Ciencia y poder

Ciencia y poder

Por Inés Izaguirre

A lo largo de la historia, la cultura occidental y cristiana persiguió a todo aquel que pensara diferente. Esta lógica llevó a que hoy en día los científicos y su actividad sean cada vez más dependientes de los poderes dominantes. En las páginas que siguen, algunos ejemplos históricos de esta relación entre ciencia y poder.
 
Socióloga. Profesora Consulta UBA. Miembro Directivo APDH. Investigadora Instituto de Investigaciones "Gino Germani" - Facultad de Ciencias Sociales- UBA 


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Seg√ļn Ilya Prigogine, una de las mas importantes fechas en la historia de la humanidad fue el 28 de abril de 1686, d√≠a en que Isaac Newton present√≥ sus Principia a la Royal Society de Londres. Conten√≠a las leyes b√°sicas del movimiento junto a la clara formulaci√≥n de algunos de los conceptos fundamentales que todav√≠a hoy utilizamos: masa, aceleraci√≥n, inercia. El mayor impacto sin duda lo tuvo el libro III, el ‚ÄúSistema del Mundo‚ÄĚ, que conten√≠a la ley universal de la gravitaci√≥n.

El mismo a√Īo que mor√≠a Galileo en Florencia ‚Äď1642‚Äď nac√≠a Newton. Le toc√≥ a √©l reivindicar el pensamiento cient√≠fico sobre el universo, y con ello a Galileo, obligado por la Inquisici√≥n a abjurar en 1633 de sus convicciones cient√≠ficas bajo amenaza de tortura. Las amenazas no eran vanas. Pocos a√Īos antes, en 1600, Giordano Bruno, monje dominico, astr√≥nomo y fil√≥sofo fue quemado en Roma, en una hoguera erigida en la plaza Campo dei Fiori, por negarse a abjurar de sus creencias, b√°sicamente similares a las de Galileo.

Hubo que esperar al papa Juan Pablo II para la reivindicaci√≥n personal de Galileo, aunque la Comisi√≥n del Santo Oficio sigui√≥ diciendo ‚Äďen ¬°1992!‚Äď ‚Äúque Galileo no hab√≠a logrado demostrar su teor√≠a helioc√©ntrica‚ÄĚ, con lo que el Vaticano sigui√≥ d√°ndose la raz√≥n (ignorante y obstinada) a s√≠ mismo.

Afortunadamente, aunque por razones puramente terrenales y afectivas, Enrique VIII de Inglaterra hab√≠a roto con el papado en 1534 porque no le permit√≠a casarse con Ana Bolena, antes que naciera Galileo, y esa decisi√≥n ‚Äďaunque probablemente el rey no lleg√≥ a saberlo‚Äď no s√≥lo contribuy√≥ al desarrollo capitalista de Inglaterra sino tambi√©n al liberalismo de las ideas que siempre diferenci√≥ a la aristocracia inglesa de sus pares del continente. Por eso mientras en Inglaterra hab√≠a surgido una Royal Society formada por lores cultos dispuestos a evaluar nuevos conocimientos, en Europa permanec√≠a gobernando ideol√≥gicamente el Tribunal de la Inquisici√≥n, desde el siglo IV en que los emperadores romanos declararan al cristianismo religi√≥n de Estado hasta nuestros d√≠as. Para la misma √©poca que en Inglaterra pero sobre todo en el continente, se fue difundiendo la reforma de Lutero. Y la de Calvino, sobre todo en Ginebra. Ambas buscaban terminar con la corrupci√≥n de la Iglesia Cat√≥lica y con la obediencia a los papas romanos. El resultado fue la creaci√≥n de diversas divisiones en el seno del catolicismo combinadas con la obediencia a los distintos reyes, lo que prepar√≥ el terreno para el avance de la libertad de pensamiento. La estructura monol√≠tica del catolicismo romano se hab√≠a resquebrajado.

La Inquisici√≥n como estructura ‚Äďactual‚Äď del sistema penal

Seg√ļn sostiene el juez Zaffaroni en nuestros d√≠as, nuestro orden jur√≠dico penal ‚Äďy el de los pa√≠ses latinoamericanos‚Äď sigue rigi√©ndose por criterios inquisitoriales. Cuenta de esto da en una entrevista realizada el 9 de septiembre de 2012 por el semanario Miradas al Sur. All√≠, Zaffaroni nos dice que ‚Äúla estructura del discurso inquisitorial se mantiene. La Edad Media en ese sentido, no ha terminado. Lo que pasa es que del discurso inquisitorial no se mantiene el contenido, sino la estructura. Es como si fuera un modelo y lo rellenamos con informaci√≥n. Es el programa lo que se mantiene y est√° perfectamente vivo‚ÄĚ.

Ya en los varios concilios habidos en la Baja Edad Media se hab√≠an levantado voces contrarias a la crueldad de las penas: la tortura, el caminar sobre tizones y, la m√°s com√ļn, la hoguera. Cuando los acusados se negaban a abjurar de sus creencias, la Iglesia trasladaba el poder a los pr√≠ncipes o a los reyes para la ejecuci√≥n de la pena capital.

La Inquisición también se trasladó a América con la Conquista. Funcionó en México, Lima y Cartagena de Indias donde el Inquisidor general fue Torquemada, cuyo nombre ha quedado simbólicamente fijado a todo lo que representa persecución y caza de brujas.

Recién en 1908, con Pío X, la Inquisición pasó a llamarse Sagrada Congregación del Santo Oficio y volvió a depender de los papas.

Persecución ideológica

Casi simultáneamente a Galileo y Newton, encontramos a otros tres exponentes de la filosofía, la ética y la matemática que debieron experimentar también intolerancia y persecución. Nos referimos a René Descartes (francés), Baruj Spinoza (holandés) y Gottfried Leibniz (alemán), los tres grandes racionalistas de la filosofía del siglo XVII.

Descartes (1596-1650), acusado por renegar del pensamiento escol√°stico y del silogismo aristot√©lico, m√©todos que se ense√Īaban en las universidades, y que eran ampliamente aceptados por el pensamiento eclesial.

A Baruj Spinoza (1632-1677), por sostener que la verdadera libertad del hombre está en el pensamiento y que su sumisión está en la religión, se lo acusó de ser iniciador del ateísmo, lo que lo obligó a apartarse de la comunidad judía de Amsterdam y vivir en las afueras de la ciudad.

En cuanto a Gottfried Leibniz (1646-1716), nacido en Hannover, Alemania, fue el que m√°s se dedic√≥ a la l√≥gica y la matem√°tica y desarroll√≥ el c√°lculo infinitesimal en forma independiente de Newton. Tambi√©n invent√≥ el m√©todo binario, que es la base de la actual teor√≠a computacional, y una m√°quina de calcular que realizaba las cuatro operaciones, la que fue presentada ante la Royal Society de Londres, que por ello lo nombr√≥ ‚Äúmiembro externo‚ÄĚ. Pero carec√≠a de bienes, y debi√≥ depender para sobrevivir de dos nobles alemanes que actuaban en pol√≠tica y le hac√≠an redactar la ‚Äúhistoria‚ÄĚ de sus familias. En Par√≠s recibi√≥ el respeto de Diderot, que lo consideraba un sabio, pero fue permanentemente burlado por Voltaire, que ten√≠a grande y perniciosa influencia en el medio intelectual. Con Leibniz se advierte ya el funcionamiento de la competitividad capitalista.

El capitalismo se expande y se desarrolla

Ya en el siglo XVIII las clases dirigentes europeas arribaban a un estadio en que necesitaban adquirir certezas: la certeza de que el mundo de la naturaleza era previsible, medible, manejable, y que era posible producir cambios en él.

Cuando muere Leibniz todavía faltaba un siglo y medio para que nacieran las ciencias sociales, y para que los creadores más rigurosos del siglo XIX, Marx y Engels, sufrieran las mismas persecuciones que sus predecesores de las ciencias de la naturaleza y de la filosofía, aunque no por los mismos poderes. Hacia mediados del siglo XIX ya estaba consolidada la burguesía como clase, que constituía el nuevo poder que se sentiría amenazado por el pensamiento científico sobre la economía política y sobre las clases.

La etapa de la dominación religiosa de la humanidad iba cediendo su lugar a la dominación del capital y sus propietarios, que eran los nuevos poderes.

La vida de Carlos Marx (1818-1883) y de sus colaboradores es el mejor ejemplo de cómo el poder del capital no iba a permitir la libre circulación de las ideas ni el activismo de los pensadores radicales con los grupos revolucionarios ni con la clase obrera. Hijo de una familia culta, nacido en Tréveris, su padre era un abogado judío que se hizo protestante en 1824. Terminó sus estudios universitarios de Derecho, Historia y Filosofía primero en Bonn y luego en Berlín en 1841. Volvió a Bonn porque quería ser profesor, pero la Universidad había echado de su cátedra a Ludwig Feuerbach y a Bruno Bauer. Tomó entonces la decisión de no ingresar a la carrera de profesor y de dedicarse al periodismo.

Escribi√≥ en la Gaceta del Rhin, en Bonn, junto con Bruno Bauer, y de all√≠ se traslad√≥ a Colonia. Se cas√≥ en 1843 con Jenny von Westphalen y se fueron a Par√≠s. All√≠ se reunir√≠a con Engels, con quien ser√≠an desde entonces amigos inseparables. Ambos activaron en los grupos revolucionarios, en un per√≠odo de gran conmoci√≥n social. En 1845 el gobierno prusiano ‚Äďque no lo soportaba ni siquiera en el pa√≠s vecino‚Äď pidi√≥ que lo expulsaran de Par√≠s por ‚Äúrevolucionario peligroso‚ÄĚ.

Vivir peligrosamente

Se traslad√≥ a Bruselas y all√≠ se afiliaron con Engels a la Liga de los comunistas, que les encarg√≥ la redacci√≥n del Manifiesto Comunista, que publicaron por primera vez en Londres ‚Äďen 1848‚Äď en el mismo momento en que triunfaba la primera revoluci√≥n proletaria en varias ciudades del continente, aunque tardar√≠a tan s√≥lo cuatro meses en ser aplastada. A partir de ese momento se dedicaron a analizar la lucha de clases en Francia, cuya historia y cuya econom√≠a Marx conoc√≠a profundamente.

Cuando la revoluci√≥n fue derrotada, Marx fue expulsado de B√©lgica. Volvi√≥ a Par√≠s y luego a Colonia. Nuevamente lo expulsaron, y decidi√≥ irse a Londres en 1849, donde pasar√≠a el resto de su vida. Fueron a√Īos muy penosos porque la miseria era abrumadora, pese a la ayuda de Engels. All√≠ se dedic√≥ a estudiar econom√≠a pol√≠tica y a escribir. El dinero que le llegaba por sus art√≠culos period√≠sticos en el New York Daily Tribune era insuficiente en relaci√≥n a la cantidad de horas que empleaba en ello.

Apenas producido el golpe de Estado de Luis Bonaparte, el sobrino de Napole√≥n, Marx escribi√≥ sin hesitar, en cuatro meses, entre diciembre de 1851 y marzo de 1852, El 18 Brumario de Luis Bonaparte. Su amigo editor Jos√© Weydemeyer se hab√≠a trasladado a Nueva York y all√≠ editaba una revista mensual que se llam√≥ Die Revolution, cuyo primer n√ļmero incluy√≥ √≠ntegro el texto del 18 Brumario en mayo de 1852. Marx decidi√≥ enviar algunos cientos de ejemplares a Alemania, pero el librero a quien le pidi√≥ que se encargara de la venta rechaz√≥ indignado su ‚Äúinoportuna pretensi√≥n‚ÄĚ.

O sea que las condiciones pol√≠ticas objetivas de Europa, y menos de Alemania, no resist√≠an un texto de an√°lisis cient√≠fico-pol√≠tico incisivo y profundo como este ni que sus autores ni sus difusores pod√≠an permitirse la cr√≠tica descarnada de los personajes concretos del poder gubernativo de su tiempo sin sufrir las consecuencias. El poder hab√≠a cambiado de manos pero segu√≠a siendo intolerante y represor. Habr√≠a que esperar hasta 1869 ‚Äאּcasi dos d√©cadas!‚Äď para que apareciera la 2¬™ edici√≥n del 18 Brumario en Hamburgo, Alemania.

Se trata de un texto cl√°sico, original, que pinta de cuerpo entero al aventurero Luis Bonaparte, sobrino de Napole√≥n. Tenemos all√≠ la mejor descripci√≥n de la estructura econ√≥mica agraria de Francia, y el uso que hace Bonaparte de esa gran masa aislada y despolitizada del campesinado franc√©s, y la creaci√≥n de los grupos de choque de la ‚ÄúSociedad del 10 de diciembre‚ÄĚ de 1848, fecha de las elecciones que lo consagran presidente. Este grupo constitu√≠a un peque√Īo ej√©rcito privado a su servicio, formado por desclasados ‚Äďl√ļmpenes‚Äď de todas las clases, civiles y militares, listos para el asesinato, el robo y la intimidaci√≥n, que lo acompa√Īan en su ascenso desde presidente de la rep√ļblica a su parodia de restauraci√≥n imperial del 2 de diciembre de 1851. Pagados en su mayor√≠a con salarios del Estado, son antecedentes directos de otros grupos similares, necesarios a toda dictadura burguesa en descomposici√≥n, como ocurrir√° m√°s de un siglo despu√©s con nuestra Triple A.

Ese conjunto abigarrado conducido por ese ‚Äúpayaso serio, con careta napole√≥nica‚ÄĚ es lo que constituye en Francia el partido del orden, otro hallazgo conceptual de Marx.

Evidentemente un an√°lisis de este tipo no pod√≠a ser publicado en ning√ļn pa√≠s europeo sin que se produjera un conflicto pol√≠tico o diplom√°tico: la burgues√≠a francesa, que desde 1789 ven√≠a derrotando todas las revoluciones proletarias, no pod√≠a tolerarlo.

Con la terminaci√≥n de los primeros cap√≠tulos de El Capita alrededor de 1859, que Marx iba escribiendo en Londres en idioma alem√°n, hab√≠a logrado analizar hasta las √ļltimas consecuencias c√≥mo funcionaba este nuevo poder, pero no hab√≠a encontrado editores en Alemania ni en Francia pues estos corr√≠an tanto riesgo como los autores.

Simult√°neamente, otro investigador de enorme originalidad, Charles Darwin, publicaba El origen de las especies, tambi√©n en 1859, con lo que sentaba las bases de la biolog√≠a moderna, que escandaliz√≥ a la Iglesia romana y a varias de sus sectas. Marx y Engels sent√≠an gran respeto por Darwin, como lo manifestaron en numerosas oportunidades, sobre todo despu√©s que el naturalista terminara su viaje por el mundo y declarara su simpat√≠a por la entonces llamada raza negra, y se√Īalara la enorme cantidad de prejuicios interesados con que la antropolog√≠a blanca fundamentaba el esclavismo y el dominio colonial.

En noviembre de 1864, cuando la Royal Society premia a Darwin, sus amigos m√°s cercanos fundaban el famoso ‚ÄúClub X‚ÄĚ, dedicado a la ciencia pura y libre, liberada de dogmas religiosos.

Pero ya hacía tres siglos largos que Enrique VIII e Isabel I habían expulsado de su territorio al poder eclesiástico. Sólo que las ventajas de aquella ruptura se hacían visibles recién ahora.

El poder y la ciencia

Ya en los comienzos del siglo XX, la cr√≠tica de las innovaciones cient√≠ficas se sigui√≥ ejerciendo, aunque no siempre porque el poder econ√≥mico se sintiera directamente amenazado, sino porque se conmov√≠a el andamiaje de prejuicios que permit√≠a distinguir entre ‚Äúlo bueno‚ÄĚ y ‚Äúlo malo‚ÄĚ, sobre todo en t√©rminos de conducta sexual y de moral peque√Īoburguesa. Es interesante observar lo ocurrido con el psicoan√°lisis y con Sigmund Freud cuando descubri√≥ que ¬°los ni√Īos ten√≠an sexualidad! y que las mujeres que √©l llam√≥ hist√©ricas estaban ¬°reprimidas e insatisfechas sexualmente! Y lo peor: ¬°que su sociedad rechazaba las dos cosas! Pese a que Galeno, desde el siglo II de nuestra era hab√≠a descubierto la hysteria y la hab√≠a tratado con masajes p√©lvicos.

En realidad, como lo ha mostrado Foucault, nunca la represi√≥n de la sexualidad fue tan dr√°stica como desde mediados del siglo XVIII ‚Äďgracias a la hipocres√≠a burguesa‚Äď y nunca, tampoco, se habl√≥ tanto de sexo, ni se intent√≥ con tanto √©nfasis recluirlo en los consultorios m√©dicos o reducirlo a los espacios ilegales del mercado sexual. Nuevamente ser√≠a Inglaterra el lugar donde se patentar√≠a un vibrador en 1880, el primer artefacto electromec√°nico manual dirigido al mercado m√©dico.

Freud, en su tratamiento de la histeria femenina, no us√≥ procedimientos mec√°nicos. La cura era la palabra. En el clima social opresivo de Austria posterior a la Primera Guerra Mundial, sus descubrimientos sobre sexualidad le valieron cr√≠ticas posteriores por ‚Äúexceso de prudencia‚ÄĚ. Pero vale la pena recordar a sus cr√≠ticos que el mundo intelectual y social de Europa en el primer tercio del siglo XX era amenazante. Un mundo que preparaba el advenimiento del nazismo y donde se ejerc√≠an violentos castigos sistem√°ticos sobre los ni√Īos, en la creencia, prolongada hasta nuestros d√≠as, de que el castigo es el complemento necesario de toda educaci√≥n.

A mediados del siglo XIX se difunden en Alemania, y se popularizan al punto de merecer unas 40 reediciones y la traducci√≥n a varios idiomas europeos, algunos de los textos reunidos por Katharina Rutschky en su famosa Pedagog√≠a negra, y que son conocidos por nosotros a partir de la psicoanalista polaca Alice Miller, cuyos libros acaban de ser afortunadamente reeditados. En aquellos textos se describen con detalle las terribles palizas y otras violencias f√≠sicas y psicol√≥gicas ejercidas sobre los ni√Īos en nombre de ‚Äúense√Īar a obedecer‚ÄĚ. A partir del an√°lisis de tales experiencias Alice Miller denunci√≥ y construy√≥ conocimiento sobre los efectos demoledores de dichas pr√°cticas en la primera infancia, incluida la de los principales l√≠deres nazis, entre ellos Hitler.

El pensamiento aut√≥nomo ha sido, y es, ‚Äúpeligroso‚ÄĚ

Desde que emergi√≥ en el horizonte pol√≠tico mundial un proceso revolucionario anticapitalista real en 1917, todos los esfuerzos de la inteligencia de las burgues√≠as capitalistas estuvieron dirigidos a su derrota. Al final de la II Guerra Mundial, durante la cual se hab√≠a logrado un fuerte debilitamiento militar de la Uni√≥n Sovi√©tica, el objetivo pol√≠tico del proceso que desde entonces se llam√≥ guerra fr√≠a fue terminar con el anticapitalismo, encarnado por el marxismo, el comunismo y por todos los grupos pol√≠ticos ‚Äúsubversivos‚ÄĚ o los gobiernos que sustentaran tales ideas. Cuarenta a√Īos tardar√≠a el nuevo imperio en conseguir la implosi√≥n del llamado socialismo real.

La forma que asumi√≥ al interior de Estados Unidos este objetivo estrat√©gico fue la persecuci√≥n ideol√≥gica que se conocer√≠a como macartismo, fundamento de lo que se llam√≥ en nuestros pa√≠ses doctrina de la seguridad nacional. Ocup√≥ en ese pa√≠s ‚Äďy en los nuestros‚Äď un espacio similar al de la Inquisici√≥n en Europa, con su pol√≠tica de delaci√≥n y de terror.

Tal como vimos a lo largo de este art√≠culo, no resulta dif√≠cil encontrar en las persistentes ra√≠ces de la ‚Äúcultura occidental y cristiana‚ÄĚ la persecuci√≥n ideol√≥gica feroz del subversivo, y su transformaci√≥n posterior en delincuente subversivo, pasando por los diversos atributos nominados por los norteamericanos en las dos √ļltimas d√©cadas, hasta llegar al terrorista. Dos siglos despu√©s, se hab√≠an unido el poder de la burgues√≠a capitalista y el de la Iglesia Cat√≥lica.

En nuestro país ese disciplinamiento social del pensamiento científico, tanto de las ciencias naturales como sociales, comenzó en la década de los ’60, durante la dictadura militar iniciada por Onganía, autodenominada Revolución Argentina, que duró, con distintos liderazgos, desde 1966 hasta 1973 y se propuso en sus primeros meses la intervención y/o la ocupación militar de las universidades nacionales, consideradas como focos de subversión, lo que produjo la renuncia, cesantía o exilio de los mejores docentes e investigadores.

En ese per√≠odo se logr√≥ interrumpir en la Argentina los procesos de investigaci√≥n y de producci√≥n intelectual y se aprovech√≥ para confeccionar las ‚Äúlistas‚ÄĚ de universitarios que ser√≠an aniquilados a lo largo de esos a√Īos, sobre todo a partir de 1974.
El cuadro 1 permite ver la envergadura de ese aniquilamiento en nuestro país:

Cuadro 1 Argentina 1973-83: Muertos y desaparecidos. Antes y despu√©s del 24 de marzo de 1976, clasificados seg√ļn sean universitarios o no y seg√ļn militancia conocida

(*) Porcentajes calculados sobre total de población aniquilada en el período.
(**) Porcentajes calculados sobre total de universitarios
Fuente: Elaboraci√≥n propia. Investigaci√≥n ‚ÄúEl genocidio en la Argentina‚ÄĚ. In√©s Izaguirre y equipo . Datos al 21-11-2010.

Afortunadamente hoy estamos juzgando a los genocidas de uniforme, y se ha comenzado con el juzgamiento de los más responsables, los genocidas del poder económico, político, clerical y judicial. Y para ello sí, es necesario saber más.

Acumulación y globalización capitalista

El punto de partida de estas reflexiones se asienta en las condiciones en que se está desarrollando el modo capitalista de producción a comienzos del siglo XXI: se trata de una contrarrevolución capitalista mundial iniciada hace apenas tres décadas, que ha logrado extender y profundizar al máximo lo que son las contradicciones esenciales del modo de producción.

En los √ļltimos treinta a√Īos se produjo en el mundo una verdadera revoluci√≥n cient√≠fico t√©cnica, ligada al desarrollo de nuevas energ√≠as y nuevas tecnolog√≠as que est√° vinculada al desarrollo hist√≥ricamente in√©dito de la ley de acumulaci√≥n: nunca hubo en el mundo una acumulaci√≥n mayor de riqueza y poder en manos de los sectores dominantes, ni un crecimiento y expansi√≥n de la miseria y pobreza extremas como los actuales.

Tenemos que tener claro el papel decisivo que le ha cabido a la ciencia en ese desarrollo. Los científicos y su actividad no sólo han sido cada vez más productivos, sino más heterónomos y dependientes de los poderes dominantes.

El car√°cter social del conocimiento, que es cada vez m√°s social, o sea cada vez m√°s resultante del esfuerzo articulado de muchos, est√° en contradicci√≥n cada vez m√°s aguda con su apropiaci√≥n privada, que es privilegio de pocos. Cabe recordar aqu√≠ un ejemplo fuertemente ilustrativo de esto que decimos, como la propaganda llevada adelante por la multinacional Monsanto, dirigida a ‚Äúdemostrar la inocuidad‚ÄĚ del herbicida glifosato de su marca (Roundup), judicialmente condenado en diversos pa√≠ses desde fines de la d√©cada del ‚Äô30, que paga escrupulosamente sus cuantiosas multas por las v√≠ctimas que provoca, sin que ninguno de sus directivos haya ido preso y sin que el producto sea retirado de la venta, porque lleva la leyenda ‚ÄúNo debe ser fumigado a menos de 500 metros de zonas pobladas‚ÄĚ, recomendaci√≥n que por supuesto ninguna autoridad vigila que se cumpla, como lo ha mostrado magistralmente la periodista Marie Monique Robin en el documental El mundo seg√ļn Monsanto.

Como nos recordó el Premio Nobel de Química Ilya Prigogine cuando la Universidad Nacional de San Luis, Argentina, le otorgó el doctorado honoris causa en 1994:
‚ÄúLa ciencia no s√≥lo tiene relaci√≥n con el poder, sino con la √©tica. No se pueden separar problemas cient√≠ficos de problemas √©ticos‚Ķ Existe el peligro de la ignorancia. Y de que las decisiones las tome un grupo peque√Īo de personas, por la ignorancia del resto. Es necesario poner √©nfasis en la educaci√≥n. Y se√Īalo el rol primordial de los medios de comunicaci√≥n masiva en la difusi√≥n del conocimiento‚ÄĚ.

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Ciencia y Poder

Art√≠culos de este n√ļmero

Oscar Varsavsky 1920-1976
Ciencia, política y cientificismo
Bruno Capra
En torno a las definiciones de Ciencia y Poder
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Ciencia y poder: una relación compleja
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