Ceferino, el sustituto

Ceferino, el sustituto

Por Celina San MartĂ­n

A partir de la figura del santo, la autora se pregunta por lo que quedó “afuera”, invisibilizado tras una imagen construida sobre operaciones de violencia simbólica y borramiento del trauma ejercido sobre los pueblos originarios.
 
Ceferino inscribe “su” biografía. Collage por Celina San Martín.

Licenciada en Ciencias AntropolĂłgicas y Doctoranda en elInstituto de ArqueologĂ­a de la Facultad de FilosofĂ­a y Letras de la Universidad de Buenos Aires



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Bibliografía consultada: Fuerza de Ley. El “fundamento místico de la autoridad” (1997) y De la Gramatología (2012 [1967]), de Jacques Derrida.

Una pregunta frecuente que me hago cuando veo una estampita de Ceferino NamuncurĂĄ es si hay un Ceferino por fuera de su bio-grafĂ­a archivada por el dispositivo misional salesiano. Si hay algo como un rastro no consignado, ÂżcĂłmo es posible seguirlo?

Bordear el signo

ÂżQuĂ© hay por fuera de la violencia archivadora? ÂżCĂłmo podemos acceder a una memoria por fuera de esta? ÂżQuĂ© puede existir por fuera de la larga cadena de circulaciĂłn, aplazamiento, borramiento e “intercambio”? Es decir, Âżhay algo que estĂ© por fuera y preste fundamento a este juego de reconocimientos? Por fuera de un Ceferino gauchito con poncho, un Ceferino popular como su compañero Gardel, un Ceferino estudiante que se esforzĂł como Domingo Savio, un Ceferino cura que no llegĂł a concretarse sino como promesa, un Ceferino historieta, un Ceferino re-mapuchizado, un Ceferino antropologizado... Entonces, Âżhay algo por fuera de todos estos Ceferinos aceptados y aceptables? ÂżAlgo por fuera del Estado-naciĂłn, de los salesianos, de los regĂ­menes e instituciones normalizadoras de los cuerpos? Si viniera “el verdadero Ceferino”, si lo tuviĂ©ramos en frente, ÂżpodrĂ­amos reconocerlo?
La respuesta afirmativa supone que es posible replegar la subjetividad y deconstruir los modos en que las formaciones discursivas han sido interiorizadas de manera más o menos forzada. Reconstruir una historia de represiones y supresiones internas, incorporadas a partir de una presión ejercida sobre el “propio” cuerpo, la “propia” memoria, la “propia” historia. Un trabajo constante y quizás infinito sobre la prótesis (esa exterioridad internalizada) en busca de eso que llamamos “propio”. Así, despojados de todo lo que “nos pusieron/pusimos encima”, podríamos estar purificados, a un lado nosotros y al otro Ceferino, y de este modo acceder a la verdad.

La respuesta negativa supone que Ceferino en tanto sĂ­mbolo “flotante”, o “indecidible” en sus sentidos, al mismo tiempo que abre la posibilidad de conocerlo, tambiĂ©n la cierra. En tanto don, Ceferino nos fue ofrecido para fijar un pasado –el de los indios redimidos– y prometer un futuro –el de los indios redimidos–. Aquello que como pasado no puede volver, y aquello que como futuro puede acontecer. Como sĂ­mbolo estabiliza una frontera, un origen, estructurando una relaciĂłn jerĂĄrquica de subalternidad; al encauzar una cadena de significantes intercambiados, intercambiables, que han corrido, corrientes, comunes, comunicadores. En este sentido, Ceferino se realiza en un continuo llevar y traer que vincula y relaciona, comunica y comunaliza. En tanto estampita circulante, don, es reproducido hasta en ese mĂ­nimo acto simbĂłlico, convirtiĂ©ndose Ă©l mismo en ese sacrificio imperceptible del pasado indĂ­gena al futuro cristiano. Como una prĂłtesis, Ceferino funda en quienes participan de Ă©l esa experiencia sobre la que se edifica lo comĂșn, un sentido de pertenencia, una vivencia de origen que se traduce como archivo disponible.

Dice Jacques Derrida: “En tanto sustituto, [el suplemento] no se añade simplemente a la positividad de una presencia, no produce ningĂșn relieve, su sitio estĂĄ asegurado en la estructura por la marca de un vacĂ­o. En algĂșn lugar algo no puede llenarse consigo mismo”. En consecuencia, Ceferino (o Ceferinos), por su capacidad de hacer confluir en Ă©l una variedad de cadenas significantes que captura, reencauza y disemina, estĂĄ ofrecido, es ofrecido para ocupar el lugar de un vacĂ­o cotidiano imperceptible sobre el cual se sostiene todo un universo simbĂłlico posible.

Este vacĂ­o es suplido de muchas maneras. Por ejemplo, como da a conocer el BoletĂ­n Salesiano en 1879, por “el primer fruto de aquella tierra, hasta ahora infecunda, por haber estado privada del rocĂ­o de la divina palabra”. Siendo que los primeros frutos antes fueron flores, a Ceferino le toca “el lirio precioso y raro de las pampas patagĂłnicas”, como reseña otra de las tantas estampitas que circulan. Pero el vacĂ­o que ocupa Ceferino no es solo el del “desierto” patagĂłnico, que es a su vez otro de sus nombres. El vacĂ­o, el origen que, en tanto sustituto, Ceferino suple es tambiĂ©n algo tan innombrable como un campo de concentraciĂłn en el medio de la Patagonia. La misiĂłn, la reducciĂłn, el sedentarismo, la instrucciĂłn en colegios alejados, el trabajo, el progreso borronean el campo de concentraciĂłn, el trabajo esclavo, el desplazamiento forzado, la separaciĂłn de los niños de sus padres, los abusos, las violaciones, los fusilamientos. No fue la primera vez, ni tampoco la Ășltima, que ocurriĂł esta operaciĂłn de borramiento de un trauma imperdonable, pero sĂ­ es la primera vez que la imaginaciĂłn que resuelve este pasaje entre violencias es la salesiana, recurriendo para ello al sustituto Ceferino. ÂżQuiĂ©n va a aceptar un campo de concentraciĂłn? ÂżQuĂ© espejo (psychĂ©, alma, reflejo) ofrece un campo de concentraciĂłn a un proyecto de naciĂłn emergente? La mediaciĂłn operada por la imaginaciĂłn salesiana puede ser pensada como parte de la violencia mĂ­tica del derecho que contribuye a fundar y conservar la ley, ya que a travĂ©s de este ofrecimiento sostiene, justificando la violencia armada, que lo que es sagrado en la vida no es la vida sino “la justicia de la vida”; en este sentido, la ambigĂŒedad del paradĂłjico principio del “no matarĂĄs” se apoya en otro que sostiene que no todas las vidas son sagradas por sĂ­ mismas.

Padrenuestro (Âżaunque sea imperdonable?)

En las primeras pĂĄginas de un famoso libro compilado por el cardenal Santiago L. Copello, se reproduce una discusiĂłn entre Federico Aneiros, por entonces arzobispo de la ArquidiĂłcesis de Buenos Aires –con jurisdicciĂłn sobre la Patagonia– y NicolĂĄs Avellaneda, a la sazĂłn ministro de Justicia, Culto e InstrucciĂłn pĂșblica, en la que se diseña un plan para el futuro de los indios sometidos durante la “Conquista del Desierto”. Varios detalles entran en la discusiĂłn, pero uno de los centrales es la adjudicaciĂłn de paternidad de la “gesta”: ÂżserĂĄn los liberales con su ejĂ©rcito de rĂ©mingtons o los curas con su palabra “fecundadora”? Ante la insistencia de Avellaneda de que los curas tendrĂ­an que misionar custodiados por soldados, Aneiros le responde: “La palabra de Dios ha realizado ella exclusivamente prodigios. Es injuriarla decir que su palabra, o la del Misionero, que es lo mismo en nuestro caso, ‘es por sĂ­ misma insuficiente’ y que deben venir en su ayuda ‘agentes mĂĄs poderosos’. Nuestra historia muestra claramente el poder divino y por lo mismo potente del ministerio sagrado y la impotencia de cualquier otro agente”.

La metaforicidad desplegada a travĂ©s de infinidad de escritos, arquitecturas e imĂĄgenes por el dispositivo salesiano en la Patagonia apunta a esto, a la instituciĂłn de una autoridad pĂșblica, de un padre, de un arconte, de un archivo, que guarda el secreto de un origen. El padre, hacia el cual todas las miradas apuntan cuando se experimenta el vacĂ­o, el trauma, la congoja, la falta. El padre de quien se espera la distribuciĂłn justa, de justicia. La complejidad de esta institucionalizaciĂłn, es decir, su pasaje de privado a pĂșblico, no depende solamente de “los salesianos”, “la iglesia”, sino que se realiza en la proliferaciĂłn de un dispositivo. Como dice Foucault, el dispositivo se apoya sobre otros dispositivos para funcionar: unos a otros se infestan de lo mismo. Por lo tanto, de pronto, tenemos un montĂłn de instituciones unidas entre sĂ­: la familia, la iglesia, el ejĂ©rcito, el derecho con sus leyes, la escuela, la ciencia, etc. Dentro de esta compleja amalgama, el lugar y el papel de cada quien es mĂĄs o menos forzado, casi siempre imperceptible, en cada acto vacĂ­o, pero infinitamente diseminado, que actualiza una estructura simbĂłlica de sentido. Como dice Slavoj ĆœiĆŸek, “pertenecer a una sociedad supone un punto paradĂłjico en el que a cada uno de nosotros se nos ordena adoptar libremente, como resultado de nuestra elecciĂłn, lo que de todos modos se nos impone”.

PodrĂ­amos transformar nuestras primeras preguntas acerca de la posibilidad de nuestro conocimiento y reconocimiento de Ceferino en otras: Âżhay alguna forma de evitar la diseminaciĂłn de esa metĂĄfora de la paternidad, de esa idea de la Patria como juego metafĂłrico desplegado en nosotros, esa cadena gigantesca engranada una y otra vez desde la prĂłtesis, puesta a circular en manifestaciones inesperadas por quien incluso se cree mĂĄs alejado? ÂżEs posible ante la venida del otro, hospedarlo sin reservas, sin conjura, sin aparatos de captura? ÂżHay un Ceferino posible?

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