Ciencia, política y cientificismo

Ciencia, política y cientificismo

Por Oscar Varsavsky (1920-1976)

¿Qué debe hacer un científico cuando llega a la conclusión de que esta sociedad necesita un cambio radical? A continuación, una crítica de la ciencia actual y su gradual conversión al cientificismo o ciencia hecha con espíritu empresarial.
 
Doctor en Química por la UBA. Profesor en la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA y en las Universidades del Sur, de Cuyo y de Caracas. Miembro desde 1958 y hasta su muerte del CONICET


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El siguiente texto es el capítulo II del libro Ciencia, política y cientificismo, escrito por el autor en 1969. La actualidad y vigencia del mismo merece un lugar de privilegio en nuestra revista. Al autor, todo nuestro reconocimiento por pensar los problemas de nuestra sociedad y proponer alternativas para su resolución.

Ciencia politizada

Hay científicos cuya sensibilidad política los lleva a rechazar el sistema social reinante en nuestro país y en toda Latinoamérica. Lo consideran irracional, suicida e injusto de forma y fondo; no creen que simples reformas o “desarrollo” puedan curar sus males, sino sólo disimular sus síntomas más visibles. No aceptan sus normas y valores –copiados servilmente, para colmo, de modelos extranjeros–; no aceptan el papel que el sistema les asigna, de ciegos proveedores de instrumentos para uso de cualquiera que pueda pagarlos, y hasta sospechan de la pureza y neutralidad y apoliticismo de las elites científicas internacionales al imponer temas, métodos y criterios de evaluación.

A estos científicos rebeldes o revolucionarios se les presenta un dilema clásico: seguir funcionando como engranajes del sistema –dando clases y haciendo investigación ortodoxa– o abandonar su oficio y dedicarse a preparar el cambio del sistema social como cualquier militante político. El compromiso usual ante esta alternativa extrema es dedicar parte de tiempo a cada actividad, con la consiguiente inoperancia en ambas.

Este dilema tiene un cuarto cuerno, mencionado muchas veces pero a nivel de slogan: usar la ciencia para ayudar al cambio del sistema, tanto en la etapa de lucha por el poder como en la de implementación –y definición concreta previa– del que lo va a sustituir.
Sostengo que esto es mucho más que un slogan, o puede serlo, pero requiere un esfuerzo de adaptación muy grande por parte de los científicos; tal vez mayor que abandonar la ciencia por completo: es más difícil soportar la etiqueta de pseudo científico que de ex científico.

Pero creo que además que la llamada “ciencia universal” de hoy está tan adaptada a este sistema social como cualquier otra de sus características culturales, y por tanto el esfuerzo por desarrollar la investigación seria del cambio total puede producir, a plazo no muy largo, una ciencia no sólo revolucionaria sino revolucionada.

Con estas páginas quiero provocar una discusión más a fondo de esta alternativa: sus dificultades, posibilidades e implementación en el contexto argentino (aunque muchas de las conclusiones resulten igualmente válidas para otros países dependientes).

Nótese que esta posición está emparentada con el constante llamamiento a ocuparse de los “problemas nacionales” y a hacer ciencia aplicada o funcional, que muchos veníamos haciendo –y a veces practicando– en la universidad. Esta prédica era insatisfactoria porque la tendencia natural era a interpretarla como reformismo o desarrollismo: búsqueda de soluciones dentro del sistema.

Así, cuando en innumerables reuniones de profesores en la Facultad de Ciencias Exactas planteábamos esta problemática nacional, el resultado más positivo era que los físicos prometieran ocuparse un poco más de semiconductores; los químicos, de procesos industriales, y los biólogos de los problemas pesqueros, con variantes de igual “trascendencia” para el cambio. Indudablemente eso era preferible a dedicar todos los esfuerzos a estudiar partículas elementales, topología algebraica o metabolismos de carbohidratos; pero cuando apoyábamos al Departamento de Industrias, al Instituto de Cálculo o al de Biología Marina, nos quedaba la amarga y tácita sospecha de que tal vez a eso lo aprovechaba más el sistema que el país.

Esa sospecha era correcta y hemos tardado demasiado tiempo en descubrirlo. Nos queda el consuelo de tontos de ver que las ideas al respecto tampoco están muy claras entre los intelectuales del resto del mundo, de todas las tendencias. Por eso, muy lejos de mí la intención de pensar esto como “autocrítica”. La alternativa que estoy discutiendo es en la práctica muy diferente a esa problemática nacional, pero cabe formalmente en la misma denominación ya que supone reconocer que el problema nacional por excelencia es el cambio del sistema. No hay riesgo de confundir lo siguiente con desarrollismo: La misión del científico rebelde es estudiar con toda seriedad y usando todas las armas de la ciencia, los problemas del cambio de sistema social, en todas las etapas y en todos sus aspectos, teóricos y práctico. Esto es hacer “ciencia politizada”.

Por qué no se planteó antes en serio esta misión en nuestro país es difícil de comprender cuando se examinan las enormes dificultades que se presentaban:
1) La mayoría de los científicos argentinos –aún los que se decían de “izquierda”– creían fervorosamente en una imagen de la ciencia, sus valores, su misión, que podemos llamar “cientificismo” (aunque este término fue usado de muy diversas maneras, no siempre claras).

Un cientificista no puede aceptar ocuparse de problemas relacionados con la política porque esa no es una actividad científica legítima según las normas de quienes desde el hemisferio Norte orientan las actitudes y opiniones de nuestros investigadores y sancionan virtudes y pecados. En todo caso ese campo corresponde reservarlo a la Ciencia Política, que es considerada una ciencia de segunda categoría.

2) Era un salto en el vacío que requería una gran autonomía de pensamiento y el rechazo de casi todos los esquemas teóricos ortodoxos. No había un concepto claro de su contenido. No existían recetas establecidas para superar la etapa declarativa y llevar una proposición a la práctica: por dónde empezar, cuáles son los marcos de referencia, cómo se hace un plan de trabajo, qué papel tiene un físico en ella, por ejemplo. ¿No alcanza acaso con que se ocupen de eso los científicos sociales? Aun para estos parecía un campo muy difuso y general: más ideología que ciencia concreta, muy difícilmente atacable con un bagaje teórico del hemisferio Norte, el único disponible. Como hemos dicho, no era otra cosa que un slogan.

3) No había fuerza política. Sólo en broma podía pensarse que la Facultad propusiera semejante campo de investigación a sus docentes sin ser intervenida a las 24 horas. Tampoco dentro de la Facultad era mayoría –ni mucho menos– el grupo de quienes condenaban globalmente el sistema social actual. Por otra parte, proponer abiertamente que la investigación se oriente por motivos ideológicos huele peligrosamente a totalitarismo.

4) No había convicción política: la posibilidad de que el simple desarrollo científico y tecnológico a la manera del hemisferio Norte facilitara el cambio a la larga, era muy atractiva frente a las escasas perspectivas de una acción directa. Trataremos ahora de analizar estas dificultades –de iniciar su análisis, sería más correcto decir– y ver qué salidas han tenido o pueden tener.

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Ciencia y Poder

Artículos de este número

Oscar Varsavsky 1920-1976
Ciencia, política y cientificismo
Bruno Capra
En torno a las definiciones de Ciencia y Poder
Inés Izaguirre
Ciencia y poder
Jorge Oscar Marticorena
Ciencia y poder: una relación compleja
Gabriel N. Barceló y Marina A. Pistorio
El otro triángulo del Conocimiento: Ciencia, tecnología y poder
Roberto Kozulj
Ciencia, poder y globalización: ¿qué espacios, qué ciencia, que políticas?
Ana María Vara
Un nuevo ethos para la ciencia y el conflicto de interés financiero
Sara Rietti
Hacia una política científica y tecnológica propia, para un modelo alternativo en el marco de Unasur
Martín A. Isturiz
El conocimiento como instrumento de soberanía
Enrique Martínez
La ciencia, instrumento de poder
Tomás Buch
Tecnología y trabajo
Erica Carrizo y Victoria Alfonso
Las políticas de CyT y el “estilo de desarrollo”: un proyecto inconcluso
Eduardo Mallo
Ciencia, tecnología y política en la Argentina. La persistencia de perspectivas divergentes
Diego Hurtado
La construcción de la Argentina como país proliferador
Cecilia Gárgano y Pablo Souza
Investigación pública orientada al agro en la Argentina: apropiación, trayectorias y disputas
Martín Schorr y Andrés Wainer
Industria y tecnología. Evolución del perfil del intercambio comercial manufacturero en la Argentina reciente

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