El otro triángulo del Conocimiento: Ciencia, tecnología y poder

El otro triángulo del Conocimiento: Ciencia, tecnología y poder

Por Gabriel N. Barceló* y Marina A. Pistorio**

Estas tres palabras tienen muchas más cosas en común de lo que parece. Ellas son capaces de dirimir la competencia entre empresas y entre naciones, ocupando un lugar de privilegio en el campo de la política internacional. Un recorrido por el mundo contemporáneo, pasando por la energía nuclear hasta las comunicaciones.
 
*Doctor en Física e Ingeniero Mecánico. Gerente de Relaciones Institucionales de la Comisión Nacional de Energía Atómica ** Terapeuta Gestáltica. Docente en la Formación de Gestalt de AGBA (Asociación Gestáltica de Buenos Aires) y docente colaboradora en DRAGMA (constelaciones familiares).


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Ciencia y tecnología son, al mismo tiempo, actividades humanas y conceptos que han ganado espacios en la cultura de los pueblos que perciben, de un modo u otro, que ambas cosas tienen un rol en su vida cotidiana.

Es menos claro, y está menos discutido, cómo se articulan estas disciplinas con el poder, y hasta qué punto ciencia y tecnología por un lado, y el poder por el otro, se realimentan unos a otros.

Discutiremos en esta nota esta relación, procurando incorporar algunos ejemplos con los que hemos tenido, y tenemos, relación.

A lo largo de su vida, el autor ha pasado por los laboratorios de la ciencia, intentó desarrollos tecnológicos, recaló un buen tiempo en el estudio de la relación entre ciencia, tecnología y producción y, finalmente, en los últimos años, se abocó a las relaciones internacionales en el área nuclear, temática más cercana al poder que a la ciencia, pero donde esta, junto con la tecnología, juega un papel tan central como entretejido con aquel. O sea que, sin buscarlo, rozo y roza las connotaciones de los tres términos del título.

La autora, por su parte, realizó un periplo aún más amplio. Luego de incursiones académicas avanzadas pero inconclusas en arquitectura, comunicación y sociología, recaló en las bastante turbulentas aguas de la psicología, en su variante gestáltica. Desde toda esa historia aportó una mirada humanística sobre este trabajo que, a la fuerza, debía ser multidisciplinario.

La palabra “poder” me resulta algo difícil de delimitar. El término tiene los bordes mal definidos si bien, claro está, todos podemos saber cuándo una circunstancia dada puede adjudicarse a que algo o alguien “tiene poder” sobre otro algo o alguien.
Si recurrimos al diccionario de la Real Academia Española encontramos, para la palabra “poder”, cinco acepciones:

poder.
(Del lat. *potêre, formado según potes, etc.).
1. tr. Tener expedita la facultad o potencia de hacer algo.
2. tr. Tener facilidad, tiempo o lugar de hacer algo.
3. tr. coloq. Tener más fuerza que alguien, vencerle luchando cuerpo a cuerpo.
4. intr. Ser más fuerte que alguien, ser capaz de vencerle.
5. intr. Ser contingente o posible que suceda algo.

Dicho así, parece casi una definición de “tecnología”, quizá con la excepción de las acepciones 3 y 4 donde aparece el sustantivo “fuerza” y el verbo “vencer”. Aunque en realidad, como nosotros sabemos, las tecnologías son, con mucha frecuencia, directa o indirectamente, elementos que contribuyen a la fuerza y a la competencia entre naciones y entre empresas.

O sea que, desde cierto punto de vista, y ya desde lo semántico, cuando hablamos de tecnología estamos hablando de una de las formas de poder.

Y quizá sea en el campo de la política internacional relacionada con la tecnología nuclear donde la relación entre tecnología y poder tiene su manifestación más explícita: el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, el órgano que, entre otras cosas, puede decidir el uso de la fuerza militar de todos los países contra un país en particular, tiene como únicos miembros permanentes, y con poder de veto, a los cinco países poseedores de una tecnología en particular: la de la bomba atómica.

Y además, esos mismos cinco países, apoyados en el convincente argumento de disminuir la posibilidad de futuras guerras nucleares, pero sin renunciar a ese poder exclusivo, han trabajado arduamente para conseguir que casi todos los demás firmaran un tratado que permite el congelamiento de esa situación: el Tratado de No Proliferación Nuclear. Y lo han conseguido con pocas, aunque significativas, excepciones.

Y como si eso fuera poco, ahora uno de esos países, seguido por supuesto por varios de los otros cuatro y también por todos los demás interesados, plantea y consigue una excepción a esas excepciones, negociando con la India, uno de los no firmantes, un tratado de cooperación nuclear que borra literalmente de un plumazo, y casi cándidamente, unos 40 años de censuras, amenazas y prohibiciones. Pero esa es otra cuestión, como decía Atahualpa.

Porque no debe pensarse que la tecnología nuclear bélica es el único argumento de peso para sustentar el poder de los países poderosos. Toda tecnología económicamente viable es fuente de poder económico y muchas de las tecnologías pueden también ser fuente de poder militar. Y no debemos olvidar a las tecnologías que sustentan el poder cultural.

Para Canglini, cuando una cultura se apropia de los valores culturales de otra, terminará por apropiarse también de su riqueza y de su futuro. Esto es objeto de análisis de ciencias blandas, esas que los formados en ciencias duras nos resistimos a considerar ciencias, y de las que hablaremos más adelante.

Por ahora, y para no dejar de lado al poder político, diremos que ese viene como consecuencia de los otros tres que mencionamos antes.

Tecnología, energía y poder, el área nuclear, un ejemplo de realimentación

Una de las características de la relación del poder con las demás variables que involucran la actividad humana es que el poder procura, y en general consigue, diseñarlas y conducirlas de manera de asegurar la permanencia del statu quo, es decir, de su propia permanencia.

Y dentro de las tecnologías que sustentan, también, el poder económico, está la tecnología nuclear pacífica, campo de la actividad donde, me parece, puede encontrarse un ejemplo claro de realimentación entre estos conceptos.

Se ha dicho recientemente que el siglo XXI será el siglo de la tecnología, del agua y de la energía.

La energía es la yugular de la economía y, en estos años, la posibilidad de cobertura de las necesidades energéticas de toda la población humana pasa por un momento, por lo menos, de dudas. Y si de riesgo se trata, recordemos desde el principio del análisis que no hay energía más cara ni más peligrosa que la que no se tiene cuando se la necesita para el desarrollo.

Pero, teniendo eso en cuenta, debemos recordar que los combustibles fósiles, fuertemente cuestionados por su impacto sobre el cambio climático, podrían ser gravados con impuestos específicos en algún momento para paliar ese impacto. Sin embargo, los factores de poder modernos mantienen e incrementan su uso mostrando una característica, a mi entender, particular: tienen vocación de permanencia de corto plazo, no parece interesarles más que una o, como mucho, dos generaciones.

Además los combustibles fósiles más dúctiles en cuanto a sus aplicaciones, el petróleo y el gas, sufren un encarecimiento sistemático en los últimos años y abundan en zonas que, quizá por eso mismo, se han vuelto inestables políticamente. En los últimos años ha surgido la esperanza del tight oil y el tight gas, pero esto está comenzando y esos recursos tampoco parecen estar distribuidos uniformemente en el planeta y, obviamente, no están exentos del impacto ambiental sino más bien, y según parece por las primeras informaciones, todo lo contrario.

La hidroelectricidad tiene, también, un impacto ambiental importantísimo y es fuertemente cuestionada por sectores de las sociedades. Además tiene como límite la finitud de los ríos y sitios aprovechables.

Surge, a todas luces, la necesidad de ir reemplazando, al ritmo que se pueda, a los combustibles fósiles y la única forma de generación de energía que puede cubrir ese papel en tiempo y forma es la energía nuclear.

Y si en las formas tradicionales de producir energía el factor fundamental es la disponibilidad del recurso (carbón, petróleo, gas, ríos aprovechables), en este caso el insumo fundamental y escaso es, precisamente, el conocimiento tecnológico. Y esto es lo que hace que sean tan pocos los países en condiciones de encarar de manera autónoma el aprovechamiento de esta fuente.

Es razonable pensar que, en un futuro no muy lejano, los países que no puedan acceder a esta tecnología verán seriamente afectada la posibilidad de decidir sobre su desarrollo e, inclusive, de aprovechar sus propios recursos naturales, que no pueden ser puestos en valor sin energía o con energía demasiado cara.

Ante esta situación, los factores de poder mundiales actúan priorizando sus necesidades por encima de las del desarrollo de los países menos poderosos. Estas necesidades son asegurar la no proliferación, asegurar la supresión del terrorismo nuclear que pudiera aparecer y obtener control sobre la seguridad tecnológica de las fuentes de generación nuclear de los países en desarrollo.

Para ello, y a través de distintas iniciativas internacionales que involucran, en última instancia, decisiones del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), órgano especializado de las Naciones Unidas, propugnan una serie de medidas internacionales que terminarían asegurándoles, a través de organismos especiales, o en última instancia a través del OIEA, un control efectivo sobre las actividades de enriquecimiento de uranio y sobre las medidas de seguridad tecnológica y física de las instalaciones nucleares relevantes de todos los países.

Este control sobre la aplicación y generación de conocimientos permitiría a los actuales poderosos el control sobre el uso de la energía nuclear del mundo regulando su crecimiento y distribución.

Tecnología, ciencia, economía y poder

Y por otro lado está también el amplio espectro de las demás tecnologías de producción y servicios, cuyo dominio asegura la competitividad internacional de los países a través de las empresas que las poseen (manejarlas solamente, es decir, tener los equipos de producción que las aplican, puede no asegurar esa competitividad si quien realizó el desarrollo decide no transferir las últimas innovaciones).

Vayamos entonces a la relación entre ciencia y tecnología, dos animales que, a fuerza de nombrarlos juntos (“cienciaytecnología”) han terminado algo confundidos desde la mirada del observador no informado.

La ciencia procura correr la frontera del conocimiento fundamental sobre la naturaleza. Avanza en terreno desconocido y por ello, para asegurar que los resultados son válidos, necesita, al menos en el caso de las ciencias duras, de las que hablaremos en esta primera parte, partir de conocimiento anterior bien certificado y proceder mediante metodologías reconocidas como válidas para el fin buscado. Estos dos factores, conocimiento de origen y metodologías adecuadas, son certificados por los únicos que están en condiciones de hacerlo, colegas científicos con suficiente trayectoria en el manejo de ambos factores en el campo del que se trate. El famoso “juicio de pares”.

La tecnología, en cambio, tiene un objetivo claro: un producto o proceso. Usa en general de conocimiento científico bien establecido, pero puede ser, y muy a menudo es, fruto de casualidades, la llamada “serendipity” en idioma inglés, o bien, consecuencia del más crudo proceso de prueba y error. Su juez más definitivo es la aceptación, eficiencia y funcionalidad del producto o proceso obtenido.

Y finalmente, y aunque poco utilizada en nuestro país, está la ciencia básica orientada, donde, como se hace en los verdaderos procesos de creación de tecnología en el mundo desarrollado, se corre la frontera del conocimiento fundamental pero en la dirección que demanda una aplicación concreta, cuando la ciencia existente y los otros recursos tecnológicos demuestran ser insuficientes.

¿Y cómo se llevan estas dos disciplinas entre si? ¿Cómo ha sido su relación a lo largo de la historia, entre ellas y con el poder?

Históricamente, primero fue la tecnología. Primero fue el fuego, la piedra tallada, la piedra pulida, la rueda, el arado.

Las primeras abstracciones, las matemáticas y la geometría aparecieron con los egipcios y mesopotámicos destinadas a aplicaciones prácticas relacionadas con las tierras de cultivo y la astronomía necesaria para la siembra y la cosecha.

La ciencia, en cuanto disciplina que se interroga (y, en lo posible, se responde) sobre los mecanismos primarios de la realidad sin plantearse un objetivo práctico inmediato, nació con los filósofos griegos y se mantuvo separada de la tecnología por mucho tiempo.
Durante ese tiempo, la tecnología fue cosa de artesanos, fruto en general de la acumulación de conocimiento empírico, surgido de la prueba y el error y, a menudo, con interpretaciones mágicas o esotéricas acerca de los mecanismos que intervenían en los procesos usados.

La ciencia, en cambio, inseparable de la filosofía por mucho tiempo, era cosa de las elites intelectuales y dirigentes. Este elemento clasista, si bien reinterpretado para aplicarlo a una elite exclusivamente intelectual, persiste, a mi juicio, hasta nuestros días, y puede ser la única manera de explicar algunos conflictos del sistema científico/tecnológico no sólo en nuestro país, también en los países más desarrollados; si bien es en los países en desarrollo donde el conflicto, y el factor clasista, causan los mayores perjuicios.

Sólo durante el siglo XVIII, con el uso de la termodinámica aplicado a la máquina de vapor, se comenzaron a aplicar conocimientos científicos de manera sistemática a un fin industrial con efectos en la economía.

Pero el interés de los Estados por la generación de tecnología a partir de conocimiento científico, y los mecanismos nacionales creados para ello, comienza recién durante o después de la Primera Guerra Mundial y se profundiza luego de la Segunda.

Y así llegamos a nuestros días en que la tecnología, con su conocimiento científico incorporado, atraviesa nuestra vida en todos sus aspectos.

Y ¿cómo es, hoy en día, el proceso por el cual se incorpora conocimiento a la producción?

Los modelos más aceptados son variantes de lo que formularan en 1986 los autores Kline y Rosemberg. Según este modelo, la innovación o la creación de un nuevo producto nacen con la percepción, por parte de la empresa, de un nicho de mercado que puede ser aprovechado. Comienza, entonces, lo que ellos llaman la “cadena de producto” en la cual el producto pasa por varias etapas, desde la detección del nicho antes citada, pasando por distintas etapas de desarrollo hasta la producción y distribución. En cada uno de estos pasos la empresa necesita conocimiento que toma, en principio, del reservorio propio y, cuando este no alcanza, de organismos externos como universidades o institutos especializados.

Cuando el desarrollo necesita de conocimiento científico nuevo, entonces el requerimiento se dirige a un organismo de investigación básica al que, por diversos mecanismos, se lo invita a generar ese conocimiento.

El mecanismo más generalizado consiste, sencillamente, en la oferta de subsidios a la investigación de esos temas, que el organismo investigador destina a la compra de algunos equipos e insumos, al solvento de viajes para visitas mutuas entre los científicos y laboratorios involucrados en el proyecto y para la asistencia a congresos y, en algunos casos, como arancel para los investigadores.

En los casos en que esos subsidios, en general provenientes de empresas del mundo desarrollado, son colocados en organismos de investigación del mundo en desarrollo, muchas veces no es necesario el aporte a los salarios, a los servicios básicos del laboratorio ni la provisión de algunos equipos ya que estos son provistos por el Estado del país sede del organismo, en el marco de sus políticas de fomento de la ciencia.

La alternativa política de estos países en desarrollo no es sencilla de resolver. Por un lado parece razonable destinar los fondos asignados a la ciencia al fomento de tecnologías aplicables en ese país, ya que la ciencia necesaria está, a menudo, abierta al acceso libre en publicaciones de revistas especializadas y, en todo caso, estos países suelen necesitar, para comenzar un camino de desarrollo, conocimientos más o menos sencillos para unos primeros pasos en las diversas ramas de la industria.

Pero por otro lado, y considerando la lentitud y el esfuerzo institucional sostenido que exigen los procesos de formación de grupos de investigación adecuadamente capacitados, esta reasignación de recursos significaría que ese país podría quedar retrasado en los campos del conocimiento científico que le serán necesarios en una etapa más avanzada de su desarrollo.

Un caso vigente es el de la nanotecnología, que utiliza conocimiento científico que hasta hace poco tiempo no tenía aplicación evidente. La existencia de grupos de ciencia básica con esas capacidades es crucial en el avance de esta nueva disciplina que, muy probablemente, revolucione los productos y los métodos de producción en el futuro cercano.

En todo caso, lo que no parece razonable es dejar estos asuntos librados a las mareas del “mercado” científico y no encuadrarlos dentro de una planificación, al menos de trazo grueso. En otras palabras, un país debiera definir qué proporción de su presupuesto de I+D dedica a la tecnología y cuánto a la “apuesta” científica sin objetivo aparente para su sistema productivo, y actuar en consecuencia.

Ciencia y poder

Ahora bien, ¿estamos diciendo que, de entre las dos, hoy en día es la tecnología y no la ciencia la principal generadora de poder?

¿Y dónde está el reconocimiento de la ciencia como la gran dadora de verdad? ¿Dónde la mención de la verdad histórica según la cual fue la ciencia, a partir de Galileo y sus discípulos, lo que nos liberó del oscurantismo de la Edad Media, período en el cual la afirmación “Palabra de Dios” alcanzaba para explicarlo todo? Esquema en el cual el poder estaba sólidamente concentrado alrededor de la Iglesia con su “verdad revelada”; y del “orden divino” del cual los monarcas y las clases dirigentes parecían ser representantes exclusivos.

¿Acaso no es la Verdad, en general y la Verdad Científica, en particular, capaz de generar de la Libertad del hombre?

Sucede que ante ese reconocimiento cabe preguntarse: ¿qué ciencia?, ¿quiénes son los liberados? y ¿de cuál oscurantismo?

Porque, dada la complejidad del mundo moderno nadie, ningún individuo, puede comprender profundamente toda la ciencia existente.

Con suerte podemos comprender fragmentos de alguna ciencia. Yo, por ejemplo, sé algo de física, tengo algunos conocimientos “ortopédicos” de matemáticas y química, que me han permitido, en mis tiempos de investigador, resolver algunos problemas físicos pero, por ejemplo, no sé nada realmente sólido de biología. ¿Cómo puedo yo opinar, por ejemplo, con solvencia, sobre el real peligro de los cultivos transgénicos?
Pero como, gracias a Dios, vivimos en democracia, opinamos y, en ocasiones, nos vemos obligados a opinar sobre cuestiones que tienen una base científica en campos que no conocemos, que pueden asociarse con la biología o las ciencias duras pero también con la ciencia política, la economía (con mucha frecuencia), la sociología o la psicología (esas ciencias que los científicos duros nos resistimos a considerar como tales, de las que hablamos más arriba). Y ¿cómo podemos hacer una cosa así?
Necesitamos de mediadores, de intérpretes de esas ciencias, de personas con el conocimiento necesario que nos permitan realizar algún juicio, aunque sea con elementos de poco peso científico.

Y es por lo menos complicado evaluar adecuadamente el grado de solvencia científica de esos mediadores, aun para personas con nociones más o menos profundas del movimiento y las características del mundo académico. Necesitan tener la capacidad de presentar los temas de manera que resulten comprensibles y creíbles.
Entonces la eficacia de la mediación termina pasando por otra ciencia de las que nos resistimos a considerar como tales: la comunicación, que tiene elementos de la epistemología, la semántica, la lingüística, la psicología, la sociología, y varias otras más, seguramente.

Esta ciencia, como las demás ciencias blandas, tiene mucho de artesanal, en el sentido de que su aplicación, si bien usa conocimiento existente, debe adaptarse y crear en función de realidades diferentes, propias de cada caso en particular, y tiene también su tecnología, o mejor sus tecnologías asociadas. Con todo su conjunto de capacidades es posible que la comunicación contenga, hoy en día, tiempos de televisión, Internet, Twitter y Facebook, los elementos más claros de relación con el poder.

Sin una comunicación adecuada ninguna iniciativa humanitaria, ninguna innovación salvadora de la humanidad y, en definitiva, ninguna tecnología y ninguna verdad científica podrán ser puestas en práctica si alguien, con mejores recursos comunicacionales, ve sus intereses suficientemente afectados.

¿Se cierra así la saga del poder y la ciencia? ¿La cosa termina pasando por este embudo de la comunicación, ciencia nueva en donde, a escala social, todo debe converger y desde donde todo surgirá, cada vez más, en el futuro? Esto tampoco lo sabemos.

Las redes sociales, las nuevas relaciones entre las gentes, los cambios en las estructuras de poder internacionales, todo sigue, por suerte, siendo dinámico.

Además, y por sobre todo, no hay comunicación que pueda convencer a un hambriento de que no tiene hambre, o a un inundado de que su casa sigue seca, o a un pobre de que sus oportunidades son las mismas que las de un rico.

Vimos que la tecnología tiene que ver con el “saber cómo”, la ciencia con el “saber qué”, pero el “saber cómo” está asociado al trabajo manual y el “saber qué” al intelecto, y las sociedades han tendido durante mucho tiempo a considerar al intelecto por encima del trabajo manual.

Sólo que si, hasta principios del siglo XX, el “saber qué” estaba más vinculado con el poder, no solamente por su origen cultural sino también porque le ayudaba en la fijación de estrategias y en la conducción del Estado, en los últimos años el “saber cómo” se ha sofisticado tanto y se ha vinculado de tal manera con la economía que este triángulo sentimental ha demostrado ser una relación, por lo menos, dinámica.

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Ciencia y Poder

Artículos de este número

Oscar Varsavsky 1920-1976
Ciencia, política y cientificismo
Bruno Capra
En torno a las definiciones de Ciencia y Poder
Inés Izaguirre
Ciencia y poder
Jorge Oscar Marticorena
Ciencia y poder: una relación compleja
Gabriel N. Barceló y Marina A. Pistorio
El otro triángulo del Conocimiento: Ciencia, tecnología y poder
Roberto Kozulj
Ciencia, poder y globalización: ¿qué espacios, qué ciencia, que políticas?
Ana María Vara
Un nuevo ethos para la ciencia y el conflicto de interés financiero
Sara Rietti
Hacia una política científica y tecnológica propia, para un modelo alternativo en el marco de Unasur
Martín A. Isturiz
El conocimiento como instrumento de soberanía
Enrique Martínez
La ciencia, instrumento de poder
Tomás Buch
Tecnología y trabajo
Erica Carrizo y Victoria Alfonso
Las políticas de CyT y el “estilo de desarrollo”: un proyecto inconcluso
Eduardo Mallo
Ciencia, tecnología y política en la Argentina. La persistencia de perspectivas divergentes
Diego Hurtado
La construcción de la Argentina como país proliferador
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Investigación pública orientada al agro en la Argentina: apropiación, trayectorias y disputas
Martín Schorr y Andrés Wainer
Industria y tecnología. Evolución del perfil del intercambio comercial manufacturero en la Argentina reciente

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