Bolivianos en la Argentina: entre la precarización laboral y el empresariado étnico

Bolivianos en la Argentina: entre la precarización laboral y el empresariado étnico

Por Susana María Sassone

El pueblo boliviano es un pueblo en movimiento que lleva consigo sus costumbres, sus comidas y hasta sus santos y festividades. Nuestro país, principal receptor de estos flujos migratorios, debe todavía superar la discriminación, estigmatización y xenofobia derivada de la informalidad y precariedad laboral.
 
Doctora en Geografía. Investigadora Independiente CONICET


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Una migración Sur-Sur

Cuando la migración es una opción estructural en una sociedad, como es el caso de la de Bolivia, no cabe duda de que la economía, la política, la cultura del país sintonizan en esa lógica de las partidas, de la pérdida de esos hombres y mujeres que marchan, aunque regresen y vuelvan a partir para volver. El común denominador de ese drenaje es y ha sido el trabajo: “el ganar unos pesos”; unos lo necesitan para atender a la subsistencia básica, otros para poder construir sus casas, algunos para iniciar alguna actividad laboral propia, etc. En los años que corren, se estima que más de 700 mil bolivianos viven fuera de Bolivia, esto es, alrededor del 7% de su población total, aunque las estimaciones hablan de muchos más; de todos modos las cifras se tornan inasibles. Los bolivianos en diáspora miran desde hace décadas hacia la Argentina, aunque han probado recientemente suerte también en otros destinos del mundo desarrollado, como los Estados Unidos y España, en particular.

Como corriente tradicional, constante y de vigente actualidad, la inmigración boliviana tiene con meta principal la Argentina y ocupa un rol protagónico en el escenario local de las migraciones internacionales; nadie podría dudarlo, pues su presencia se observa en casi todo el territorio, desde la frontera norte (en las provincias de Jujuy y Salta) hasta la austral Tierra del Fuego, y desde la metrópolis de Buenos Aires hasta la provincia de Mendoza. Primero, los bolivianos llegaron para trabajar en labores rurales en áreas de agricultura especializada de nuestras fronteras (cosechas de caña de azúcar, tabaco, tomates y frutales) pero luego, con su instalación en las ciudades, llegaron familias; los varones se ocupaban en el sector de la construcción y las mujeres en la venta callejera, al menudeo, de verduras y condimentos. Estas fueron sus primeras adscripciones laborales y forman parte del imaginario argentino. Hablar del “boliviano en el tablón” (de una obra en construcción) o de la (vendedora de verduras) “boliviana de la esquina” se ha convertido en parte del cotidiano argentino en muchas ciudades y pueblos. Esto no debe ocultar otro rasgo incontrastable: este es el colectivo de migrantes que ha sido y es objeto de una creciente estigmatización y discriminación por constituirse en esos otros, en los outsiders de la sociedad, como “ilegales”, como trabajadores informales, sumidos en la precariedad laboral.

En 2010 había poco más de 1.800.000 extranjeros en la Argentina, un cinco por ciento de la población total. Los bolivianos (345.272, según el Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas 2010) conformaban la segunda colectividad (19 por ciento del total de extranjeros), detrás de los paraguayos (30 por ciento) y los seguían chilenos, peruanos e italianos; no hay duda de que ya podemos hablar de la “latino-americanización” de las migraciones internacionales en este país. Los recuentos aludidos no incluyen miles y miles de los llamados indocumentados o irregulares en cuanto a la situación jurídica para la legislación migratoria argentina, fenómeno este de la “ilegalidad” igualmente difundido en el mundo globalizado.

Tres modelos migratorios y la emergencia de nuevos perfiles laborales

Desde los inicios de la Argentina como Estado-nación hacia fines del siglo XIX nos anoticiamos de la llegada de trabajadores bolivianos. Diferentes fuentes históricas dan cuenta de esa presencia y de la inserción laboral en las economías regionales, urbanas y rurales. A través de una geografía histórica de esta migración en la Argentina identificamos tres modelos migratorios: el de fronteras, el regional y el transnacional. Con una visión diacrónica, nuestro análisis combina el tiempo y el espacio, en distintas escalas espaciales, y da cuenta del panorama socioterritorial y de la diversificación de los perfiles laborales de esta corriente andina. Una multiplicidad de vidas hace a esta larga historia de más de cien años; sus protagonistas –acallados e invisibles para la gran historia– fueron llegando desde el Altiplano, desde las Yungas o desde el Oriente de Bolivia. Es así como en la Argentina de hoy encontramos grupos oriundos de los departamentos de Tarija, Potosí, Oruro, Cochabamba, La Paz, Chuquisaca y, aunque menos, también de Santa Cruz de la Sierra o del Beni. Sin más, explicamos los tres modelos.

a) Modelo I: migración fronteriza (1880-1960)

Entre c.1880-1930 los bolivianos venían atraídos por la demanda estacional de mano de obra masculina para las cosechas agrícolas en los ingenios azucareros del norte argentino, en la frontera misma, en coincidencia con mecanismos similares observados entre otros países de América: los “braceros” mexicanos hacia Estados Unidos, los colombianos caucheros hacia Venezuela, los nicaragüenses hacia las plantaciones bananeras de Costa Rica, etc. De allí que hablamos del modelo migración fronteriza. Algunos sostienen que contratistas argentinos llegaban a los pueblos de Bolivia cercanos a la frontera, les ofrecían trabajo temporario como “braceros” en las zafras de los grandes ingenios del valle del río San Francisco, comarca repartida entre las provincias de Jujuy y Salta de la Argentina, conocida como El Ramal. Las condiciones laborales eran inhumanas, trabajaban con los machetes en medio de los cañaverales, “al tanto”; más cortaban, mejor paga recibían, que de todos modos era bajísima. Por su parte, dormían en el mismo predio, en llamadas barracas, una suerte de galpones, sin la menor aptitud de habitabilidad. Esos migrantes permanecían durante los tres meses de la cosecha en esa frontera argentina, a menos de 200 kilómetros de sus pueblos de origen a los que regresaban cuando finalizaba la tarea. No podían abandonar sus mínimas parcelas en Bolivia; sus cultivos y sus pequeños rebaños los esperaban para subsistir cada año.

Entre los años treinta y los sesenta, estos migrantes, ya en familia, comenzaron a complementar sus actividades con las labores agrícolas en las fincas tabacaleras. A partir de 1938 se los encontraba un poco más al sur, primero en el valle de Lerma (Salta) y años después, desde 1947, en el valle de Jujuy y de los Pericos (Jujuy). La articulación entre el período de la cosecha de caña de azúcar (junio-octubre) con la del tabaco (agosto-abril en Salta y diciembre-marzo en Jujuy) facilitó la coordinación de las tareas y una mayor permanencia en el territorio argentino, de hasta seis meses; obviamente los mismos contratistas, intermediarios ante las empresas agrícolas, eran los encargados de conducirlos de campo en campo, de comarca en comarca, de región en región. Las faenas rurales tendían a reclutar principalmente hombres, pero las mujeres y los niños iban tras ellos, ya que podían ayudar al jefe de la familia; más manos, mayores cantidades cosechadas, mejor era la paga.

El perfil del boliviano, como trabajador callado, sufriente, nada pendenciero, se difundió entre aquellos que llevaban adelante obras de construcción en Buenos Aires para una Argentina que crecía durante la plena etapa de sustitución de importaciones. Sin saber a ciencia cierta cómo sucedió, estos migrantes comenzaron a ser visibles en el sector de la construcción. A través de entrevistas y fuentes diversas, hay indicios de que los bolivianos eran contratados en sus pueblos de origen o en las provincias de Jujuy o Salta y se les proporcionaban recursos para llegar hasta el nuevo destino urbano: Buenos Aires. Primero llegaban los varones y en poco tiempo, a veces, uno, dos, tres años, iban a buscar a sus mujeres e hijos, o enviaban el dinero para que pudiesen viajar hasta la gran ciudad. Así creció su presencia en el sector de la construcción y en los servicios como mano de obra asalariada no calificada. Coincidieron con las migraciones internas desde las provincias empobrecidas del norte argentino y se sumaron a las poblaciones de las denominadas “villas de emergencia” del área portuaria de Retiro, próxima a la terminal del ferrocarril que los conectaba con la frontera. La invisibilización política de estos contingentes, en connivencia con la funcionalidad de los mercados laborales y del crecimiento económico argentino, contribuyó al aumento del número de indocumentados o ilegales, no sólo bolivianos, sino paraguayos y chilenos, luego objeto de una profunda discriminación, estigmatización y hasta xenofobia.

b) Modelo II: migración regional (1960-1985)

Desde los años sesenta, con el auge y la expansión de las economías regionales, fue mayor la demanda de trabajadores de temporada en las regiones extrapampeanas. Había ya migrantes bolivianos residentes en el país. Con las mismas estrategias, esto es, mediante contratistas que los motivaban, se inició la circulación por el territorio argentino buscando la combinación de cosechas entre las áreas de agricultura intensiva en las provincias del Noroeste, Cuyo y el norte de la Patagonia. Este modelo, que denominamos migración regional, estuvo representado tanto por campesinos que trabajaban en el levantamiento de cosechas como por aquellos oriundos de localidades bolivianas que dejaban temporalmente sus lugares de origen o, si ya estaban en la Argentina, se alejaban de sus viviendas en centros urbanos del norte de la Argentina. Así se inicia la articulación como trabajadores de temporada entre espacios agrícolas de distintas regiones argentinas, o cuando la procedencia era urbana, se vinculaba a contrataciones temporarias en obras en construcción. Este es un modelo que no está marcado por la fijación residencial sino por la circulación con retornos anuales, incluso a sus lugares en Bolivia. Ya está comprobado que estas migraciones no eran definitivas, sino que mantenían las tierras y viviendas en sus orígenes; se regresaba para visitar a la familia, llevarles ahorros y mejorar en lo posible sus casas y sus pequeños campos. En la Argentina, por ese mismo perfil de transitoriedad, eran poblaciones que se sumaban a las villas y asentamientos precarios; es más, su necesidad de ahorro los llevaba a vivir en total precariedad habitacional. En el período al que corresponde este modelo creció el número de indocumentados y prevaleció la movilidad en grupos familiares como clave del proyecto migratorio. Las mujeres se sumaron como mano de obra en las áreas urbanas, incorporándose a la economía informal, como trabajadoras domésticas.

Hacia los años ochenta, el patrón residencial adquiere mayor estabilidad en los diversos destinos, por lo general urbanos. Esta migración alcanzó la mayor difusión espacial en comparación con las restantes corrientes provenientes de los países limítrofes. Los bolivianos coordinaban (sistemática y organizadamente) tareas estacionales a lo largo del año agrícola, incluso con empleos no calificados en las ciudades. Su activa presencia en la horticultura en cinturones verdes de los periurbanos en la región pampeana y en valles de regadío, como el caso de valle inferior del río Chubut, conformaba nichos económicos que iban abandonando migrantes ya envejecidos como italianos y portugueses. Así, el flujo desde Bolivia fue en aumento por el efecto llamado o por la fuerza de las redes migratorias; así se sabía que “había trabajo en la Argentina”. Las familias se convirtieron en protagonistas de la migración y residían en áreas urbanas, muchos todavía en villas miseria. En particular, los varones cubrían empleos urbanos en la construcción, coincidiendo con la gran demanda desde los planes de gobierno para grandes obras de infraestructura. La venta callejera al menudeo de verduras y el trabajo doméstico acrecentaba la participación de las mujeres en el mercado informal urbano. Aun cuando algunos bolivianos ya tenían permisos de residencia permanente y su documento argentino para extranjeros, obtenidos por las regularizaciones (indultos o amnistías), otorgadas desde los años cincuenta, de todos modos, el problema de la “ilegalidad” se mantenía.

c) Modelo III: migración transnacional (1985-a nuestros días)

Este modelo se forja desde mediados de los años ochenta. La inquietud por buscar otros destinos llevó a los bolivianos a migrar a Brasil, Chile, Estados Unidos o a países de Europa como España e Italia, o a Japón e Israel. Primero eran casos aislados que se iniciaron con nuevas cadenas migratorias. Esa dispersión de destinos y de los miembros de una familia potenció los recursos de la migración (entendidos como la capacidad de ahorro para sustentar proyectos familiares en el origen), los que han llevado a conformar este modelo que llamamos migración transnacional. Los estudios empíricos, cada día más numerosos, brindan la argumentación necesaria para explicar esta diáspora de la globalización. Miembros de la familia repartidos en diferentes destinos, remesas para inversiones productivas y no únicamente para la supervivencia, capitalización e incremento en la capacidad de ahorro, acceso a la propiedad de la vivienda, roles de empresariado, devociones religiosas globalizadas, entre otros, son los componentes de un sistema migratorio transnacional, sostenido por las vinculaciones permanentes con la familia en el origen como con los miembros en los otros destinos.

Con la globalización y las nuevas democracias en América latina, la migración boliviana se ajusta al nuevo modelo de las migraciones globales. Cabe consignar que con la crisis del 2001 muchos bolivianos y bolivianas que estaban en la Argentina la usaron como cabeza de puente para marchar a España. Retomando el caso argentino, sus rasgos dominantes en relación con las configuraciones territoriales son: a) dos terceras partes de la migración boliviana habita en el Área Metropolitana de Buenos Aires y va en aumento; b) alta difusión en áreas urbanas y áreas rurales en todo el territorio argentino; c) formación de barrios –enclaves bolivianos–. Se evidencia el protagonismo de la mujer boliviana en la economía productiva y reproductiva. En cuanto a la inserción laboral, estos migrantes se emplean como trabajadores asalariados, cuentapropistas y algunos se han convertido en empresarios. En los sectores de la construcción, la industria de la costura o como comerciantes feriantes (desde la conocida feria La Salada hasta las ferias municipales itinerantes) tienen una alta presencia como empleados tanto como empleadores, pero con la flexibilidad y habilidad suficiente para desenvolverse en circuitos de la economía informal. En el período que cubre este modelo, la Argentina vivió varias crisis, como la hiperinflación a mediados de los ochenta y las de diciembre de 2001, pese a las cuales el flujo boliviano no cesó; por el contrario, se aceleró.

Este modelo de migración transnacional demuestra la emergencia de nuevas configuraciones socioterritoriales. Muchas ciudades y pueblos tiene sus barrios de bolivianos: Charrúa en Buenos Aires, el Lambertucchi en Escobar, La Estrella en Mariano Acosta. Villa Celina o Gregorio de Laferrere en La Matanza; en la ciudad de Córdoba, el barrio Libertador, o en Puerto Madryn, el barrio El Porvenir, sólo para citar algunos ejemplos. En cada uno el rasgo dominante es la concentración de familias bolivianas. Por su parte, las inserciones ocupacionales se han diversificado y llevan en sí expresiones de movilidad socioeconómica; hoy los bolivianos se identifican en nichos económicos tales como la construcción, la industria textil, la horticultura, el comercio como ferias y verdulerías, además de cantidad de actividades destinadas a las demandas de consumo de la misma colectividad. Por su parte, en las economías agrícolas, desde hace más de 20 años, se ha consolidado el desarrollo de la horticultura, con el manejo de todo el circuito económico desde la producción hasta la comercialización minorista, pasando también por los mercados mayoristas. La movilidad socioeconómica ha llegado a consolidar un empresariado étnico en cada una de esas actividades y es previsible que por un largo tiempo, esos nichos sean regenteados por este colectivo. Para gestionar esos sistemas migratorios se mueven mediante las redes sociales informales y formales en las cuales los bolivianos interactúan con bolivianos como reaseguro de fortalecimiento de una capitalización comunitaria, no ajena de tensiones y conflictos.

Para el cierre

La Argentina es el “país modelo” para comprender la migración boliviana, por su historia, por su distribución espacial, porque llegan familias, por los tipos específicos de inserción laboral y hasta por el despliegue de sus estrategias culturales en los ámbitos donde residen. Se trata de un pueblo en movimiento que lleva consigo sus costumbres, sus comidas y hasta sus santos y festividades. Los bolivianos llevan en sí la cultura de la movilidad que no se observa en otros flujos migratorios llegados a la Argentina. Por la replicación de estrategias socioterritoriales y lógicas etno-económicas, sumado al persistente rejuvenecimiento de los flujos migratorios con el aporte de jóvenes solos o en familia, puede destacarse el porqué del difundido interés por su estudio.

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