos con características que no difieren de las de otros grupos de migrantes internacionales, es decir, han diversificado destinos y modalidades de emigración. Aunque sí se destacan por la preferencia en el establecimiento en grandes ciudades y por la continuidad en el desarrollo y fortalecimiento de “redes de relaciones intracomunitarias”, esta es una de las características sobresalientes de estas comunidades, que les ha permitido ir ganando espacios privilegiados en las sociedades receptoras.

Todas estas características se presentan en la comunidad de migrantes chinos establecida en la Argentina, entre las cuales podemos afirmar, que si bien se trata de una “migración nueva”, ya se la puede considerar como una comunidad estable, que conserva sus costumbres y tradiciones, que ha logrado una alta inserción laboral, desarrollando fundamentalmente actividades comerciales, que le ha permitido la subsistencia de su familia, el acceso a la educación de sus hijos y la integración a la sociedad que los acoge.

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