Animales sueltos

Animales sueltos

Por Alejandro Kaufman

Alcanzar un escalĂłn legislativo igualitario es un punto de partida desde el cual sĂłlo comienza la experiencia colectiva que pone a prueba el cambio realizado. En las pĂĄginas que siguen, el autor plantea que nos encontramos a las puertas de un escenario posible en el cual la diferencia serĂĄ irrelevante, donde no desaparecerĂĄn las especificidades sino que cambiarĂĄn en cuanto a su relevancia.
 
Profesor de TeorĂ­as de la Cultura y la ComunicaciĂłn en las Universidades de Buenos Aires y Nacional de Quilmes


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I

GĂ©nero: presento a continuaciĂłn esta palabra en forma simple, sin aditamentos en cuanto a la diferencia, aquella que establece una distinciĂłn en la especie alrededor de la separaciĂłn binaria de los seres humanos en dos categorĂ­as. Imposible olvidar enseguida –es obvio o deberĂ­a serlo– que la denominaciĂłn de la especie estuvo y estĂĄ tambiĂ©n reservada al varĂłn, el hombre, desplazada la mujer al menoscabo desde la propia designaciĂłn.

Subordinada. Aunque el interés por el género procede de un ancestral linaje, transitamos su forma mås reciente y actual en relación al advenimiento emancipatorio de las revoluciones de fines del siglo XVIII. Desde entonces se extiende la saga que hoy protagonizamos bajo la forma del género.

Nos preguntamos sobre el estado de la cuestión. ¿Es posible caracterizarlo para esbozar en qué punto nos encontramos? Tal caracterización, ¿desde qué perspectiva podría ser enunciada? El interés en estas líneas es el de formularla en una intersección plural, heterogénea, transversal a los diversos afluentes que concurren al debate. En su modalidad genealógica se habrå de destacar el movimiento social emancipatorio que reflexionó, declaró e institucionalizó los derechos humanos sin disparidades entre integrantes de la especie. Como ha sucedido también en lo concerniente a las relaciones entre las clases sociales, se han producido diversas transformaciones en un sentido de intervención antagonista sobre la desigualdad, la asimetría, las relaciones de poder verticales. Sabemos asimismo que en lo atinente al género estamos lejos de haber arribado a la satisfacción de las demandas del siglo XVIII, aun con todo lo que ha quedado atrås.

El transcurso de la saga emancipatoria contuvo revisiones radicales acerca de cĂłmo caracterizar la diferencia. La experiencia social e histĂłrica, las elaboraciones conceptuales, los desarrollos urbanos, estĂ©ticos, tecnocientĂ­ficos, contribuyeron todos ellos a una ampliaciĂłn y revisiĂłn categorial de la diferencia, objeto de mĂșltiples formas de cambio liberador. Es decir, esas transformaciones no han sido unĂĄnimes ni unĂ­vocas. Un amplio campo experiencial, conceptual, polĂ­tico es el que habitamos en la actualidad. A la vez, la transitada senda emancipatoria bicentenaria cuenta sus pasos con avances pero tambiĂ©n con retrocesos, logros igualitarios pero tambiĂ©n estancamientos, momentos revolucionarios pero tambiĂ©n incidencias restauradoras, todos ellos variantes y contingentes. En otras palabras: la diferencia que denominamos gĂ©nero no constituye en la actualidad un destino que alcanzar del modo en que podĂ­a visualizarse desde el punto de partida, como se creyĂł tantas veces. El proceso histĂłrico emancipatorio de la diferencia, sobre todo en las Ășltimas dĂ©cadas, en el perĂ­odo mĂĄs reciente, fue delineĂĄndose como un campo en el que las propias categorĂ­as de la asimetrĂ­a dieron lugar a profundas transformaciones en todo el orden cognitivo, polĂ­tico, cultural y social.

Atravesamos una revisiĂłn radical de lo que nos representamos como humano; las fronteras de la especie hacia otras especies vivientes asumen modalidades segĂșn las cuales las continuidades y las discontinuidades vigentes hace algunos años han sido puestas en tela de juicio. Si partimos del cuestionamiento de las revelaciones divinas y del orden sagrado que distinguĂ­a las dos categorĂ­as de hombre y mujer en nombre de las nacientes ciencias biolĂłgicas y sociales, de modo concomitante con las revoluciones burguesas modernas, en la segunda mitad del siglo XX tambiĂ©n ese sistema de referencias, el cientĂ­fico, fue puesto en tela de juicio como ordenador de las categorĂ­as instituidas de la especie.

Lo difĂ­cil de esta caracterizaciĂłn reside en que los conflictos categoriales señalados, segĂșn la forma en que nos es dado definir el gĂ©nero en la actualidad, no se reducen a la caĂ­da de una modalidad y su sustituciĂłn por otra mĂĄs moderna o superadora. Si bien este tipo de narrativa aĂșn resulta dominante, a la vez pensamos cada modalidad puesta en cuestiĂłn como un recurso estructurante de la experiencia cuya superaciĂłn no concurre al olvido o al señalamiento del error, sino a su recuperaciĂłn en un nuevo contexto emancipatorio. Originariamente se trataba de la equiparaciĂłn de las mujeres con los hombres. Hoy son las propias distinciones entre mujeres y hombres, asĂ­ como los lĂ­mites de la especie, aquello que estĂĄ en discusiĂłn.

Señalar el estado de una discusiĂłn desde una perspectiva transversal no remite al sentido comĂșn ni a las formas mĂĄs habituales que destinamos a estas conversaciones, sino a la delimitaciĂłn de un horizonte de mutaciones que convive con formas mucho mĂĄs reducidas o moderadas, asĂ­ como con variables restauradoras de condiciones regresivas. Tal horizonte cambiante es plural y mĂșltiple, atraviesa la imaginaciĂłn colectiva, el derecho internacional y las expectativas de millones de personas –tanto organizadas en movimientos sociales como bajo la forma de las multitudes–.

Ocurre que ni el orden de lo sagrado ni el discurso de la ciencia pueden ya en ningĂșn caso establecer por sĂ­ solos los criterios de legitimidad. MĂĄs allĂĄ de cĂłmo en cada momento fue entendido el gĂ©nero, lo cierto es que su destino fue y es definido por un campo de variaciones y discursos heterogĂ©neos, adonde concurren las religiones, las ciencias y la subjetividad polĂ­tica, que es la que al fin dirime el camino a seguir. No quiere decir todo ello que seamos efectivamente conscientes del estado de la cuestiĂłn, que a su vez es objeto del propio conflicto de influencias y distinciones en juego. Entonces, caracterizar la situaciĂłn no resulta un acto de tipo meramente cognitivo o enciclopĂ©dico, de relevamiento de “datos objetivos”, sino que en sĂ­ mismo supone una intervenciĂłn en el orden de la subjetividad.

El paradigma de la Ilustración, referencia colectiva constitutiva de nuestra época político cultural, aunque siempre volvamos a discutir lo que implica, y aunque abarca también problemas de legitimación, da lugar a una interlocución social en la que las acciones colectivas intervienen como variables relativamente independientes en el acontecer.

MĂșltiples derivas concurren al punto en que no hay autoridad heterĂłnoma que pueda simplemente afirmar que la ciencia indica tal o cual cosa. Es que en el orden ilustrado el conocimiento cientĂ­fico no puede en Ășltima instancia descender desde un limbo autoritario para imponerse sobre las acciones colectivas sino que debe necesariamente ponerse a prueba en sus interacciones con las prĂĄcticas sociales.

La diferencia, el género, fueron desarrollåndose a favor de la gravitación de las pråcticas sociales y culturales y no en el sentido de una interrogación biológica o normativa. La condición emancipatoria que nos define da lugar a que la creatividad colectiva constitutiva de subjetividad adquiera una pertinencia que no puede pasarse por alto sin lesionar en forma irreductible los principios emancipatorios. Ninguna de estas configuraciones estarå exenta de opacidades, discrepancias, avances y retrocesos, pero no obstante podemos intentar la caracterización de la diferencia en términos afines al vector emancipatorio que señala la orientación de la época.

II

No es el saber, ni la ley, ni la costumbre aquello que cimienta el estatuto de la diferencia, sino mås bien el que determinada configuración subjetiva resulte viable: que tengan lugar narrativas vitales significativas que adquieran plausibilidad allí donde antes eran señaladas como aberraciones, anomalías y crímenes. La diferencia no es abolida de un día para el otro, pero en la experiencia colectiva, la plausibilidad de su consideración como contingente, es decir, como susceptible de transformaciones mediadas por la acción colectiva, es lo que vehiculiza los cambios.

Los logros normativos son puntos de relevo, estaciones en las que descansan alternativas de estabilidad, no obstante tambiĂ©n contingentes. Esto no resulta susceptible de una enunciaciĂłn transparente desde la perspectiva de las instituciones, dado que estas requieren una formulaciĂłn estable. En el devenir sociocultural mĂșltiples intervenciones determinan procesos de inestabilidad y cambio que involucran a los medios de comunicaciĂłn, las modas, los propios desarrollos tĂ©cnicos. El ejemplo de la pĂ­ldora anticonceptiva es conspicuo. Produjo un impacto decisivo en la definiciĂłn de la diferencia. Concurrieron innovaciones tĂ©cnicas, la invenciĂłn-descubrimiento del fĂĄrmaco, a la vez que cambios de comportamiento, en la economĂ­a libidinal, en la estructura familiar, etc. La pĂ­ldora anticonceptiva igualĂł a la mujer con el hombre desde el punto de vista de su actividad sexual al equipararlos respecto de las eventuales consecuencias conceptivas.

El otorgamiento de derechos segĂșn las fĂłrmulas originarias de la emancipaciĂłn de las mujeres dio lugar a vastas tramas socioculturales en donde la igualdad relativa que se alcanzĂł dio lugar a experimentos sociales en los que se fueron dirimiendo los debates que prevenĂ­an contra los cambios. En ello reside el valor del logro normativo. Alcanzar un escalĂłn legislativo igualitario puede ser considerado como una conquista simbĂłlica. Sin embargo, es tambiĂ©n un punto de partida desde el cual sĂłlo comienza la experiencia colectiva que pone a prueba, que demuestra la plausibilidad del cambio realizado. En ese plano se desenvuelven mĂșltiples acontecimientos, narraciones, testimonios y nuevos emprendimientos de la imaginaciĂłn colectiva en el sentido emancipatorio. Pero tambiĂ©n sigue vigente el talante opresor, asimĂ©trico. Los proyectos dominantes lamen sus heridas, se reponen y procuran nuevos argumentos, nuevos o viejos comportamientos que vuelvan a equilibrar la balanza de manera regresiva. Los logros se resignifican, se vacĂ­an de sentido o se orientan a nuevas metas. Todo ello ocurre a la vez. La llamada globalizaciĂłn acelera y difunde las conquistas emancipatorias pero tambiĂ©n otorga ventaja a las formas restauradoras. “Tijuana” o “burka” son palabras significadas y vueltas a significar de manera generalizada en el devenir emancipatorio o regresivo.

III

En el estado actual de la cuestiĂłn sabemos que no hay “hombres” y “mujeres”. Sabemos que mĂĄs allĂĄ de lo humano y hacia el interior de la especie, en Ășltima instancia, como potencia y horizonte, no hay determinaciones transcendentales, no hay esencias, no hay leyes de dios ni de la naturaleza que nos comprometan respecto de cĂłmo entender la diferencia. Sabemos que todos esos discursos encarnan en subjetividades que efectivamente reproducen un campo de interacciones, significados, transformaciones o regresiones.

Sabemos que en el límite, lo que llamamos género remite a concebir la existencia como algo que estå en nuestras manos en cuanto colectivos sociales que se interrogan sobre sí.

Que es esa interrogaciĂłn aquello que estĂĄ en juego. Que tales interrogaciones no son transparentes, sino que se embeben o encarnan en experiencias lingĂŒĂ­sticas, culturales, polĂ­ticas, sociales, religiosas, cientĂ­ficas, ninguna de las cuales se manifiesta de modo evidente para el conjunto, cualesquiera sean nuestros esfuerzos. Sabemos que es en el lenguaje donde se dirimen todos nuestros conflictos referidos a la diferencia. Sabemos que hay sociedades que han constituido capitales culturales ejemplares, mientras que hay otras en donde prevalecen formas reaccionarias.

Reales acadĂ©micos de la lengua castellana –al ser interpelados por el sexismo imperante en el Diccionario de la Real Academia– pueden hacer afirmaciones –sin trepidar– como “no vamos a convertirnos en militantes, porque no nos lo perdonarĂ­a el pueblo”, donde recurren al mismo argumento que señalĂĄbamos vigente. No invocan como fundamento a Dios ni a la Ciencia sino al pueblo, es decir al estado de la cuestiĂłn tal como encarna en el colectivo social vigente. De hecho, se reconoce asĂ­ la naturaleza polĂ­tica de la caracterizaciĂłn de la diferencia, y a la vez se toma partido, porque en lugar de recurrir a los vectores emancipatorios sin duda identificables en los colectivos sociales, hacen lo contrario: recurren a las tendencias conservadoras, a los temores colectivos al cambio, siempre confluentes con las transformaciones, pero ademĂĄs suscitados por ellas. Porque eso es tambiĂ©n algo que sabemos: los vectores emancipatorios no siguen caminos lineales. Las grandes transformaciones, tan profundas como aquellas que afectan a la diferencia, concomitantes con las fuerzas regresivas y restauradoras –intrĂ­nsecamente violentas porque remiten a la opresiĂłn– producen o conviven con grandes temores, con pĂĄnicos colectivos atizados por las fuerzas conservadoras a contramano del vector emancipatorio. Hay tambiĂ©n una contrarreforma, un contra-horizonte reaccionario, violento, opresor, que no recurre a la argumentaciĂłn ni al diĂĄlogo, sino a la captura de las tremulaciones pĂĄnicas que llevan a las violencias vindicativas y al refugio en formas trascendentales de la autoridad. Todo ello forma parte del devenir histĂłrico. Ingenuo es pasarlo por alto, ignorar su presencia, mayor siempre de lo deseable, o su advenimiento restaurador. El siglo XX fue prĂłdigo en horrores contrarreformistas, antiemancipatorios. El siglo XXI estĂĄ renovando brĂ­os para el surgimiento de nuevas modalidades reaccionarias.

Entre lo que sabemos cuenta tambiĂ©n que la diferencia es recĂ­proca en el interior de la especie, que si no hay dos variantes discretas binarias esenciales, cuando una de ellas sigue una direcciĂłn emancipatoria, la otra, la masculinidad, entra en crisis identitaria, libidinal, cultural, subjetiva. La condiciĂłn masculina es una fuente segura de regresiones de todo tipo. Desde la violencia domĂ©stica, polĂ­tica, religiosa o delincuencial contra las mujeres o contra los varones “desviados” hasta las reafirmaciones mĂĄs o menos fallidas, en tanto inocuas, mĂĄs o menos estĂ©ticas de la “masculinidad”.

Entre lo que sabemos cuenta tambiĂ©n que la discusiĂłn sobre la diferencia no es entre hombres y mujeres, sino entre una multiplicidad de variantes indeterminadas por otra cosa que no sea lo histĂłrico cultural y cuyo destino es lo que todavĂ­a resulta utĂłpico pero a la vez define nuestro intento de caracterizaciĂłn. El derrotero del vector emancipatorio de la diferencia es homĂłlogo y a la vez se entrelaza con la etnicidad. Si hoy estamos mucho mejor preparados que ayer para considerar que la etnicidad es irrelevante para todos los efectos decisivos de la interacciĂłn social (cualquier transgresiĂłn respectiva es lo que llamamos “racismo”), hoy nos encontramos en la inminencia, aunque lejos de su culminaciĂłn, de que la diferencia advenga en un grado semejante de irrelevancia. Que los seres humanos remitan a la especie (sea cual fuere su destino como tal, a la vez en transformaciĂłn) con nula o menguada relevancia en relaciĂłn con el gĂ©nero. En esa perspectiva, discriminar el gĂ©nero comienza a visualizarse como “sexismo”, de modo semejante al rechazo que nos provoca el racismo. No hemos resuelto las problemĂĄticas conflictivas del racismo, aunque hemos alcanzado una mayor elaboraciĂłn colectiva sobre su delimitaciĂłn. En ese aspecto la diferencia sexual estĂĄ todavĂ­a lejos.

LlegarĂĄ el dĂ­a en que no nos relacionaremos mĂĄs como “hombres” y “mujeres”, en que ser “hombre” o “mujer” no sea tan dispar respecto de lo que hoy consideramos como “negro” o “amarillo”, cuando la irrelevancia de esas categorĂ­as tambiĂ©n refiere a sus lĂ­mites borrosos, a las interacciones promiscuas entre las distinciones, sin importar como tales a los efectos categoriales o normativos. Claro que no desaparecerĂĄn las especificidades sino que cambiarĂĄn en cuanto a su relevancia. La etnicidad puede o no resultarnos significativa, pero no nos permitiremos distinguir a alguien como ser humano en sus derechos o capacidades por tal razĂłn.

La distancia relativa a esa posibilidad (es una posibilidad y no un destino, puede suceder y es deseable que suceda pero no es ineluctable) entre nosotros, en particular, viene signada por la penalizaciĂłn de la interrupciĂłn de la concepciĂłn y por la restauraciĂłn de culturas mediĂĄticas machistas, fĂĄlicas, sexistas, agresivas. Nuestra situaciĂłn en particular estĂĄ aĂșn lejos del umbral necesario para la caracterizaciĂłn aquĂ­ esbozada.

El machismo pĂșblicamente expuesto, el menosprecio hacia las mujeres, la discriminaciĂłn lgbt son inmunes al marco normativo vigente, que parece papel mojado (cfr. por ejemplo el art. 70 de la Ley de Servicios de ComunicaciĂłn Audiovisual: “La programaciĂłn de los servicios previstos en esta ley deberĂĄ evitar contenidos que promuevan o inciten tratos discriminatorios basados en la raza, el color, el sexo, la orientaciĂłn sexual, el idioma, la religiĂłn, las opiniones polĂ­ticas o de cualquier otra Ă­ndole, el origen nacional o social, la posiciĂłn econĂłmica, el nacimiento, el aspecto fĂ­sico, la presencia de discapacidades o que menoscaben la dignidad humana o induzcan a comportamientos perjudiciales para el ambiente o para la salud de las personas y la integridad de los niños, niñas o adolescentes”). La prohibiciĂłn del aborto sentencia al cuerpo femenino como rehĂ©n de una condiciĂłn que sĂłlo puede ser su decisiĂłn primera y Ășltima en una sociedad democrĂĄtica e igualitaria, sin reservas y sin discusiĂłn posible (punitiva) desde el punto de vista de una programĂĄtica igualitaria consecuente y rigurosa.

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