Instrumentos cooperativos para el desarrollo regional

Instrumentos cooperativos para el desarrollo regional

Por Carlos César Basañes

El crecimiento económico de la última década, tanto a nivel nacional como local, evidencia asimetrías que debilitan el crecimiento de largo plazo de cada región. Las cooperativas, al producir bienes y servicios de acuerdo con las necesidades de sus miembros, pueden convertirse en un elemento innovador y catalizador de un desarrollo regional más equilibrado.
 
Gerente de la Confederación Cooperativa de la República Argentina Ltda. COOPERAR


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El modelo económico en construcción desde el 2003 ha posibilitado tanto el crecimiento de la economía nacional en su conjunto como el de cada una de las economías regionales que la constituyen. Sin embargo, si se analizan los beneficiarios de este crecimiento hacia el interior de cada una de estas economías, se evidencian asimetrías que no solamente afectan la sustentabilidad de los actores de inserción más débil en cada cadena de valor, sino que también debilitan el crecimiento de largo plazo de cada región.

En estas líneas se procurará discutir los distintos aportes que pueden realizar las cooperativas en la construcción de un desarrollo regionalmente equilibrado a partir del empoderamiento de los actores locales más débiles.

Cooperativas: de qué se trata

Las cooperativas son empresas democráticamente controladas por los trabajadores, consumidores, ahorristas o pequeños empresarios. Si la desigualdad entre regiones y hacia el interior de cada región se explica por la debilidad de los distintos actores para generar y apropiarse de excedente económico, las cooperativas apuntan al centro del problema: producen bienes y servicios de acuerdo con las necesidades de sus miembros y no de la valorización del capital, y sus excedentes se distribuyen entre sus asociados, siempre habitantes de la región.

Pero hablar de “las cooperativas” es una simplificación. Se trata de un muy variado conjunto de organizaciones, que pueden brindar distintas respuestas según el sujeto que estén representando y la actividad que desarrollen.

Comencemos con una primera clasificación, en cuatro grandes grupos:

* Cooperativas de usuarios o consumidores: en estos casos los asociados, generalmente familias, han organizado su propia empresa para proveerse de los bienes y servicios que requieren. Las experiencias más difundidas en el territorio son las cooperativas de consumo y las de servicios públicos. Otras experiencias conceptualmente similares son las cooperativas de seguros, vivienda, de salud, de turismo, etcétera.

* Cooperativas de pequeños empresarios: son empresas de propiedad de pequeños empresarios a los efectos de mejorar su inserción en cada cadena de valor. Las más conocidas son las agropecuarias, pero también existen cooperativas de pescadores, de carpinteros, de transportistas, de farmacéuticos, de ópticos, de carniceros, de almaceneros, etcétera.

* Cooperativas de trabajo: son empresas donde los dueños son los propios trabajadores. A diferencia de las otras cooperativas en las que predominan las relaciones asalariadas, en este caso la gestión y las condiciones de trabajo son controladas en forma autónoma y democrática por los trabajadores asociados.

* Cooperativas de ahorro y crédito: se trata de empresas que brindan servicios financieros, democráticamente gestionadas por los propios usuarios.

Cada uno de estos conjuntos de cooperativas a su vez incluye una amplia variedad de modalidades. Por ejemplo, entre las cooperativas agropecuarias, en un trabajo que realicé junto a otros colegas para el Ministerio de Agricultura en 2011, se identificaron seis tipos distintos: tradicionales, de agregado de valor, de provisión de insumos, de negociación, mercados cooperativos y cooperativas para productores en situación de exclusión (tipo este que en realidad incluye al menos cuatro modelos ideales y un muy heterogéneo mapa de experiencias concretas).

Esta diversidad de herramientas es propia de un país con más de cien años de historia de desarrollo cooperativo, y donde cada necesidad ha ido definiendo distintas estrategias institucionales.

Sin ánimo de repasar todas las alternativas, comentaremos algunas propuestas cooperativas para superar las desigualdades regionales.

Retener el ahorro regional

La captación del ahorro regional por bancos comerciales y su transferencia como financiamiento en los mercados más desarrollados es uno de los mecanismos centrales para explicar las asimetrías entre los distintos territorios. Para dar respuesta a esto, y en el marco de la ley 26.173, se están impulsando 18 proyectos de Cajas de Crédito Cooperativas (CCC), iniciativas que a partir de actores de fuerte arraigo local (cooperativas, pymes comerciales, municipios, etc.) están procurando retener y aplicar el ahorro en su propio espacio. Cinco de estos proyectos ya están en condiciones de ser aprobados por el BCRA, con lo que, de ser así, retomaríamos una herramienta que supo ser muy relevante hasta fines los años ’60, momento a partir del cual las políticas de las dictaduras al servicio de la valorización financiera las hicieron paulatinamente desaparecer.

Otra herramienta es el banco cooperativo, que en nuestro país tiene nombre propio, Credicoop, debido a que todos los demás terminaron de liquidarse durante el gobierno de Menem. Esta institución –emergente en realidad de un intenso proceso de fusión de cajas de créditos que estaban siendo jaqueadas por las políticas neoliberales– por su escala nacional constituye un actor indispensable a la hora de disputar la captación del ahorro en las principales plazas nacionales.

Mutuales con reglamento de ayuda económica y cooperativas de crédito completan un abigarrado conjunto de experiencias, muchas de ellas motores de procesos de desarrollo local con participación comunitaria.

Integración frente a los oligopolios

Ha sido ampliamente estudiado el papel de las cooperativas agropecuarias como herramienta para mejorar las condiciones de negociación de los pequeños productores frente a los agentes más concentrados en las distintas cadenas de valor. Las cooperativas vitivinícolas en la región de Cuyo, las algodoneras en el Chaco, las yerbateras en la Mesopotamia, y las laneras en la Patagonia son quizá los casos más paradigmáticos.

Menos conocidas, pero con igual lógica de integración frente a los agentes más concentrados, encontramos a las cooperativas de farmacéuticos, que representan el 13% del mercado de medicamentos en la Argentina (llegaron a controlar casi el 25%). Se trata de cooperativas que brindan servicios a los farmacéuticos propietarios individuales para resistir el abuso de las droguerías y la competencia de las cadenas de farmacias. Están ubicadas mayoritariamente en el NOA, Cuyo e interior de la provincia de Buenos Aires.

Otro ejemplo paradigmático es la cooperativa de carpinteros de Ushuaia. En nuestra provincia/isla los grandes aserraderos privilegiaban la “exportación” de madera al continente, con el impacto que ello tiene en términos de degradación de los bosques naturales por sobreexplotación y de desabastecimiento de las carpinterías locales. Frente a ello los carpinteros, con el acompañamiento del INTA y del Ministerio de Desarrollo Social, crearon una cooperativa para gestionar su propio secadero, y así abastecerse de madera y agregar valor agregado a la producción local.

Estas cooperativas, junto con muchas otras como las de almaceneros, de supermercadistas, de carniceros, de ópticos o de pescadores, constituyen experiencias que mejoran las condiciones de apropiación del excedente regional por parte de agentes localizados en el territorio, y por lo tanto se traducen en mayor desarrollo.

La implementación de estrategias asociativas entre pymes enraizadas en el territorio a través de la figura cooperativa es probablemente la estrategia de mayor potencialidad en términos del desarrollo regional.

Diversificar para agregar valor y generar trabajo

El desafío en este caso es dar respuestas a las necesidades de diversificación de la economía para generar trabajo en la región. Desde las cooperativas existen al menos tres abordajes.

En primer lugar el desarrollo de proyectos agroindustriales por parte de las cooperativas agropecuarias. En este sentido ya hace más de veinte años que se discute en nuestro país la posibilidad de que las cooperativas pasen de la comercialización de commodities (actividad dominante en el sector) al agregado de valor (donde hay un importante camino hecho, en particular en el sector lácteo, vitivinícola y yerbatero). Profundizar este camino requiere en muchos casos repensar estas instituciones para que estén en condiciones de captar inversión local y generar empleo en la región.

Otra línea de trabajo son las cooperativas de servicios públicos con estructuras multiactivas. A partir del desarrollo que han logrado en la provisión de servicios esenciales (agua, electricidad, telefonía, gas, etc.) existen cooperativas que implementan servicios orientados a emprendimientos locales. De esta manera el capital social acumulado por estas organizaciones de la comunidad se aplica al desarrollo económico de la localidad.

Finalmente, pero no menos importante, está el sector de las cooperativas de trabajo. Cuando los inversores locales no son capaces de generar trabajo, son los propios trabajadores los que tienen la posibilidad de desarrollar en forma autónoma emprendimientos productivos centralmente dirigidos a crear valor en la localidad.

Un insumo crítico en este camino es el capital. Más allá del importante papel que está jugando el Estado en este sentido, y que podrían jugar las cajas de crédito, habría que comenzar, en estos tiempos de restitución y de ampliación de derechos, a pensar (y a construir) el derecho a acceder a financiamiento para proyectos autogestionarios como una ampliación del derecho al trabajo consagrado por nuestra Constitución nacional.

Consumo con compromiso regional

La fuerza de los consumidores organizados en cooperativas traccionando el desarrollo de la producción local es otra herramienta que requiere ser explorada. El ejemplo más significativo que tenemos en nuestro país es el de la Cooperativa Obrera. Su fundación data de 1920, cuando un grupo de trabajadores, mayoritariamente ferroviarios, deciden crear su propia panadería para enfrentar la cartelización de las empresas de pan. En la actualidad cuenta con 1,2 millones de asociados abastecidos a través de 90 supermercados en 46 ciudades y cuatro provincias (Buenos Aires, La Pampa, Río Negro y Neuquén).

Esta cooperativa, junto al resto de las asociadas de la Federación Argentina de Cooperativas de Consumo, y en línea con lo que aquí se está argumentando, convocó a un Encuentro Intercooperativo en Bahía Blanca, principalmente destinado a discutir la integración entre las cooperativas de consumo y las cooperativas que les pueden proveer productos, particularmente cooperativas agropecuarias y de trabajo.

Estamos convencidos de que una decidida política de promoción de la organización cooperativa de los consumidores, como actores que contrapesen la oligopolización de los canales de comercialización y prioricen un consumo responsable, puede ser un elemento innovador y catalizador del desarrollo en cada territorio.

La región tiene la palabra

Un desarrollo territorial equilibrado también es una batalla cultural. Si los habitantes de cada región sólo consumen información generada desde el centro, si no hay posibilidades de disputar pauta publicitaria a los grupos multimedia hegemónicos, si no existen canales para promover la industria cultural de la región, si no existen medios que permitan democratizar la palabra y construir identidad regional, difícilmente la región pueda superar una situación de subordinación que es tan cultural como económica.

En este sentido la nueva Ley de Comunicación Audiovisual presenta posibilidades inéditas que pueden ser aprovechadas por las cooperativas. Los 300 canales de cable cooperativos, los aproximadamente 30 proyectos de televisión digital de las cooperativas y mutuales, la nuevas cooperativas para coproducción regional de contenidos, junto a la reciente constitución de federaciones de radios y de diarios locales, constituyen todas experiencias que resultan estratégicas en términos del fortalecimiento de las identidades locales y regionales, de promoción de las industrias culturales, y de mayor enraizamiento de todos los actores con su territorio.

No en vano las cooperativas tuvieron vedado el ingreso a la actividad audiovisual por la ley de la dictadura, ni fue casual que modificar esta restricción fuese sistemáticamente boicoteado por los grupos hegemónicos (aún hoy).

Cuando los habitantes de las pequeñas y medianas localidades necesitaron servicios que carecían de interés para el inversor privado, los vecinos asumieron en forma autogestionaria la gestión de la provisión de electricidad, agua, telefonía, gas, salud, etc. Sobre dicha misma matriz es posible construir los nuevos servicios: Internet –hoy potenciado a través del Programa Argentina Conectada donde las cooperativas tienen un importante protagonismo– y ahora los nuevos medios de comunicación gestionados democráticamente por la comunidad.

La construcción colectiva de un modelo empresario alternativo

Las cooperativas captando el ahorro regional, defendiendo la producción local frente a los oligopolios, movilizando el poder de los consumidores, diversificando la economía y construyendo identidad local, pueden ser herramientas de alto impacto en términos de un desarrollo regional más equilibrado.

La clave es que las cooperativas permiten el empoderamiento de los actores locales que, a partir de lograr condiciones apropiadas en términos de escala y de capital social, pueden permitirse pensar con relativa autonomía el desarrollo de su territorio.

La ventaja respecto de otras formas societarias es que están democráticamente controladas por los propios asociados a los que están brindando servicios. No tiene sentido la mudanza de una cooperativa, ni mucho menos la transferencia de sus excedentes fuera del territorio donde están sus propietarios.

Este modelo empresario tendrá capacidad para transformar sustantivamente nuestra realidad en la medida en que sea crecientemente elegido por consumidores, usuarios, trabajadores y ahorristas.

Para ello es necesario comprender que es una tecnología social que ha sido construida colectivamente, y cuya enorme diversidad debe ser sistematizada para poder ser transferida, y analizada críticamente para desarrollar propuestas innovadoras que permitan su mayor adecuación a los cambios del contexto.

Es en este punto que universidades e investigadores tienen un rol central. Si estas líneas sirven para inducir esfuerzos en este sentido, habremos cumplido nuestro humilde cometido.

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Artículos de este número

Paula Cecilia Rosa, María de la Paz Toscani y Inés Liliana García
Nuevos contextos, nuevas denominaciones. Aportes de Robert Castel para mirar la nueva cuestión social centrada en el trabajo y el trabajador.
Graciela Landriscini
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