De la advertencia a la prevención transformadora: abordar los usos problemáticos de drogas en adolescentes y jóvenes

De la advertencia a la prevención transformadora: abordar los usos problemáticos de drogas en adolescentes y jóvenes

Por Jorgelina Di Iorio

El consumo de una determinada sustancia genera más o menos problemas según el tipo de vínculo que cada individuo establece con esa sustancia en un determinado entorno. Así, para reducir la aparición de problemas relacionados con los consumos de drogas, son los propios adolescentes quienes pueden reconocer problemas concretos de su vida, susceptibles de generar consumos problemáticos. Un nuevo enfoque para la construcción de un proceso activo y participativo de producción de salud.
 
Psicóloga. Magister en Psicología Social Comunitaria y Doctora en Psicología. Miembro del equipo de Intervención de Intercambios Asociación Civil. Profesora e investigadora de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires


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Multiplicidad de preguntas e inquietudes circulan entre las instituciones en general, y en las educativas en particular, en relación con los usos de drogas en adolescentes y jóvenes. Esa preocupación, que se traduce en frases como “no sabemos qué hacer”, “les hemos hablado pero no hacen caso”, “ya intentamos varias actividades y parece que no sirven”, “está naturalizado el consumo”, “esto antes no pasaba”, muestra tanto incertidumbre como interés frente a situaciones que los adultos definen como “extrañas” y “novedosas”.

Se configura entonces un campo de problemas que afecta emocionalmente y moviliza a dar respuestas en clave de prevención que, en el caso de adolescentes y jóvenes, pone en juego la tensión entre las expectativas ofrecidas e impuestas por el mundo adulto, y las expectativas e intereses propios.

¿Nuevos consumos? ¿Nuevas adolescencias?

La categoría de “nuevo” resulta limitada tanto para comprender los usos de drogas como las prácticas de adolescentes y jóvenes.

El uso de drogas se define como una trama compleja de representaciones y prácticas donde se articulan procesos sociales, históricos, económicos, políticos, ideológicos y culturales.

Prácticas de uso de drogas hubo siempre y en todas partes, y recién en la segunda mitad del siglo XIX comenzaron a ser definidas como un problema. Esto dio lugar a procesos de normatización y disciplinamiento social, con la consecuente estigmatización y discriminación.

Un proceso similar se pone en juego en el encuentro entre adolescentes y adultos. La narrativa de época vigente conceptualiza a los jóvenes desde la negación de sus capacidades –lo que no pueden, lo que no tienen, lo que les falta– y desde la negativización de sus prácticas –violencias, transgresiones, riesgos sociales–. Esto facilita en los adultos la multiplicación de las angustias, consolidándose una serie de fantasías sobre lo extraño y lo peligroso, que se materializan en estrategias de prevención homogeneizantes.

Sin embargo, las adolescencias, al igual que los consumos de drogas, son fenómenos plurales, con manifestaciones que varían según la cultura, el momento histórico, el modelo económico, la situación particular de un país, así como por los significados que los sujetos asignan a sus prácticas. Por lo tanto, lo que sí puede ser definido como “nuevo” en relación con los jóvenes y los usos de drogas son las transformaciones de las prácticas, la diversidad de situaciones de consumo y la heterogeneidad de los contextos. Esto nuevo desafía los modos en que tradicionalmente las instituciones abordan esas situaciones, los saberes vigentes sobre lo que deben hacer o no los adolescentes, así como también el modo de reconocerse como adultos frente a ellos.

¿Qué es prevenir? Discurso del miedo vs. discurso del cuidado

La idea de prevención siempre estuvo presente en nuestras sociedades. La prevención alude a aquellas acciones y/o estrategias que tienen como objetivo evitar eventos o situaciones de la vida cotidiana percibidos como conflictivos, antes de que sea más difícil intervenir sobre ellos. Constituye una respuesta anticipada ante un evento considerado nocivo. Es decir, son acciones que pretenden propiciar un cambio de actitud de determinados sujetos –en este caso adolescentes y jóvenes– hacia determinado objeto –en este caso las drogas–.

Son comunes las estrategias centradas únicamente en la información, por lo general ajena a las preocupaciones de los adolescentes. Focalizan en la interrupción y prohibición del consumo desde una lógica del miedo. Son intervenciones típicas, por ejemplo, las clases, charlas e incluso campañas más generales, donde se describen las sustancias psicoactivas y sus efectos químicos. Estos abordajes, al basarse en modelos prescriptivos, promueven la cristalización de estigmatizaciones en las que se asocian las sustancias a los modos de ser joven. Por un lado, se basan en una definición universal y atemporal de “la droga”, conceptualizada como un ente dotado de vida, portador de poderes capaces de generar daño por sí solo a todas las personas por igual, independientemente de las características del sujeto, de su historia, del contexto, e incluso de las diferencias entre las propias sustancias.

Responden a miradas negativizantes sobre los adolescentes y sus prácticas, y a la equiparación de “consumo” con “abuso” de sustancias psicoactivas. Al asociar el aumento del consumo en adolescentes y jóvenes a determinantes psicosociales como la ausencia de expectativa de futuro y de oportunidades para el desarrollo de un proyecto de vida, los adultos aparecen como portadores de un saber desde el que se indica lo bueno y lo malo, lo que se puede y no se puede hacer.

Se configuran, de ese modo, escenarios institucionales poco propicios para problematizar las prácticas de consumo, ya que se obstaculiza la construcción de un vínculo de confianza y reconocimiento mutuo entre jóvenes y adultos. Justamente, son aquellos abordajes de prevención que ponen el eje en la construcción de la confianza intergeneracional los que apuntan a desarrollar habilidades sociales que impacten en los adolescentes, en tanto que esa confianza intergeneracional coloca al adulto en el rol de habilitador de sentidos.

A diferencia del modelo descrito anteriormente, al diferenciar el “consumo problemático o abusivo de drogas” de consumos que podrían tener otros sentidos, las prácticas preventivas difieren. Se parte de preguntarse quién consume, qué consume, cuánto consume, dónde consume y cuándo lo hace, a efectos de definir sobre qué prácticas se quieren generar cambios. Asimismo, se considera que la posibilidad de que el consumo de una determinada sustancia genere más o menos problemas a una persona o a un grupo, está dada por el tipo de vínculo que cada individuo establece con esa sustancia en un determinado entorno, y en el caso particular de los adolescentes, puede responder a una situación de particular conflicto en un momento de su vida.

El brindar información confiable y segura se complementa con un trabajo sobre los valores, los sentimientos y la cultura grupal, de manera que sea posible construir condiciones para revisar las prácticas de consumo. Es decir, es un trabajo sobre las representaciones sociales, entendidas como saberes prácticos compartidos socialmente, que tienen como función definir los aspectos relevantes de la vida cotidiana y orientar los intercambios sociales. Esto significa que las representaciones sociales son inseparables de los valores, ya que son conocimientos que hablan desde un lugar social, que están anclados en determinado orden social y cultural, que se constituyen como matriz desde la cual se interpreta el mundo.

De acuerdo con esto, la probabilidad de que se reduzca la aparición de problemas relacionados con los consumos de drogas radica en que los propios adolescentes, de manera colectiva, puedan reconocer problemas concretos de su vida, susceptibles de generar consumos problemáticos. Tal es el caso de lo realizado desde el dispositivo de abordaje de usos de drogas “NoTeSientasZarpado. Hablemos de drogas”, que Intercambios Asociación Civil y la Fundación Armstrong desarrollan en González Catán, partido de La Matanza. Por ejemplo, ante la preocupación de algunos adolescentes por la posibilidad de venta de drogas en la escuela, surgió la campaña gráfica de comunicación comunitaria “Acá No Da”, que permitió reflexionar sobre la oferta como una dimensión del problema droga, a partir de grafitis y de una pegatina de stickers tanto en la escuela como en la comunidad. Se realizaron talleres de discusión con los adolescentes y reuniones con referentes adultos, antes y durante la ejecución de las actividades específicas de la campaña de prevención. El movimiento de lo particular –algo que preocupa en una escuela, a un grupo, a un joven– a lo general –algo que puede pasar en las escuelas, a los jóvenes, en los barrios– permitió abordar la prevención de consumos problemáticos en su dimensión individual, colectiva e institucional, desde una perspectiva territorial. Es decir, la producción de prácticas saludables como algo que no es ajeno a la vida cotidiana de los jóvenes y de la comunidad. Por otro lado, ese “acá no da” sobre los consumos de drogas se fue deslizando hacia otros ámbitos, permitiendo problematizar otros aspectos de la vida escolar, familiar y comunitaria “que no dan”. Esa combinación de acciones de prevención específica –aquellas que de manera explícita tratan de influir sobre el uso de drogas– con acciones de prevención inespecífica –aquellas sobre aspectos o ámbitos en un principio nada conectados con el uso de drogas– contribuye a reducir la estigmatización.

Como se muestra en los ejemplos, no se trata de planteamientos dicotómicos del tipo “bueno-malo” o “drogas no-drogas sí”, sino de regulaciones en clave de evitar riesgos, reducir daños y aumentar cuidados. El “rescatarse”, “bajar un cambio”, “no querer quedar enganchado” e incluso distinguir, cuándo sí o cuándo no, se traducen en ideas de la moderación con las drogas, y esa idea de moderación, más que la de la prohibición, permite abrir una puerta distinta para el diálogo.

En este sentido, el trabajo preventivo en clave de regulaciones y del fortalecimiento de capacidades individuales y colectivas para la toma de decisiones se traduce en la construcción de nuevos aprendizajes sociales que contengan aquello que se transforma en una posibilidad, una oportunidad o un valor, y excluyan todo aquello que pueda ser una amenaza, un problema o un límite.

El eje no está en la sustancia, sino en los sentidos que se atribuyen a ese consumo y el lugar que ocupa en la vida de adolescentes y jóvenes. No se trata de decir lo que deben hacer o no, sino de orientar las oportunidades y proveer espacios de protagonismo. Las estrategias están centradas en el desarrollo de habilidades sociales, interpersonales, afectivas, cognitivas y culturales. Pierde valor, desde este posicionamiento, esa demanda vigente de formación específica, ya que la prevención exige la comprensión global de adolescentes y jóvenes. En este sentido, más que una advertencia sobre los peligros del consumo de drogas, la prevención es promoción de respuestas alternativas ante situaciones cotidianas, es fortalecimiento de redes sociales, es adopción de nuevos lugares sociales.

Hacia una prevención transformadora

Intentar reducir los consumos problemáticos entre adolescentes y jóvenes, e incluso minimizar los efectos negativos relacionados con el consumo de drogas, es siempre una construcción y una experiencia. Impedir conductas de riesgo, retrasar la aparición del consumo, disminuir los daños, incluso detectar precozmente sujetos o grupos de alto riesgo, supone implementar prácticas pedagógicas problematizadoras: encuentros dinámicos y en permanente construcción, sensibles y respetuosos de los sujetos y los grupos, que faciliten un proceso activo y participativo de producción de salud.

Por proceso de producción de salud se alude a procesos de negociación de sentidos y transformación de prácticas, cuyos resultados sean el producto de un conjunto de acciones y estrategias de formación y prevención, promoviendo habilidades y la inclusión en otros escenarios sociales. Alejados de la lógica del déficit, se construyen dispositivos de intervención que focalizan el fomento de las capacidades, el refuerzo de las redes sociales de apoyo, y el fortalecimiento individual y colectivo de adolescentes y de adultos referentes. Al reconocer que los adultos son los articuladores responsables de promover, sostener y soportar los procesos de subjetivación de adolescentes y jóvenes, se hace impensado un trabajo de promoción de salud sin un trabajo con esos adultos referentes. Las relaciones entre ellos, escenarios de negociación permanente, se comprenden en términos de autoridad y de cuidados, y requieren de adultos con capacidad de atención y de escucha, capaces de establecer vínculos desde una ética del cuidado y una ética de la relación.

La ética del cuidado comprende la ecuación “cuidarse a sí mismo-cuidar a otros”, que tiene como condición el haber sido cuidado. Aprendemos a cuidarnos a partir de la introyección de figuras adultas que nos protegen y nos orientan. Y es ese registro el que también nos permite cuidar a otros. La ética de la relación implica reconocer a los adolescentes y a los jóvenes como sujetos de derechos, desde su diversidad y desde su potencia. Permite garantizar procesos graduales de construcción de autonomía en la medida en que como adultos se comprenden esas nuevas formas de ser y de hacer.

En síntesis, las prácticas de prevención transformadoras en relación con los usos de drogas en adolescentes y jóvenes:

* Requieren necesariamente de la participación y compromiso de adolescentes y adultos, generando diálogos intergeneracionales.
* Promueven el protagonismo y otros escenarios de inclusión social, desde una perspectiva de derechos.
* Ofrecen espacios de desarrollo gradual de autonomía y toma de decisiones.
* Trabajan con las representaciones sociales dominantes y hegemónicas sobre los jóvenes, los usuarios de drogas y las drogas.

Se habla de procesos de elaboración y reelaboración que promuevan cambios en la esfera de la subjetividad, al resignificarse las experiencias individuales; en la esfera de la intersubjetividad, al producirse la concientización de los actores y la construcción de nuevos significados compartidos, y en la esfera transubjetiva, al poder cuestionarse ese telón de fondo que constituyen los marcos de funcionamiento institucional, las presiones ideológicas y la estructuración de las relaciones sociales y de poder.

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EL LABERINTO DEL FAUNO

DROGAS

Artículos de este número

Graciela Touzé
Prefacio
Carlos Damín
Consumo de sustancias psicoactivas: cuándo es un problema
María Pía Pawlowicz
Ley de Salud Mental. Apuesta a un cambio de paradigma y oportunidades para una reforma en las políticas de drogas
Jorgelina Di Iorio
De la advertencia a la prevención transformadora: abordar los usos problemáticos de drogas en adolescentes y jóvenes
Dênis Roberto da Silva Petuco Rafael Gil Medeiros
Escenarios contemporáneos de la reducción de daños en Brasil
Paula Goltzman
Notas sobre el trabajo en drogas desde el territorio
Fernando Buen Abad Domínguez
Reinos culturales del crimen organizado
Brígida Renoldi
Droga, narcotráfico y seguridad: La disección de los monstruos
Juan Carlos Garzón Vergara
Duros contra los débiles, débiles frente a los duros. El impacto de la “guerra contra las drogas” en el accionar policial
José Alberto Sbattella
La acción contra el narcotráfico y el lavado de activos
Alejandro Corda
Criminalización de los usuarios de drogas en la Argentina
Corina Giacomello
Las mujeres en el debate internacional sobre políticas de drogas
Florencia Corbelle
Activismo cannábico: nuevo actor social
Julio Calzada Mazzei
Apuntes sobre la transición de las políticas de drogas en Uruguay

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