Informalidad laboral y desigualdad en la Argentina hoy

Informalidad laboral y desigualdad en la Argentina hoy

Por Héctor Palomino

A lo largo de la última década la región, y nuestro país en particular, lograron atenuar las desigualdades de ingreso al mismo tiempo que disminuyó la informalidad laboral. A continuación, un repaso de las mejoras conseguidas en comparación con los diez años anteriores.
 
Profesor Asociado de Relaciones del Trabajo en la Facultad de Ciencias Sociales-UBA. Director de Estudios de Relaciones del Trabajo en la Subsecretaría de Programación Técnica y Estudios Laborales del Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social


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La atenuación de las desigualdades de ingresos en la última década en la Argentina coincide con la disminución del peso relativo de la “informalidad laboral”. Ambas tendencias se relacionan con los cambios de composición y el crecimiento del empleo en el período, en especial con el fuerte incremento del empleo registrado en la seguridad social. Este constituye en gran parte el tipo de ocupaciones cubiertas por la negociación colectiva, cuya considerable expansión es un factor clave para explicar, a la vez, el crecimiento de los salarios y la disminución de los diferenciales de ingresos. En contraste, disminuyó considerablemente durante el período el peso relativo de las ocupaciones que se asociaban tradicionalmente con la “informalidad” laboral: el de los asalariados no registrados en la seguridad social y el de los no asalariados, cuentapropistas en su gran mayoría. Pese a esta evolución, prevalece la referencia a la informalidad laboral como un argumento para justificar un enfoque dualista de la economía argentina, un uso “político” que posiblemente explique la persistencia de la noción a pesar de su pérdida de relevancia teórica como clave de comprensión general del mercado de trabajo.

Las tendencias de cambio en la composición del empleo

El crecimiento del empleo registrado en la seguridad social absorbió casi íntegramente el incremento neto del total del empleo urbano entre 2003 y 2012, un signo evidente de la progresiva “formalización” del mercado de trabajo argentino. Como resultado de esta evolución el empleo asalariado registrado en la seguridad social pasó a constituir más de la mitad del total del empleo en la Argentina. En contraste, disminuyeron su peso relativo los asalariados no registrados en la seguridad social y los no asalariados que, comúnmente, son referidos como los principales componentes de la informalidad laboral. Estas son las tendencias que reflejan los datos referidos a la evolución del empleo urbano de la Encuesta Permanente de Hogares incluidos en el Gráfico 1.

En contraste con los ’90, cuando se deterioraba rápidamente el empleo formal y crecía la desocupación, la reversión de estas tendencias en la última década resulta evidente. Dos estudios del Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social, realizados en 2005 (Encuesta de Informalidad Laboral) y en 2011 (la Encuesta Nacional de Protección Social –ENAPROS–), permiten observar la evolución de las categorías específicas de la informalidad laboral para el Gran Buenos Aires. En esta región la informalidad laboral disminuyó de 49% a 40% del empleo total entre 2005 y 2011. La disminución fue más acentuada entre los asalariados y los empleadores, en los que la informalidad cayó diez puntos porcentuales, y más atenuada entre los cuentapropistas. Téngase en cuenta que esta evolución tuvo lugar en sólo seis años.

Los significados del crecimiento del empleo registrado en la seguridad social

El empleo registrado en el sistema de seguridad social se articula con una serie de instituciones laborales. Es decir que además de contar con aportes y contribuciones para la jubilación, el pago de asignaciones familiares, la cobertura de salud a través de obras sociales y otras garantías, es el tipo de empleo sobre el que los sindicatos establecen su representación y la cobertura de la negociación colectiva que en la Argentina, como es conocido, no se limita a los afiliados sino que se extiende también a los no afiliados a los sindicatos.

El crecimiento de la negociación colectiva ha sido casi exponencial: en contraste con el promedio de apenas 200 negociaciones anuales en la década de los ’90 en el sector privado, alcanza actualmente alrededor de 1.500 negociaciones anuales que involucran, prácticamente, a todos los sindicatos en condiciones de negociar salarios. Es importante señalar también que la negociación colectiva se está extendiendo rápidamente en el empleo público correspondiente a la administración nacional y las de las provincias, a los servicios de educación y salud y diversos organismos estatales.

Lo que importa señalar aquí es que la determinación de los salarios a través de la negociación colectiva, en un contexto de crecimiento del empleo y de los salarios, tiene una serie de consecuencias importantes. En primer lugar la mejora de los salarios posibilitó la recuperación de su participación en el ingreso total, esto es en la distribución funcional del ingreso. Esa participación había caído fuertemente de 42% a 34% del ingreso entre 2001 y 2002 como consecuencia de la brusca devaluación de la moneda local dispuesta ante el colapso del modelo de la convertibilidad a fines de 2001. Algunas estimaciones recientes sitúan actualmente la participación de los salarios en torno al 45% del ingreso total, como consecuencia de los fuertes incrementos salariales alcanzados entre 2004 y 2012 (estimaciones aproximadas a las que proporciona Lindenboim en su artículo para este mismo número de Voces), y la correspondiente disminución del peso relativo de los beneficios empresarios y del de los perceptores de ingresos mixtos (como el de los cuentapropistas entre quienes resulta problemático diferenciar entre ingresos de capital y de trabajo).

La creciente determinación de los salarios a través de la negociación colectiva entre sindicatos y empleadores tiene otra importante consecuencia vinculada con la regulación de los diferenciales de ingresos. En efecto, los convenios colectivos de trabajo establecen escalas salariales en las que al mismo tiempo de reconocer diferencias de calificación y, en ocasiones, jerárquicas entre los trabajadores, tienden a reducir las diferencias entre niveles de ingresos siguiendo criterios de compensación que favorecen a los situados en los niveles inferiores, de menor calificación. Además, el establecimiento periódico del salario mínimo, vital y móvil tendió a incrementar sistemáticamente el “piso” de las remuneraciones en los últimos diez años, mientras que el “techo” fue recortado, también sistemáticamente, por el impuesto a los ingresos brutos que gravan los salarios a partir de cierto monto. Es decir que a través de las políticas e instituciones laborales y del sistema impositivo los salarios fueron ingresando en un canal de convergencia que favoreció la disminución de las diferencias salariales entre diferentes ramas de actividad y dentro de cada convenio.

Esta evolución es simétrica con la de los indicadores que reflejan la de los ingresos personales y de los hogares, en particular la del coeficiente de Gini que registra una sensible disminución –equivalente a una disminución de las desigualdades– que en el caso del ingreso per cápita familiar disminuyó de 0,53 a 0,43 entre 2003 y 2011 en la Argentina (datos tomados de un estudio de Soledad Villafañe y Lucía Trujillo, realizado en el Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social en 2011). Es decir que los mecanismos descriptos en un contexto de crecimiento del empleo registrado en la seguridad social explicarían seguramente la contribución de este tipo de empleo en la disminución de las desigualdades. Estas tendencias contrastan fuertemente con las de los ’90, cuando el incremento de las desigualdades de ingreso era correlativo con una erosión sistemática del empleo registrado en la seguridad social que, como vimos en el primer gráfico, en 2003 apenas superaba un tercio del empleo urbano total.

Los significados de la disminución de la informalidad laboral

A pesar de los impactos evidentes del crecimiento del empleo registrado en la seguridad social en términos de su contribución a la disminución de las desigualdades, algunos autores han enfatizado el incremento de la brecha de ingresos con el resto del empleo que se habría producido en el período reciente. Es decir que en lugar de enfocar las consecuencias generales de la evolución del empleo en el fortalecimiento de las tendencias de igualación, enfocan las consecuencias particulares en términos del incremento de la brecha de ingresos con tal o cual segmento de empleo informal. En esta perspectiva, la noción de informalidad laboral se incluye en una reflexión más general relacionada con los modelos de desarrollo y, en particular, con un enfoque dualista de la configuración económico-social.

Cabe recordar que la noción de empleo informal se generalizó en la década de los ’80 en el marco de las teorías del desarrollo económico que enfocaban los problemas del subdesarrollo en América latina: según este enfoque, uno de los obstáculos para el desarrollo en nuestros países era su escisión entre un sector “moderno” y un sector “atrasado”. El empleo “informal” reflejaría esta escisión en el plano del mercado de trabajo, al punto tal que algunos analistas llegan a distinguir tasas de desempleo entre el “mercado formal” y el “mercado informal”.

La persistencia de los enfoques dualistas refleja sin duda la pesada herencia dejada por el modelo neoliberal de los ’90 y también por el extenso período que se prolongó entre mediados de los ’70 y la crisis de 2001, en términos de exclusión, desempleo, precarización, erosión del sistema de seguridad social, pobreza, desequilibrios regionales y urbanos, etc. Esa persistencia también refleja los modos de reflexionar sobre el impulso requerido por las nuevas actividades industriales y de servicios impulsadas por las tecnologías de información y comunicación, en contraste con las modalidades productivas más “tradicionales”.

Pero de lo que se trata aquí básicamente es de una discusión de enfoques o interpretación de los indicadores de evolución del empleo. Para los interesados en los cambios de la estructura económica y social y los actores colectivos que impulsan esas transformaciones, el enfoque dualista resulta particularmente empobrecedor, sea en términos descriptivos como explicativos. Por ejemplo, si se atiende a las actividades en las que los sindicatos tienen hoy escasa presencia, cabe distinguir entre dos situaciones polares.

En primer lugar se trata de varias de las actividades sometidas a fuertes cambios tecnológicos, entre los que se destacan la producción de software. En las empresas impulsadas y sostenidas por jóvenes especializados en las nuevas tecnologías de información y comunicación, los sindicatos prácticamente no existen –las dificultades de inserción sindical en la “high tech” constituyen una situación generalizada en varios países–. En el otro extremo, las actividades en las que se insertan los asalariados no registrados en la seguridad social, como las del servicio doméstico, la producción y comercialización de prendas de vestir u otras, tampoco manifiestan una presencia sindical importante.

Los sindicatos ejercen su representación precisamente en actividades situadas entre esos extremos, por lo que un enfoque dualista de nuestra sociedad dejaría de lado uno de los principales actores de la dinámica social y política contemporánea de la Argentina. Pero además conviene señalar que para un modelo orientado por un sistema de relaciones laborales consolidado como el argentino, la informalidad laboral es percibida como un problema. La percepción opuesta, la de la informalidad como “solución”, prevaleció en los ’90, precisamente cuando prevalecían las tendencias de erosión del mercado de trabajo.

Problemas prácticos, ideológicos y teóricos

Finalmente, retomando varios de los hilos de la exposición, deben ser remarcadas las dificultades prácticas, teóricas e ideológicas que plantean los múltiples sentidos de la noción de informalidad laboral que, además, han sido cambiantes con el paso del tiempo. Hacia fines del siglo la noción se vinculaba con procesos de “reestructuración productiva”, para indicar las alternativas de ocupación a las que derivaban quienes perdían su inserción formal en la industria u otras actividades urbanas. Es posible que la noción más adecuada que alude a este uso sea la de “informalización”, que podría asimilarse a la de “precarización” en el sentido de que lo que está en juego es la pérdida de los derechos y garantías asociados a la inserción como “asalariado registrado en la seguridad social”.

Actualmente es posible identificar los problemas emergentes del no registro en la seguridad social en cinco actividades concretas, que constituyen el grueso de este tipo de empleo: las trabajadoras en casas particulares (servicio doméstico), el empleo rural, la construcción, la producción y comercialización de prendas de vestir, el transporte alternativo. Tómese nota de que se trata de actividades sumamente diferenciadas y específicas, seguramente no intercambiables entre sí, que explican en su mayor parte el no registro en la seguridad social. Algunas de estas actividades se corresponden con la inserción de trabajadores independientes no asalariados, otras con la de inmigrantes de países limítrofes, algunas con la producción de bienes comercializables y otras con servicios no comercializables. Es decir que aunque cuenten con un componente común, el predominio de trabajadores no registrados, difícilmente se resuelvan en el plano de las políticas de empleo o de la inspección laboral: en varias se requiere inversión en equipamiento colectivo –como guarderías infantiles, transporte–; en otras, regulaciones de orden municipal o urbano –construcción–; finalmente, otras como las confecciones constituyen una problemática universal que ha sido difícil de resolver en varios países.

Esta identificación de problemas precisos, acotados, va a contramano de la actual generalización de la noción de informalidad laboral entre algunos especialistas, tal vez menos atentos a las evidencias empíricas que a reproducir antiguos esquemas de análisis. Es que efectivamente lo que denominamos “informalidad” laboral fue comprendido tradicionalmente en el marco general de la economía del desarrollo y en el más particular de la economía del trabajo. Pero tal vez convenga plantear directamente las cuestiones teóricas de índole más general, a través de una discusión sobre modelos de desarrollo.

En efecto, la evolución de la Argentina actualmente es similar a las que registran otros países de la región, particularmente Brasil, donde desde 2003 hasta hoy se revirtió la tendencia secular de incremento de las desigualdades, al tiempo que el crecimiento del empleo fue liderado por el correspondiente a los “asalariados con cartera”, en cierto modo asimilables a nuestros “asalariados registrados en la seguridad social”. Al mismo tiempo el peso relativo de los trabajadores por cuenta propia también se redujo considerablemente en ese país.

Estas nuevas tendencias de los dos grandes países sudamericanos son notables porque indican el declive de la informalidad laboral que hasta una década atrás constituía casi un lugar común para describir la especificidad de los mercados de trabajo de la región. Además, resultan nítidas las diferencias con las tendencias que prevalecen actualmente en algunos países europeos, que medio siglo atrás se utilizaban como un modelo para contraponer sobre las diferencias específicas de los mercados de trabajo en América latina. En efecto, el declive de la igualdad de ingresos y el incremento simultáneo de la informalidad laboral en Europa hoy, evocan inevitablemente fenómenos que eran característicos de nuestro pasado reciente. Aun cuando este contraste comparativo se limite exclusivamente a las dinámicas recientes de evolución del empleo, resulta difícil resistir la tentación de asimilarlas en el espacio común de una asimetría invertida: mientras la desigualdad y la informalidad se acrecientan en Europa, disminuyen en el Cono Sur de América latina, tendencias exactamente opuestas a las que prevalecían algunas décadas atrás.

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Artículos de este número

José Luis Moreno
Pobreza y políticas sociales en la Argentina, 1854-1955
Paula Aguilar y Ana Grondona
Condiciones de vida obrera y marginalidad social. Un estudio arqueológico de los “saberes expertos de la pobreza”
Gabriel Vommaro y Claudia Daniel
¿Cuántos son los pobres? Contribuciones a la historia de su definición estadística en la Argentina de los años ochenta
Javier Lindenboim
El empleo y la distribución del ingreso en debate
Claudia Danani y Susana Hintze
Seguridad social y condiciones de vida: la protección social en la Argentina entre 2002 y 2012
Emilia Roca
Políticas de protección social y su impacto en la reducción de la pobreza en la Argentina 2003-2012
Héctor Palomino
Informalidad laboral y desigualdad en la Argentina hoy
Marta Novick, Laura Spagnolo y Soledad Villafañe
Recuperando la inclusión social. Avances y cuestiones pendientes
Adriana Marshall
Desigualdad salarial en la Argentina: efectos de cambios económicos e institucionales
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Desigualdad social en América Latina: el reto de la doble incorporación, social y de mercado

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